"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



jueves, 23 de diciembre de 2010

Nacimiento eterno

"Pero Cristo, que sólo nació de madre, aunque nació temporalmente, no esperó que pasara todo el flujo del tiempo para su resurrección, pues su nacimiento no fue apresado profundamente por el tiempo."

(Nicolás de Cusa, La Docta Ignorancia)


Para reanudar la actividad en este blog, y aprovechando la oportunidad que nos brinda esta fecha, compartiremos a continuación una serie de reflexiones de San Bernardo, el célebre abad de Claraval, extraídas de los sermones pronunciados "en la vigilia de la Natividad del Señor". [1]

Este es el momento en que el concierto de las criaturas recupera su armonía celestial, la naturaleza, en toda su extensión, es reintegrada en la plenitud del Origen. El mundo se transfigura ante el Misterio de lo incomprehensible; el Verbo increado, el sostén absoluto de toda la creación, se ha manifestado en el tiempo. El rostro humano de Dios, arquetipo divino del hombre, se aparece ante los fieles para incitarlos a recobrar, por imitación de su obra, la semejanza divina oscurecida por la caída.

"Voz de alegría sonó en nuestra tierra, voz de gozo y de salud en los tabernáculos de los pecadores. Hase oído una palabra buena, una palabra de consuelo, una expresión llena de suavidad, digna de todo aprecio. Elevad, montes, la voz de la alabanza; y aplaudid con las manos, árboles todos de las selvas, a la vista de Dios, porque viene. Escuchadle, cielos, y tú, tierra, está atenta; asómbrate y prorrumpe en alabanzas del Señor, universo de las criaturas; pero tú, hombre, mucho más. Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá."

( Sermón I. Sobre la lección del Martirologio: "Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá")


En el Sermón VI, el Doctor Melifluo nos explica que el nacimiento del Verbo, más allá de su manifestación temporal, no es un hecho agotado, ocurrido por única vez en el pasado, sino que es un evento "siempre presente", incorruptiblemente actual, pues se está produciendo eternamente, por encima de todo movimiento, Ahora y siempre. Dios en el hombre, el Todo en la parte; es el infinito contenido en un límite, la Eternidad secretamente concebida en el tiempo.

"Y no responda a esto algún indevoto, o ingrato, o irreligioso: eso no es cosa nueva; en otro tiempo se oyó, en otro tiempo se hizo, en otro tiempo nació Cristo. Porque yo digo: sí, es verdad, en otro tiempo nació y antes también. Y no extrañará que diga yo en otro tiempo y antes tuviere presente el dicho del profeta: Por siempre y más allá. Nació Cristo, pues, no sólo antes de nuestros tiempos, sino antes de todos los tiempos; pero aquel nacimiento se encubrió en las tinieblas, y aun más, habita en luz inaccesible: ocúltase en el corazón del Padre en un monte umbroso y espeso. Así, para darse a conocer de algún modo, nació; y naciendo en el tiempo de la carne, naciendo en la carne, el Verbo se hizo carne. Pero ¿qué extraño es que aun hoy se diga en la Iglesia: Cristo, Hijo de Dios, nace, cuando tanto antes se decía de Él sin duda alguna: Un Niño nos ha nacido? Ya en otro tiempo, pues, se comenzaron a decir estas palabras, y ninguno de los santos se hastió de ellas. Porque Jesucristo, Hijo de Dios, es ayer y hoy y por los siglos.

Siempre es nuevo, pues, lo que está siempre renovando las almas; y no es viejo jamás lo que nunca cesa de fructificar y perpetuamente no se marchita. Porque éste es el Santo, en quien nunca tendrá lugar la corrupción. Este es el nuevo hombre, que, incapaz en sí mismo de vejez, restitiuye a nueva y verdadera vida aun a aquellos cuyos huesos se habían envejecido. De ahí es que también en la presente gustosísima anunciación, si lo habéis notado, se dice a propósito no tanto que ha nacido, sino que nace. Mañana, pues, veremos la Majestad de Dios, pero en nosotros, no en sí misma; veremos, sin duda, la majestad en la humildad, el poder en la debilidad, a Dios en el hombre. Él mismo es Manuel, que significa Dios con nosotros."


En estas últimas palabras, ya podemos vislumbrar cuál es el significado profundo de la Natividad comprendida a nivel individual, microcósmico; porque, no es sino en el alma del hombre donde debe producirse el eterno nacimiento de Dios. Pero, para que esto tenga lugar, es necesario que se conforme gradualmente a la naturaleza de su Santa Madre, es decir, que alcance en sí misma la perfecta virginidad por medio de la purificación, vaciándose completamente de sus pecados, porque, como nos enseña el Maestro Eckhart, "virgen indica alguien que está vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no era" [2]. En esta alma, "virgen y fecunda", replegada en el abismo insondable de su propio fondo, puede operarse el supremo milagro anunciado por el Ángel; el Verbo divino es misteriosamente engendrado.

"Ojalá que también nosotros seamos este Belén de Judá para que se digne nacer en nosotros y merezcamos oír: ¡A vosotros que teméis a Dios nacerá el sol de justicia! Acaso esto mismo es lo que decíamos más arriba, conviene a saber, que para ver la Majestad de Dios en nosotros es necesaria la santificación y la preparación. Belén se interpreta casa de pan, y por eso propiamente alude a la preparación. Porque ¿en qué modo está dispuesto para recibir huésped tan grande aquel que dice: No hay en mi casa pan?

Preparémonos, pues, con la confesión de nuestros pecados, para estar delante del Señor, de modo que, santificados y preparados, seamos también nosotros Belén de Judá y merezcamos ver nacer en nosotros mismos al Señor. Mas si alguna alma adelantare tanto -esto en verdad es mucho para nosotros- que llegue a ser virgen fecunda, que sea estrella de la mar, que esté llena de gracia y tenga también al Espíritu Santo que venga sobre ella, pienso que NO SE DESDEÑARÁ DE NACER NO SÓLO EN ELLA, SINO DE ELLA. Ninguno presuma atribuirse esto a sí mismo, sino a aquellos que con especial designación y como con el dedo mostrare el mismo Señor, diciendo: Ved ahí mi madre y mis hermanos.

(Sermón VI. De la anunciación de la Natividad del Señor según se lee en el Martirologio)

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Desde aquí les deseamos a todos los amigos y visitantes de este blog una muy feliz y fructífera Navidad.

Preparémonos con humildad y esperanza para que la Luz eterna del Verbo reverbere plenamente en el espejo de nuestras almas.



Para finalizar, invitamos al lector a meditar en este precioso ícono del pintor ruso Andrei Rublev, donde vemos a la Theotokos, la Santa Madre de Dios, el modelo celeste al que debe conformarse el alma del fiel que anhela albergar en su seno al infante divino.


Theotokos de Vladimir, Andrei Rublev


"Un día que había ido a saludar la imagen de Aquella que te dio a luz, cuando estaba prosternado ante Ella, Tú mismo, antes de que me hubiese levantado de nuevo, dentro de mi miserable corazón, como si Tú lo hubieses transformado en luz, Te dejaste ver; y entonces conocí que Te poseo conscientemente en mí".

(San Simeón el Nuevo Teólogo) [3]



Referencias:


[1] Todos los fragmentos pertenecen a: San Bernardo de Claraval, Obras selectas, B.A.C., Madrid, 1947.
[2] Maestro Eckhart, El fruto de la Nada, ed. Siruela, Madrid, 6º edición, 2008.

[3] Jean Hani, Mitos, Ritos y Símbolos, ed. J. J Olañeta, Barcelona, 2º edición, 2005.