"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



martes, 27 de abril de 2010

San Juan de la Cruz: Coplas del alma que pena por ver a Dios

"Ese anhelo que expresas
es el mensaje de respuesta".
Rûmî

Estos desgarradores versos de San Juan de la Cruz expresan de una forma tan honesta como conmovedora la tristeza, la nostalgia, el profundo anhelo del fiel por alcanzar el objeto último de su búsqueda, el conocimiento de sí, la unión e identificación con su Señor. Es el trago amargo, creado a partir del veneno de la Serpiente, capaz de restañar las heridas y curar las enfermedades del alma; es el melancólico llamado, surgido de los pestilentes pantanos de la angustia, que es, al mismo tiempo, respuesta divina y orientación hacia lo alto.


"Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
este vivir, ¿qué será?
Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero.

Esta vida que yo vivo
es privación de vivir;

y así, es contino morir
hasta que viva contigo.
Oye, mi Dios, lo que digo,
que esta vida no la quiero,
que muero porque no muero.

Estando absente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padescer,
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí,
pues de suerte persevero,
que muero porque no muero.

El pez que del agua sale
aun de alivio no caresce,
que en la muerte que padesce,
al fin la muerte le vale.
¿Qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero,
pues si más vivo más muero?

Cuando me pienso aliviar

de verte en el Sacramento,
háceme más sentimiento
en no te poder gozar;
todo era para más penar,
por no verte como quiero,
y muero porque no muero.

Y si me gozo, Señor,

con esperanza de verte,
en ver que puedo perderte
se me dobla mi dolor;
viviendo en tanto pavor,
y esperando como espero,
muérome porque no muero.

Sácame de aquesta muerte,
mi Dios, y dame la vida;
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero,
que muero porque no muero.

Lloraré mi muerte ya

y lamentaré mi vida
en tanto que detenida
por mis pecados está.
¡Oh mi Dios!, ¿cuándo será
cuando yo diga de vero:
vivo ya porque no muero?"

lunes, 5 de abril de 2010

Artús y el Caballero Negro

Alla cacciatrice di serpenti.


"Alrededor de la casa de mi Amado

dancé toda la noche.
Salió Él por la mañana
y me ofreció un poco de vino,
mas yo no tenía copa.
'Aquí tienes mi cráneo vacío,
vierte en él tu vino', me dijo."
Rumî

"Todos los símbolos son dobles; pero la serpiente es más doble que los demás."
Roberto Calasso



Aurora Consurgens, lámina XVII



En anteriores ocasiones se ha hablado en este blog del simbolismo de los relatos artúricos relacionados con la gesta del Graal, centrándonos fundamentalmente en el "Parzival" de Wolfram von Eschenbach, una verdadera obra maestra de la literatura medieval, con algunas inevitables referencias a su predecesor, "Perceval, el cuento del Grial" de Chrétien de Troyes. En esta oportunidad, sin dar por concluidas las investigaciones previas, abordaremos el comienzo de una obra quizá no tan explorada como aquélla, pero no por eso menos importante en cuanto al valor de las enseñanzas y de las resonancias simbólicas que encierra: "Perlesvaus o el alto libro del Graal" (Li hauz livres du Graal), relato anónimo escrito a principios del siglo XIII en el Norte de Francia que presenta notables diferencias en su composición respecto de la tradición literaria anterior y del posterior desarrollo del género. No sólo se destaca por su temprana maestría en el uso de la prosa, anteriormente destinada a las crónicas latinas, cuya veracidad se consideraba indiscutible, sino que contiene, dentro de la narración, importantes divergencias, tanto en las características constitutivas de los personajes como en los escenarios y las aventuras en las que se verán involucrados. Al igual que toda la producción de la Matière de Bretagne posterior a Chrétien de Troyes, se enmarca dentro de un contexto eminentemente cristiano; sin embargo, como todo relato auténticamente tradicional, su simbolismo es de carácter universal, por lo que, para nuestro análisis, y para dejar en claro ciertos puntos, nos serviremos de datos doctrinarios de diferentes tradiciones espirituales, tanto de Oriente como de Occidente.

EL FUEGO DE LOS DIOSES

Si bien presenta, como dijimos, diferencias en el desarrollo de la historia, es posible identificar fácilmente una estructura arquetípica que subyace en la mayoría de los relatos artúricos. Como es habitual en el género, el romance comienza en la corte del rey Artús, y si tenemos en cuenta que, como dijo Thomas Malory, en la Tabla Redonda "todo el mundo, cristiano y pagano, se restaura" [1], bien podemos interpretarlo como un símbolo del Cosmos, es decir, como una representación del universo que comenzará a desplegarse como en un mito cosmogónico. Además, es importante remarcar que siempre se presenta un esquema típicamente cíclico, por eso no carece de interés poner atención en las condiciones iniciales de la novela, que comienza en la etapa posterior al punto en donde se interrumpe el cuento de Chrétien de Troyes. El héroe, Perlesvaus-Perceval, que desde hace unos años vaga errante buscando una forma de enmendar sus faltas, ya ha pasado por el castillo del Rey Pescador y, habiendo sido incapaz de pronunciar la pregunta fatídica, es por su error -y no por la herida del Rey- que la Tierra entra en una progresiva decadencia, tanto en la fertilidad de la naturaleza, pues queda prácticamente yerma, como en todos los órdenes sociales; los pueblos son arrasados por las guerras, los caballeros pierden el rumbo y se corrompen, y la noble corte de Artús, incluyendo su propia persona, no es ajena a la caída. El autor anónimo nos cuenta que:

"Después de la muerte de su padre, el rey Artús llevó la más elevada y prudente vida como ningún rey antes lo había hecho, de modo que todos los príncipes y todos los barones tomaron ejemplo de su buen comportamiento. El rey Artús vivió así diez años y ningún rey terrestre fue tan alabado como él, hasta que se apoderó de él una gran negligencia y comenzó a perder el gusto por la generosidad que le solía caracterizar. No quería mantener corte por Navidad, ni por Pascuas, ni por Pentecostés. Cuando los caballeros de la Tabla Redonda vieron declinar su bondad, comenzaron a abandonar su corte."

Será por lo tanto necesario establecer, a partir de la situación caótica de un ciclo que está en sus postrimerías, un nuevo orden, dar comienzo al nuevo ciclo restituyendo la creación a los tiempos del origen. Veamos de qué manera comienza a gestarse esta transformación.

En el día de la Ascensión, la reina Guenièvre, acongojada por la negligencia de su esposo, le suplica que vaya a pedir consejo y solicitar ayuda divina en la capilla de San Agustín, ubicada en la Blanca Floresta. Como le advierte, se trata de un lugar muy peligroso y la capilla oculta numerosos misterios, pero junto a ella tiene su morada el ermitaño más noble del reino de Gales, quien sólo vive de la gracia de Dios. El rey planea salir armado y sin caballero que lo acompañe, pero ella insiste en que lo mejor será que se lleve, cuando menos, a uno de sus criados. Artús, no demasiado convencido de poner en peligro inútilmente la vida de uno de los suyos, acepta cumplir con los deseos de su melancólica esposa. El primer doncel que se presenta ante ellos, Cahus, hijo de Yvain el Bastardo, es el elegido. El rey lo llama y le pide que duerma esa noche en la sala, que se ocupe de ensillar sus caballos al despuntar el alba y de preparar las armas. Cuando, al aproximarse la noche, los reyes se retiran a su lecho, el joven se acostó sin desvestirse ni descalzarse, ya que la noche sería corta y debería estar listo desde muy temprano para seguir acatando las órdenes del monarca. Lo que sucedió después es sencillamente asombroso:

(Debido a la sutileza del pasaje preferimos transcribirlo completo, pues ningún resumen podría hacerle justicia)

"En cuanto se durmió tuvo un sueño y le pareció que el rey se había marchado sin él. El doncel, en gran agitación, se dirigía a su rocín, le ponía silla y freno, se calzaba las espuelas y se ceñía la espada, y, soñando, creyó salir del castillo a gran velocidad detrás del rey Artús. Cuando hubo cabalgado un gran trecho, penetró en un gran bosque y miró el camino que tenía ante él y creyó ver las huellas del caballo del rey. Siguió las huellas hasta que llegó a una landa del bosque y pensó que el rey había desmontado allí o en las proximidades de aquel lugar, pues no había más huellas. Miró hacia la derecha y vio una capilla en medio de una landa y alrededor de ésta un gran cementerio y le pareció que estaba lleno de sarcófagos. Mientras soñaba, pensó que se dirigiría hasta la capilla, pues imaginó que el rey habría entrado allí a rezar. Se dirigió hacia aquella parte y desmontó. Ató su rocín y entró en la capilla. No vio a nadie; ni en un lado ni en otro, excepto a un caballero que yacía en el centro de la capilla sobre una litera y estaba cubierto con una rica tela de seda y a su alrededor había cuatro candelas ardientes en cuatro candelabros de oro. Mucho le maravilló al doncel que hubieran abandonado así a aquel cuerpo, pues no había nadie con él más que las imágenes. Y mucho más le maravilló no encontrar al rey, pues ya no sabía dónde buscarle. Saca una de las candelas, coge el candelabro de oro y de lo mete entre las calzas y el muslo. Sale de la capilla y monta en su rocín. Se marcha, atraviesa el cementerio y sale fuera de la landa para penetrar en el bosque. Y pensó que no se detendría hasta que hubiera encontrado al rey.

En cuanto entró en su camino vio a un hombre negro y horrible que se le acercaba, y era más grande a pie de lo que él lo era a caballo y le pareció que llevaba en la mano un gran cuchillo punzante de dos filos. El doncel se aproxima a él a gran velocidad y le pregunta:
-Vos que venís por aquí, ¿habéis encontrado en este bosque al rey Artús?
-No, pero os he encontrado a vos y eso me alegra mucho, pues salisteis de la capilla como ladrón y traidor. Os habéis llevado de mala manera el candelabro de oro con el que era honrado el caballero que yace muerto en la capilla. Quiero que me lo entreguéis y lo volveré a llevar allí, o, de otro modo, os desafío.
-A fe mía, no os lo pienso devolver. Me lo llevaré y se lo regalaré al rey Artús.
-Os aseguro que lo pagaréis muy caro si no me lo devolvéis ahora mismo.
Y el doncel pica espuelas creyendo que le va a vencer. Pero el otro se le adelanta, le hiere con el cuchillo en el costado y se lo mete en el cuerpo hasta el mango. El doncel, que yacía en la sala de Carduel, se despierta del sueño y lanza un grito:
-¡Santa María! ¡El sacerdote! ¡Ayudadme, ayudadme, muero!
El rey, la reina y el chambelán oyeron el grito. Se levantaron y dijeron al rey:
-Señor, ya podéis partir. Ha amanecido.
El rey ordena que le vistan y calcen. Y aquél grita con todas sus fuerzas:
-¡Traedme un sacerdote, muero!
El rey se dirige rápidamente hacia allí y la reina y el chambelán le acompañan con gran cantidad de antorchas. El rey le pregunta qué le ocurre y él le explica lo que ha soñado.
-¡Ah!, exclama el rey, ¿era sólo un sueño?
-Sí, señor, le responde. Pero se ha hecho terriblemente real.
Alza el brazo izquierdo y continúa diciendo:
-Señor, mirad esto. Ved el cuchillo que me atraviesa el cuerpo hasta el mango.
Luego introduce la mano en sus calzones donde estaba el candelabro de oro. Lo saca y se lo muestra al rey.
-Señor, por este candelabro estoy mortalmente herido. Os lo regalo." [2]

El rey toma el candelabro, maravillado, y se lo enseña a la reina. Después de confesarse ante el capellán, y de que Artús retire el arma de la herida, el joven exhala su último aliento.

Dos cuestiones parecen desprenderse inmediatamente de aquí. Por un lado, encontramos que la experiencia de Cahus no es, como lo creyó el rey o como puede haberlo creído cualquier lector, "sólo un sueño", sino que se trata de una verdadera irrupción en el Otro mundo; es el paso hacia un grado de realidad superior en el que la experiencia visionaria condiciona y modifica la realidad inmediata y tangible tal como es percibida por los sentidos externos. Se nos advierte que el “mundo intermediario” es el dominio en el que se desarrollará la narración; por lo que, si tenemos en cuenta que, además, en la introducción el propio autor afirma que él es sólo un escriba que se limita a narrar una historia que le ha sido transmitida tal y como un ángel se la contó a un tal Josefés, cuya identidad es una incógnita, y que incluso "de Dios procede el alto cuento del Graal", otorgándole al mismo el valor de la Revelación, de un Libro Sagrado que desciende desde lo alto, ya no se trataría tampoco "sólo de un romance", porque su lectura se convierte prácticamente en un acto litúrgico. El lector o el oyente de la gesta caballeresca y espiritual puede encontrar en este libro un auténtico rito de entrada si es capaz de vivificar en sí mismo por medio de la “imaginación activa” cada uno de los símbolos que cifran y revelan las realidades invisibles. De hecho, la contemplación en la noche del caballero que yace muerto en el interior de la capilla rodeado de candelas, algo que se repite en los capítulos más significativos, parece ser parte de las pruebas de un ceremonial iniciático antiguo, lo que podría confirmar el valor instructivo del escrito. Pero, por otra parte, no podemos dejar de lado la interpretación simbólica del propio sueño. Para empezar, las características del "Caballero Negro", que es descripto como de enorme estatura y siendo el custodio de las riquezas del Otro mundo, nos permite asimilarlo a la figura del Titán, es decir, a los "dioses" del ciclo anterior, porque, como ya mencionamos, el comienzo de un nuevo ciclo implica el fin de un ciclo que ya se está agotando y, como podemos encontrar en numerosas tradiciones, al principio, todas las cosas están en posesión de los Titanes. Pero, los Ángeles y los Titanes, los Devas y los Asuras, respectivamente, o como explica Ananda K. Coomaraswamy, "los poderes de la Luz y los poderes de la Obscuridad en el Rig Veda Samhita, aunque distintos y opuestos en su operación, son consubstanciales en su esencia, puesto que su distinción no es una cuestión de esencia, sino de orientación, de revolución, o de transformación, como se indica por tales afirmaciones expresas como «Las Serpientes son los Soles» en el Pañcavimsa Brahmana"[3]; es decir, el Titán sigue siendo potencialmente un Ángel, mientras que el Ángel, es todavía por esencia un Titán; Luz en potencia y Oscuridad en acto, las dos caras de un mismo Principio. Como lo veremos más adelante, los Ángeles son, por lo general, de naturaleza antropomórfica, mientras que los Titanes poseen naturaleza teriomórfica u ofídica; por tanto, el Caballero Negro puede ser identificado con la Serpiente o el Dragón que se oculta en las tinieblas para custodiar su tesoro; que, en este caso, son los candelabros dorados. Ahora bien, lo que el candelabro aquí representa es la fuerza universal capaz de otorgar la inmortalidad o la capacidad de dominio, relacionada algunas veces con el simbolismo del Árbol, que implica a su vez un peligro, una prueba que el héroe debe sortear a riesgo de ser terriblemente castigado o sucumbir en la empresa, pero, si se logra derrotar a los dragones o a los Titanes que lo custodian, obtendrá en sí mismo los atributos divinos de sus adversarios o los trasferirá de una estirpe a otra. En el hinduismo, Agni, en forma de gavilán arranca una rama del Árbol de Brahman y es derribado; sus plumas, sembradas en la tierra, producen una planta capaz de otorgar el "soma terrestre"; “oscura alusión”, como sugiere Julius Evola -autor con quien ideológicamente no nos identificamos-, "al paso de la herencia de la empresa a otra raza (esta vez terrestre)"[4], que es similar, a la hazaña de Prometeo, el Titán, amigo de los mortales, que roba el fuego de los dioses en el tallo de una cañaheja para devolvérselo al mundo; en castigo por tal ofensa, es encadenado a una roca por Zeus y condenado a que un águila le comiera el hígado que, por ser inmortal, cada día se le regeneraba. Los ejemplos de este mito podrían multiplicarse. En nuestro relato, Cahus consigue llevar el tesoro hasta las tierras de su señor, pero no logra obtener, al no comprender contra qué se estaba enfrentando, un poder que acaba volviéndose en su contra; no obstante, la victoria sobre el Dragón y la conquista de la Tierra podrá obtenerse de otro modo y de eso se encargará Artús, el caballero más experimentado en lidiar con las fuerzas del mal.

EL SACRIFICIO DEL TITÁN

Por la mañana, el rey se arma y parte solo rumbo a la capilla para cumplir con lo encomendado por la reina. Cabalga a toda velocidad durante el día, y por la noche se adentra en espesura del bosque. Descansa en un pequeña casa hasta la mañana siguiente. Parte nuevamente y llega hasta una hermosa landa con una puerta batiente a su entrada. Antes de entrar se encuentra con una doncella sentada bajo un árbol que, en sus manos, sostenía las riendas de una mula, quien le indica que más adelante se encontraba la capilla de San Agustín. Llega finalmente hasta ese lugar y recibe, como lo esperaba, los consejos y las bendiciones del sabio ermitaño.

Hemos omitido intencionalmente dos experiencias visionarias extremadamente ricas por las que pasa el rey, y que merecerían ser analizadas independientemente, por exceder los límites que nos impusimos en este trabajo.

El rey cabalga rápidamente por la landa con el escudo al cuello y empuñando su lanza, advertido por el ermitaño sobre la posibilidad de una contienda. No había cabalgado mucho cuando ve venir a su encuentro al Caballero Negro, el mismo que hirió mortalmente a su doncel. Inmediatamente intenta atacar al rey con su lanza que "era gruesa en el extremo, cerca de la punta de hierro, y ardía una llama fea y horrible que descendía hasta los puños del caballero"[5], lo que pone de manifiesto la identificación del Caballero Negro con el Dragón y las llamas infernales. El primer ataque es fallido; Artús lo esquiva, pero advierte que no puede partir sin combate al ver que el otro se retira para tomar impulso y arremeter nuevamente. El rey pica espuelas, decidido, y ambos chocan con gran violencia.

"Se golpean con tal ímpetu que arquean las lanzas sin romperlas, ambos se desarzonan y pierden los estribos. Chochan sus cuerpos y los caballos de tal modo que de sus ojos salen chispas y al rey le sale sangre por la boca y la nariz. Uno se aleja del otro y recuperan fuerzas. El rey mira la lanza ardiente del Caballero Negro y mucho se maravilla qde que no se haya roto después del golpe que ha recibido, y piensa que quizá sea un diablo" [6]

El Caballero Negro se acerca de nuevo a gran velocidad; el rey se cubre con el escudo para protegerse de la llama y golpea con tal fuerza a su diabólico adversario que lo derriba, pero éste se vuelve a sentar en los arzones y lo golpea por encima de la bocla del escudo, agujerando con el hierro ardiente la madera y la manga de la loriga e hiriéndolo gravemente en el brazo.

"Al sentir la herida y el calor, el rey se llena de ira. El otro retira su lanza y mucho se alegra en su corazón al ver herido al rey. El rey nada se alegra, sino que contempla la lanza que ahora está apagada y mucho se maravilla.
-Señor, dice el Caballero Negro, os ruego merced. Mi lanza nunca habría apagado su ardor, si no se hubiera bañado en vuestra sangre.
-No me ayude Dios, responde el rey, si tengo merced pudiendo seguir adelante.
Pica espuelas y se dirige hacia aquél a pleno galope y le golpea en medio del pecho introduciéndole media ana en el cuerpo y derribándolo al suelo, a él y al caballo. Retira la lanza y mira al que yace muerto." [7]

Mientras se alejaba, oyó que venían por el bosque más de veinte caballeros bien armados que se dirigían hacia el caballero muerto en la landa. Ya estaba por salir, cuando ve a la doncella que había dejado bajo el árbol:

"-Ay!, señor, le dice, por Dios, volved atrás, y traedme la cabeza del caballero que yace allí muerto.
El rey mira atrás y comprueba el gran peligro por la multitud de caballeros que están completamente armados.
-¡Ay¡, doncella, le dice, ¿queréis matarme?
-De ningún modo, señor. Pero necesito tener su cabeza. Nunca ha existido caballero que me negara el don requerido. No permita Dios que vos seáis el más villano.
-¡Ay!, doncella, dice el rey, estoy terriblemente herido en el brazo que sostiene mi escudo.
-Ya lo sé, señor, le responde ella, pero jamás sanaréis si no me traéis la cabeza del caballero.
-Me esforzaré en ello, doncella, cueste lo que cueste.
El rey mira hacia la landa y ve que los que han llegado allí han despedazado al caballero trozo a trozo y que cada uno se lleva un pie, un brazo, un muslo, un puño, y que se dispersan hacia el bosque."[8] *

Antes de continuar con esta magnífica escena, analizaremos las consecuencias simbólicas de lo sucedido hasta aquí. Ya hemos puesto énfasis en la naturaleza ctónica u ofidiana de los Asuras o, en este caso, del Caballero Negro que fue identificado con el Dragón y recordemos que en el relato se acentúa su descomunal estatura, es decir, es asimilado sutilmente con la raza de los Gigantes, de modo que, en consonancia con lo anterior, y teniendo en cuenta que la misión de Artús es establecer un nuevo orden en su corte, que es al mismo tiempo una imagen del Cosmos, podemos relacionar directamente la batalla con el Sacrificio primigenio que tiene lugar en los distintos mitos cosmogónicos en los que el Ser primordial, del que surgen todas las cosas en el origen, es de naturaleza ofidiana. Entonces, si el Caballero Negro es identificado con Vritra, el "Enrollador", el rey Artús, siguiendo el modelo arquetípico del héroe solar, es la representación de Indra, es decir, el dios que bisecciona a Vritra para vengar a Agni que, como dijimos, estaba representado por Cahus; y podemos afirmar, junto a Coomaraswamy, que "la bisección de la Serpiente puede igualarse con la separación del Cielo y de la Tierra".[9] En cuanto a su aspecto de Gigante, es clara la correspondencia con Ymir en la mitología germánica, P'an-ku en China o con Púrusha en el hinduismo, para quien se puede decir lo mismo que de Vritra. En efecto, según la tradición védica, el conjunto de todos los seres manifestados surge de la dispersión de los miembros de Púrusha, el Hombre primordial, que fue dividido sacrificialmente por los Deva; lo que simbólicamente puede entenderse como el paso de la Unidad a la multiplicidad, es decir, la procesión del Principio que da origen a la manifestación universal. Como explica René Guénon:

"Ese Púrusha es idéntico a Prajàpati, el “Señor de los seres producidos”, todos ellos surgidos de él y por consiguiente considerados en cierto sentido, como su “progenitura” ; es también Viçvakarma, o sea el “Gran Arquitecto del Universo”, y, en cuanto tal, él mismo realiza el sacrificio del cual es la víctima ; y, si se dice que es sacrificado por los Deva esto no constituye en realidad ninguna diferencia, pues los Deva no son en suma sino las “potencias” que porta en sí mismo." [10]

En lo que respecta a los sacrificios rituales, éstos deben ser una imagen del Sacrificio primordial realizado in illo tempore por los dioses o los antepasados míticos, de modo que la víctima del sacrificio no es en realidad diferente del sacrificador, sino que es una representación del mismo o, en otras palabras, debe haber una identidad total entre ambos. Como indica también Coomaraswamy, "desde un punto de vista cristiano será perfectamente inteligible, que el Sacrificio es siempre una víctima voluntaria y que la pasión es siempre una pasión auto-impuesta, al mismo tiempo que el Sacrificio es la víctima inocente de una pasión que se le impone injustamente; éstas son sólo dos maneras diferentes de considerar un único y mismo «evento»." [11]

De esto podemos deducir que no existe una contradicción, por ejemplo, con los misterios griegos en los que Zegreo, el hijo de Zeus transformado en serpiente y la joven Perséfone, es desmembrado por los Titanes, que se corresponden con los Asuras del hinduismo como ya hemos indicado, que fueron enviados por la diosa Hera. En la tradición egipcia, tenemos, por su parte, el mito de Osiris, quien es asesinado en una trampa tendida por su hermano y, como relata Plutarco, "Tifón, una noche que iba de caza a la luz de la Luna, lo halló, reconoció el cuerpo, lo cortó en catorce trozos y los dispersó a todos los vientos."[12]

La repetición de este tipo de mitos cosmogónicos es aplicable a diferentes niveles dentro de una sociedad tradicional, tanto en las construcciones, puesto que toda construcción, ya sea que se trate de una casa, un templo o un monumento, es también una imagen del Cosmos que debe estar "animada", es necesario un sacrificio sangriento, como podía efectuarse en la India, por ejemplo, clavando una estaca para fijar la cabeza de una serpiente que simbolizaba a la vez al caos primordial, que le transfiera una vida y un alma; como también en los ritos iniciáticos en los que, puesto que la iniciación es una cosmogonía reproducida desde el nivel individual, debe efectuarse la muerte y la resurrección del recipiendario que asume el papel de la víctima sacrificial. Sin extendernos más en este punto, mencionaremos que esto también se encuentra presente tanto en el simbolismo masónico como en las iniciaciones chamánicas. Mircea Eliade señala a este respecto que "el futuro chamán ve en sueños su propio cuerpo siendo descuartizado por demonios; les observa mientras, por ejemplo, le cortan la cabeza y le arrancan la lengua"; siendo así llevado a un estado amorfo e indiferenciable para posteriormente ser vuelto a armar.[13] Por eso, la conocida fórmula masónica de "reunir lo disperso" -posiblemente relacionada con la reconstrucción del cuerpo de Osiris por parte de Isis-, la tarea que le corresponde a quienes han pasado, al menos virtualmente, por la “segunda muerte”, consiste en una "reintegración" al estado adámico, en volver desde la multiplicidad de la manifestación hasta la unidad primordial.

Siguiendo a Wolfram von Eschenbach, podríamos decir respecto de Artús y el Caballero Negro que "«así luchaban», si quisiéramos decir que eran dos, aunque ambos no eran nada más que uno.” [14] El héroe solar mata al Dragón, que es su propia sombra, y, como sucede en tantos mitos y relatos tradicionales, por el desmembramiento del poder ofidiano se da inicio al nuevo acto de creación.

Ahora veamos por qué la doncella pedía con tanta insistencia la cabeza del caballero derrotado.

LA CABEZA DEL DRAGÓN

El rey ve que el último de los caballeros que descuartizaron el cadáver se lleva la cabeza en la punta de su lanza y parte detrás de él a gran velocidad.

"-Deteneos, caballero, le dice, quiero hablaros.
-¿Qué os place, buen señor?, le pregunta el caballero.
-Os requiero a que por todo lo que más améis, me entreguéis la cabeza que lleváis en la punta de vuestra lanza.
-Os la daré si os avenís a un acuerdo.
-¿Qué acuerdo?
-Quiero que me digáis quién mató al caballero cuya cabeza me pedís.
-¿No la puedo conseguir de otro modo?
-De ningún otro modo.
-Os lo diré. Sabed que lo mató el rey Artús.
-¿Y dónde está él?
-Buscadlo hasta que lo encontréis. Os he dicho la verdad. Dadme ahora la cabeza.
-De buen grado.
Baja la lanza y el rey coge la cabeza."[15]

El caballero tañe su cuerno para llamar a sus compañeros y comunicarles que Artús es el asesino del Caballero Negro, pero éstos advierten el engaño y, aunque ya no temen por el rey, "pues ya ha pasado la barrera", le harán pagar caro por haberlo dejado escapar.

"Cargan contra él, lo matan y lo despedazan y cada uno se lleva un trozo tal y como habían hecho con el otro.
El rey había salido fuera, se acerca a la doncella que le espera y le ofrece la cabeza.
-Muchas gracias, señor, le dice la doncella.
-Mucho me complace poder entregárosla, doncella, le dice el rey.
-Descended, señor. Nada debéis temer más allá de la barrera.
En esto, el rey desmonta.
-Quitaos con toda tranquilidad la loriga, señor, y os apretaré la herida de vuestro brazo, pues sólo yo puedo curaros.
El rey se quita la loriga y la doncella coge la sangre de la cabeza del caballero que aún corría caliente. Luego le ata un lazo por encima de la herida y hace que el rey se vuelva a vestir la loriga.
-Señor, le dice, jamás habríais curado si no hubiera sido por la sangre de este caballero. Por eso ellos se llevaban el cuerpo a trozos y la cabeza, pues bien sabían que estabais herido." [16]

Siguiendo el análisis previo, podemos relacionar esta curación milagrosa con el sacrificio del Rey Soma; sobre este punto, Coomaraswamy añade que "en Satapatha Brahmana IV.4.3.4 encontramos «Pues Vritra era Soma. Cuando los Ángeles le hirieron, su cabeza rotó (udvavarta) y devino el drona-kalasa», es decir, el vaso de soma, cf. Pañcavimsa Brahmana VI.5.7 «el vaso de los Ángeles». El hecho de que la cabeza devenga un vaso explica la designación de algunos vasos como kapala, «copa cráneo», en éste y en otros rituales. El «Vaso de los Ángeles» parece ser el Sol, más bien que la Luna, la cual es el vaso de los Asuras." [17] Indra derrota a Vritra para liberar a Agni y Soma, que habían sido tragados; pero la obtención de soma en la preparación ritual que consiste en el prensado de unos tallos secos que son "rejuvenecidos" en agua, simbolizando la pasión de Vritra, puede entenderse tanto como un rapto por parte de Agni, en forma de gavilán, como de un robo perpetrado por Indra, porque, ya fuera como Árbol o como Rey, Soma estaba en el poder de los Asuras; es por eso que "se dice que sale retozando, «como Ahi de su piel inveterada» (Rig Veda Samhita IX.86.44), es decir, de «la negra piel que Indra odia»" [18]; en todo caso, no se está matando a Soma en el sacrificio, sino a su parte malvada; pero mientras una parte de Vritra, que no muere en la bisección, es "desencantada", la otra sobrevive como el apetito dentro de nosotros, el "alma sensitiva" que es simbolizada con el Dragón.

Pero también es menester destacar que éste es un tema recurrente que se reviste de diversos ropajes a lo largo del "alto libro del Graal"; y así encontramos escenas en las que los héroes sufren terribles heridas mortales que sólo pueden ser curadas por la sangre, el arma, la ropa o las cenizas del adversario que la provocó, por lo general de características sobrenaturales. Si afirmamos otra vez que las huestes del mal son de naturaleza ofídica, es porque estamos precisamente ante el simbolismo de la Serpiente, lo que concuerda perfectamente con todo lo dicho en el presente artículo, cuyo veneno es el único capaz de otorgar la medicina divina para su mordedura letal; esta victoria es similar a la de Apolo, el dios que, antiguamente, como explica Peter Kingsley, estaba relacionado con la oscuridad y la noche[19], al matar a Pitón para absorber sus poderes proféticos y curativos. En el simbolismo alquímico, como lo refiere Fulcanelli, "Marte, Marthe, Marcelo, Miguel, Jorge, etc., y estos caballeros del arte sagrado, tras una ardiente lucha de la que siempre salen victoriosos, abren, en el costado de la serpiente mítica, una gran herida de la que brota una sangre negra, espesa y viscosa"[20]; y la serpiente moribunda, "jeroglífico del principio alquímico primordial, puede justificar la afirmación de los sabios, que aseguran que todo lo que ellos buscan está contenido en el mercurio"[21]. De aquí se deduce que este es el "poderoso rey natural", capaz de curar a todo el mundo, el elixir mercurial, que, para ser efectivizado, "el cuerpo primaterial y venenoso tiene que ser despedazado y el espíritu volátil fijado con un clavo de oro".[22]

Quien, al igual que Artús, es "mordido por la Serpiente", debe saber que en el fondo de su dolorosa y profunda herida, en el tormento infligido por el veneno, en el terrible abismo de soledad, angustia y desesperación que crece junto a él irguiéndose como el guardián que impide el acceso a los tesoros del Santuario, se oculta la medicina universal, el elixir que brotará de su sangre cuando, luego de esperar pacientemente a que la enfermedad aniquile las impurezas extrañas al organismo, sea capaz de decapitar al Dragón que se alimenta de su sombra.

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En este post no hemos hecho más que explorar el simbolismo de sólo una parte de la primera de las once Ramas que componen el romance. De más está decir que, en un libro como este, donde nada parece librado al azar, donde todo está calculado con suma precisión y hasta el más ínfimo detalle parece desbordar de sentido, las posibilidades que nos ofrece la meditación en sus símbolos son prácticamente inagotables; pues, como nos dice el propio autor en la introducción: "muy provechoso será para quienes lo oigan de corazón". [23]


NOTAS

[1] Ananda K. Coomaraswamy, Sir Gawain y el Caballero Verde: Indra y Namuci.
[2] Anónimo, Perlesvaus o el alto libro del Graal.
[3] Ananda K. Coomaraswamy, Op. cit.
[4] Julius Evola, La tradición hermética.
[5] Anónimo, Perlesvaus o el alto libro del Graal.
[6] Ibídem.
[7] Ibídem.
[8] Ibídem.
[9] Ananda K. Coomaraswamy, Op. cit.
[10] René Guénon, Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada.
[11] Ananda K. Coomaraswamy, Op. cit.
[12] Plutarco, Isis y Osiris.
[13] Mircea Eliade, Nacimiento y Renacimiento.
[14] Wolfram von Eschenbach, Parzival.
[15] Anónimo, Perlesvaus o el alto libro del Graal.
[16] Ibídem.
[17] Ananda K. Coomaraswamy, Op. cit.
[18] Ibídem
[19] Peter Kigsley, En los oscuros lugares del saber.
[20] Fulcanelli, Las moradas filosofales.
[21] Ibídem.
[22] Alexander Roob, Alquimia y Mística.
[23] Anónimo, Perlesvaus o el alto libro del Graal.

* Tal vez en este episodio se haya inspirado la célebre escena de la película "Monty Python and the Holy Grail" (una de las preferidas de quien aquí escribe).