"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



viernes, 7 de enero de 2011

El árbol y el bosque

Es por todos conocida esa frase del refranero popular que a cada momento nos aconseja: "no dejes que el árbol te impida ver el bosque". Esta es, ciertamente, una alegoría con un sentido muy claro y evidente que tiene perfecta legitimidad en numerosas situaciones de la vida cotidiana, por lo que no consideramos necesario extendernos en este punto.

Ahora bien, si elevamos estas palabras a su valor simbólico dejando que nos revelen su significación más profunda, debemos hacer una precisión: es correcto decir que el árbol impide ver el bosque sólo a condición de entender con esto que la mirada del observador se detiene torpemente frente al árbol, suponiendo que se encuentra a unos pocos centímetros del mismo, sin ser capaz de intuir lo que hay más allá de su estrecho campo visual, es decir, si considera que lo inmediatamente perceptible es un límite perfectamente determinado del único orden de realidad susceptible de ser conocido. De otro modo, no sería más que un absurdo, pues el bosque no puede ser conocido sino a través de sus árboles.

En otras palabras, si se quiere contemplar a Dios en su trascendencia rechazando a las criaturas, es decir, al Uno más allá de lo múltiple, o si se afirma de manera abstracta -como se hace a menudo en muchos ambientes con pretensiones espiritualistas- que "Todo es Uno" (y lo que aparece como "diferenciado" es ilusorio) anulando ahí todo intento de especulación, tal vez se logre atestiguar la unidad de la Esencia, pero no se puede integrar y actualizar interiormente la "totalidad". El desafío que se impone ante nuestros ojos es contemplar simultáneamente la Unidad y la multiplicidad, el bosque y los árboles, sin confundirlos, pero sin que uno nos impida ver lo otro; porque, como muchas veces se afirmó en el Cristianismo medieval, "Dios es en todo, aunque nada de todo".

El poeta Kabir, ese inquietante sabio que podía moverse libremente por las aguas del Islam y del Hinduismo -quizá por haber alcanzado la esencia misma de la Tradición Unánime-, muy certeramente sentenciaba:

"¿A quién preguntar por mi Amado?
Así como nunca verás el bosque si no ves el árbol,
tampoco Él podrá ser hallado en abstracciones." [1]





[1] Kabir, Cánticos a la Esencia, ed. Leviatán, Buenos Aires, 1º ed., 1998.