"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



lunes, 21 de marzo de 2011

Individualidad y Providencia

"...el sabio no debe irritarse cuando ha de luchar con la fortuna, del mismo modo que el valiente no se indigna cuando suena la trompeta que lo llama a la guerra.

Porque al guerrero se le ofrece la ocasión de adquirir más gloria, y al sabio, la de consolidar la virtud."

Boecio

Nicolás de Cusa dijo:


"Así, pues, los principios individuales no pueden concurrir en ningún individuo en la misma proporción armónica que en otro, de forma que cada uno es uno por sí, y, de este modo, perfecto. Y aunque en cualquier especie, por ejemplo en la humana, se hallan algunos indivduos más perfectos y excelentes que otros, según ciertos aspectos, como Salomón que superó a los demás en sabiduría, Absalón en belleza, Sansón en fortaleza, y todos aquellos que por su inteligencia superaron a los demás y merecieron ser honrados por ellos; sin embargo, como la diversidad de las opiniones según la diversidad de religiones, sectas y regiones, hace diversos los juicios comparativos, de tal modo que lo que es laudable según una es vituperable según otra, y hay muchos desconocidos para nosotros dispersos por el mundo, ignoramos quién sea en el orbe más excelente que los demás, pues no podemos conocer perfectamente ni siquiera a uno de ellos. Y esto está hecho así por Dios para que cada uno se contente consigo mismo, aunque admire a los demás, y con la propia patria, de manera que el suelo natal le parecerá el más agradable de todos y con las costumbres del reino, y con la lengua, y con las demás cosas, para que haya paz y unidad, sin envidia, en cuanto esto pueda ser posible, pues no puede ser absolutamente, sino cuando reine Él, que es nuestra paz y que excede a todos los sentidos" [1]


A simple vista, estas sugerentes palabras del cusano podrían parecernos, tal vez, en extremo optimistas, y no exentas de cierto conformismo, si consideramos sobre todo que está haciendo una clara referencia a las posibilidades de realización, en cualquier grado que sea, inherentes a cada individuo. Sin embargo, de este pasaje, ciertamente bello, es posible extraer una enseñanza que no debería ser pasada por alto.

Podemos considerar que la individualidad integral de un ser humano, incluyendo todas las extensiones de la misma, está constituida por la intersección de un rayo luminoso, hipóstasis del Sol espiritual, que difiere asimismo de cualquier otro rayo, símbolo del espíritu o personalidad esencial que vincula los múltiples estados de un mismo ser, con su plano de reflexión horizontal, es decir, con las condiciones propias de un cierto estado de manifestación. En el punto de intersección se genera entonces una imagen que será ni más ni menos que un reflejo de la fuente de luz, y se podría decir, como explica Guénon, "que es el ser mismo el que, por su propia naturaleza, determina las condiciones de su manifestación, con la reserva de que, naturalmente, estas condiciones no podrán ser de todos modos sino una especificación de las condiciones generales del estado considerado, puesto que su manifestación ha de ser necesariamente un desarrollo de posibilidades contenidas en ese estado, con exclusión de las que pertenecen a otros estados" [2].

En resumen, las características de la imagen formada, serán consecuencia no sólo de la superficie y de su capacidad para reflejar la luz, sino principalmente de la naturaleza interna del rayo, que determinará, a su vez, el lugar más acorde para su incidencia; en otras palabras, el ser del que estamos hablando tomará del ambiente todos los elementos necesarios para su propia manifestación, y esto es lo que define finalmente la "proporción armónica" entre los aspectos "esencial" y "substancial", y lo que diferencia a una criatura cualquiera del resto de los individuos pertenecientes a su misma especie.

Ahora bien, por más que se lo reconozca a priori como una especulación sin demasiadas aplicaciones prácticas, algunos pueden verse tentados a preguntarse qué es lo que pasaría con el desarrollo, ya sea físico, mental o espiritual, de un cierto individuo si éste hubiera nacido en otra época, en otra región geográfica, en una cultura o tradición diferente; y en este mismo punto podemos colocar tanto a quienes se debaten sobre el grado de importancia de las influencias de la herencia genética o de las condiciones impuestas por el ambiente para la formación de un individuo, como a aquellos que, situándose obviamente en otro nivel, y desde una perspectiva que podríamos llamar tradicionalista, se pierden en devaneos interminables planteándose cuáles deberían ser las condiciones ideales para aspirar a algún tipo de realización efectiva a partir de consideraciones que poco tienen que ver con el estado del mundo actual, como perdiéndose en la vana nostalgia de un pasado que ya no les pertenece. Estos últimos, pese a su legítima aspiración espiritual, no logran ver ante sí más que las ruinas de una época de esplendor a la que, lamentablemente, no se puede volver y, renegando de lo que les ha tocado en suerte, no les queda otra cosa que una triste y patética resignación.

Pero esto no es más que una absurda fantasía mundana que responde a un modo de pensamiento atado irremisiblemente a lo temporal, pues, desde la perspectiva divina, todo se está realizando simultáneamente en el Ahora, en el presente eterno, en el instante único de la Eternidad. Entiéndase bien, nadie negará aquí el lamentable estado actual de las cosas, la degeneración casi completa del mundo en todos los órdenes, la subversión de los valores y la desviación, más o menos pronunciada, de todas las tradiciones espirituales. Pero, por otro lado, no menos importante es reconocer que las condiciones de tiempo y lugar que la Providencia ha dispuesto para un individuo, por limitantes que puedan parecer, son las que expresan necesariamente diversos aspectos de su naturaleza interna, responden en cierto sentido a su vocación más profunda, a su pacto preexistencial, y, precisamente por eso, son esas mismas condiciones las que le corresponden y no podrían ser otras. Pues bien, esto no justifica de ninguna manera una actitud pasiva frente a la Necesidad, sino que, para asumir la propia "responsabilidad", en el sentido más elevado de esta palabra, y no alejarse de su verdadero Destino, es preciso que se reconozca primeramente a sí mismo en un ambiente que, de un modo u otro, es un reflejo de su propia interioridad, para transitar activamente luego el camino hacia la reintegración en el centro de su individualidad; porque, lo que desde una determinada perspectiva constituye un conjunto de límites y barreras insoslayables que impiden su desarrollo "normal", también puede ser visto como el soporte para la actualización de un cierto orden de posibilidades, concordantes en todo con su esencia, que quizá no podrían haberse dado más que en la época actual y bajo las circunstancias específicas que rodean su vida. Como decía el cusano, "esto está hecho así por Dios para que cada uno se contente consigo mismo, aunque admire a los demás". Si tiene entonces posibilidades concretas para alcanzar la realización espiritual propiamente dicha, lo que no sabrá en tanto no lo intente, independientemente de que éstas sean más acotadas con respecto a otros, deberá esforzarse por encontrar los medios para conseguirla en las condiciones que configuran el ambiente en el que está inmerso, que no es sino el lenguaje secreto de su propio ser.

Quien no haya trascendido su individualidad no puede tener la pretensión de haber conocido perfectamente los designios de la Providencia, que escapan lógicamente a su limitado campo de visión, por lo tanto tampoco debería interpretar su situación personal y la interacción con el entorno inmediato a partir de los caprichos de la subjetividad egoica, pero sí puede trabajar, aceptando con templanza los embates de la Fortuna, para encontrar, apoyándose en lo externo, una orientación adecuada para su voluntad interior que le permita conformarla cada vez más a la Voluntad divina, buscando convertirse en un colaborador consciente de ésta, y ocupar efectivamente el lugar que le había sido otorgado antes del exilio en este mundo.


Notas:

[1] Nicolás de Cusa, "La Docta Ignorancia", ed. Hyspamerica, 1º ed, Buenos Aires, 1984.
[2] René Guénon, "La Gran Tríada", ed. Obelisco, 1º ed., Barcelona, 1986.