"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



sábado, 27 de marzo de 2010

Desesperanza

A tu alrededor,
casas vacías de vida,
poblados cementerios
de huéspedes inhóspitos;
muerte no asumida,
inercia y putrefacción.
Los clamores del combate
se apagan, errantes,
en el trasfondo
de tu vida corrupta.
Arrodíllate,
en este triste desierto,
alza tus manos y grita.
Nadie parece escuchar.

domingo, 7 de marzo de 2010

Contra el laicismo

"La voluntad nos conduce hacia Dios o hacia el Diablo. Y no te sirve de nada que lleves el nombre de cristiano; la salvación no reside en eso."
Jacob Böhme







En una sociedad secularizada o, mejor dicho, desacralizada, como la nuestra donde carece de sentido cualquier intento voluntarista de retornar a una forma de organización tradicional, es evidente la importancia del papel mediador que podría desempeñar el laicismo, estableciendo la necesaria separación entre el estado y las instituciones religiosas a fin de garantizar el pluralismo y la libertad cívica de los habitantes en su conjunto; a pesar de que toda tentativa ecuménica y de aparente tolerancia cultural no va más allá de un conjunto de superfluas normas de convivencia teñidas del más perverso relativismo que jamás podrían llegar al meollo de una problemática social cuya profundidad generalmente se desconoce. De todos modos, lo que muchas veces ocurre, en unos países más que en otros, si bien la tendencia es global, es que bajo la cándida máscara del laicismo lo que se oculta es el más obstinado rechazo a cualquier expresión de una búsqueda espiritual auténtica, un anticlericalismo feroz en el que sus defensores parecen necesitar de la Iglesia para justificarse a sí mismos en esta dicotomía constante, una acusación y ataque permanente a todas las religiones que son vistas como un flagelo que socaba las libertades individuales, usadas comúnmente como instrumento de control de las masas o, simplemente, como "el origen de todo mal", como les gusta decir a Richard Dawkins y sus esbirros en esa mediocre proclama nihilista.

Que un estado sea laico, no implica que los individuos que conforman la sociedad también deban serlo.

Ahora bien, ¿qué es lo que entendemos aquí por "laico"? No nos referimos, claro está, a la denominación que la Iglesia Católica de Roma ha impuesto, desde el Concilio Vaticano II, a los fieles que no pertenecen al clero. Una definición muy contundente y desde una perspectiva tradicional es la que nos aporta René Guénon:

"...originariamente, «clérigo», no significa otra cosa que «hombre que sabe» , y se opone a «laico», que designa al hombre del pueblo, es decir del «vulgo», asimilado al ignorante o al «profano», a quien no puede pedírsele sino que crea lo que no es capaz de comprender, porque es ese el único medio de hacerle participar en la tradición en la medida de sus posibilidades. Es curioso notar que las gentes que, en nuestra época, se vanaglorian de llamarse «laicos», así como también los que se complacen en calificarse de «agnósticos», y, que por lo demás, son con frecuencia los mismos, con eso no hacen más que jactarse de su propia ignorancia; y, para que no se den cuenta de que tal es el sentido de las etiquetas de las que hacen gala, es menester que esta ignorancia sea en efecto bien grande y verdaderamente irremediable." [1]

No queremos decir con esto que uno no deba reconocer su propia ignorancia, porque eso sería una necedad, pero tampoco puede ser motivo para que nos regodeemos en ese estado lamentable creyendo, paradojalmente, haber alcanzado los límites del conocimiento. Ser "laico", no depende necesariamente de la no adscripción a una religión u organización tradicional, exotérica o esotérica, determinada; es un modo de pensar, un modo de ser, en definitiva, en el que, o no se reconoce la presencia de lo sagrado, o bien, admitiendo de forma abstracta la existencia de un Principio superior, la "ley de correspondencia" es completamente ignorada. Así, un supuesto religioso que repite las prácticas más básicas de su credo en forma mecánica, "sin ojos para ver ni oídos para comprender", llevando, además, un estilo de vida esencialmente profano, es tan laico como un "librepensador" agnóstico. Sorprende, de hecho, encontrar a algunos autores modernos hablando despreocupadamente de una pretendida "espiritualidad laica", a lo que añaden, para no dar lugar a equívocos, "sin creencias, sin religiones, sin dioses". No vamos a realizar un juicio de valor sobre el rigor intelectual de estos trabajos -que aún no hemos tenido oportunidad de leer- pero, partiendo de una subversión y de un contrasentido semejante, nos permitimos, cuando menos, sospechar de sus intenciones.

Alcanzar un estado diferente al del laico, es comprender que toda liturgia es también una teurgia, un acto divino, Dios actuando en y a través de nosotros. Los ritos producen un cambio cognitivo, perceptivo, ontológico, porque tienen una correspondencia anagógica con los estados superiores. En cada gesto, en cada palabra, en cada imagen, encontramos un espejo en el que podemos reconocer lo más íntimo de nosotros mismos, el alma desbordada vibrando al ritmo de la armonía universal en un tiempo cualificado en el que todos los acontecimientos de la historia sagrada que ritualmente se repite y se revive, ocurren de manera simultánea. Ya sea que se trate de las prácticas exotéricas de una religión o de los más secretos ritos iniciáticos, el verdadero sentido se perdería si no se buscara comprender los misterios de la fuente siempre viva e inagotable de donde nace toda tradición, que, por otra parte, es lo único que permitiría hallar algún tipo de unidad espiritual entre las diversas religiones externas. Esto es lo que el teósofo alemán del siglo XVIII, Karl von Eckartshausen, llamaba "Iglesia Interior":

"Todo lo que la Iglesia exterior posee, en símbolos, ceremonias y ritos, es la letra cuyo espíritu y verdad están en la Iglesia interior."

(...)

"Cuando se hizo necesario que las verdades interiores fueran envueltas en ceremonias exteriores y simbólicas, a causa de la debilidad de los hombres, que no eran capaces de soportar la unión de la luz, nació el culto exterior; pero se trata siempre de la representación y el símbolo del interior, o sea, el símbolo del verdadero homenaje rendido a Dios en espíritu y en verdad."

(...)

"De modo que los tipos exteriores de todas las religiones (...) tienen por objeto, mas o menos claramente, las verdades interiores del Santuario..."[2]

Y no olvidemos que la Naturaleza también puede ser un templo de la "Religión interior", porque, como en las criaturas de este mundo encontramos un recuerdo de lo divino, es decir, de nuestra perdida dignidad, "corriendo a través de la vista" en una contemplación amorosa de la belleza que a cada instante se manifiesta a nuestro alrededor, podremos "orientar" cada acto de la vida para participar plenamente en la liturgia cósmica de la renovación, con la esperanza de que algún día las influencias del rayo supraesencial desciendan en un súbito golpe hasta ese altar consagrado, receptáculo de lo infinito, que no se encuentra en otro lugar más que en nuestro propio corazón.


Notas:

[1] René Guénon, "Autoridad espiritual y poder temporal".
[2] Karl von Eckartshausen, "La nube sobre el Santuario"