"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



domingo, 18 de octubre de 2009

Sigune y la iniciación de Parzival.


"Cuando estás muerto, y Dios se ha hecho tu vida,
sólo entonces entras en el orden de los altos dioses."
Angelus Silesius

Los relatos tradicionales nos abren las puertas a ese otro lugar cuya ubicación escapa a la cartografía terrestre porque, imperceptible para los sentidos externos, pertenece a un grado de realidad más elevado, más sutil; un lugar donde se cumplen milagros y maravillas indescriptibles, donde el reino de las hadas ya no puede ni debe ser visto como una simple fantasía y, quien pretenda acercarse a sus dominios, no podrá hacerlo impunemente sin estar familiarizado con sus leyes; nos hablan de los acontecimientos ocurridos in illo tempore, en aquel tiempo "en el que las piedras preciosas eran tan comunes como lo son ahora los ordinarios guijarros" [1], épocas en las que el mundo no era tan 'sólido' como lo es en la actualidad, es decir, en el pasado eterno que eternamente puede ser devuelto al ahora, siempre actualizado en un eterno presente, siempre aquí. Por su naturaleza, no es extraño encontrar en ellos estructuras y pautas claramente iniciáticas que responden a una llamada interna, a la más profunda vocación, susceptible de ser aceptada o rechazada, de todo ser humano. Es evidente que este tipo de literatura no tiene como fin ser un simple y vulgar entretenimiento -como tan a menudo ocurre con las obras de los autores modernos-, sino que constituyen un soporte para preservar conocimientos tradicionales y ser los vehículos que proporcionen una enseñanza, una invaluable instrucción, a quienes se atrevan a leerlos como si hubieran sido escritos para ellos mismos, comprometiéndose, a partir de ese momento, a ser partícipes de la quête en la que se verán involucrados nuestros héroes. Se alcance o no una profunda comprensión de los símbolos que cobran vida y actúan a diferentes niveles dependiendo de la interiorización que de los mismos cada uno sea capaz de efectuar, no se podrá negar que estas obras son capaces de dejar marcas indelebles en el alma que, como "presencias dominadoras", volverán a aparecer una y otra vez, cada vez con mayor fuerza y penetración, recordándonos nuestra verdadera naturaleza y el lugar al que debemos retornar. No es posible determinar con certeza si los múltiples viajes y ordalías que deberán enfrentar los protagonistas se corresponden específicamente con auténticos ritos de alguna organización iniciática desaparecida (u oculta), pero, en el caso de la saga del Grial, esto es, ciertamente, un hecho posible; pudiendo, los escritores cuyos nombres son conocidos, ser simplemente las caras visibles de dichas organizaciones. En todo caso, no es lo que pretendemos probar aquí, porque lo que debemos tener presente es que estas historias, que apuntan a ser vivificadas por la Imaginación activa, no transcurren como una serie de sucesos extrínsecos a los personajes, sino que existe siempre una identidad entre los diversos acontecimientos y las experiencias internas del héroe de la gesta; y el lector o receptor del mensaje -que, en épocas remotas, la mayoría de las veces era un oyente- advertirá que tampoco puede haber alteridad consigo mismo porque todo se sucede como en una hierohistoria, un drama del alma, una dramaturgia sagrada en la que los personajes se mueven como actores del teatro del intermundo representando diversas modalidades de la individualidad del recipendario que deberán ser realizadas en el curso de su iniciación. Quien se deje transportar por la magia del relato y se esfuerce por cruzar el umbral de sus misterios, inevitablemente, volverá transformado.

En el Parzival de Wolfram von Eschenbach, muchos son los personajes que desempeñan roles de gran importancia como oficiantes del rito al que deberá hacer frente el ignorante muchacho luego convertido en invencible caballero. En esta oportunidad nos centraremos en una figura que desempeña un papel ciertamente significativo que pondrá de manifiesto el auténtico carácter ritualístico de la gesta: su prima Sigune, hija de Kyot de Katelangen y Schoysiane, hermana de Herzeloyde. En el "Perceval" de Chretien de Troyes no se conoce su nombre y en "La continuación de Perceval" escrita por Gerbert de Montreuil, es llamada Ysmain. Hablará con ella únicamente en tres ocasiones, pero serán, sin duda, tres momentos de suma relevancia en el desarrollo de la historia.

El primer encuentro se produce poco después de que el muchacho, que hasta ese entonces desconocía su nombre, se alejase de su madre con el objeto de dirigirse hasta la corte del rey Arturo a fin de solicitar ser investido como caballero. Bajaba la ladera de una colina cuando escucha el lamento desesperado de una mujer delante del borde de una peña. Cabalgó rápidamente hacia ella y se encontró con un terrible espectáculo: la doncella se arrancaba con tristeza sus largas trenzas y en su regazo yacía muerto el príncipe Schionatulander, su amante. El joven la saludó y ofreció su ayuda para vengar la desgraciada muerte echando mano a su carcaj, donde guardaba los afilados venablos. Sigune, entre lágrimas, agradece por la generosidad y buena predisposición del visitante y pregunta por su nombre, a lo que éste respondió:

«Bon fils, cher fils, beau fils. Así me han llamado los que me conocían en casa.» [2]


Al pronunciar estas palabras, ella lo reconoció y le dijo enseguida:

«Realmente te llamas Par-zi-val, lo cual significa por en medio. Al ser tu madre tan fiel, su gran amor trazó el surco por su corazón, pues tu padre la dejó triste. No te digo nada para que te vanaglories. Tu madre es mi tía. Te digo ciertamente toda la verdad: quién eres. Tu padre era un Anjou y tu madre era galesa. Has nacido en Kanvoleis. Todo lo que sé es verdad. Eres también rey de Gales del Norte y deberías llevar la corona en su capital, Kingrivals. Este príncipe que yace aquí murió por ti, porque defendió tu reino. Nunca quebrantó su fidelidad. Joven, hermoso y gentil hombre, dos hermanos te han causado mucho daño. Dos reinos te arrebató Lähelin. Orilo mató a este caballero y a tu tío en una justa, con lo que me dejó a mí desolada. Este caballero de tu país, en el que me educó tu madre, me servía con fidelidad y amor. Querido y valiente primo, oye ahora lo que pasó aquí. Un collar de perro le causó la muerte . Murió estando al servicio de nosotros dos, y sólo me queda dolor y añoranza por su amor. Yo no estaba en mis cabales al no concederle mi amor. Ésta fue la levadura de mi desdicha, que echó a perder mi felicidad. Lo amo aunque esté muerto». [3]


Parzival, deseoso de combatir, insistió en su ofrecimiento de venganza, pero ella le señaló un camino diferente al que había tomado Orilo, un camino que lo llevaría directamente hasta los britanos.

Como podemos apreciar, esta mujer se presenta como mensajera y como guía, como la diosa que recibe a Parménides en su viaje, aquella que la da una calurosa bienvenida a Heracles cuando desciende como iniciado a los infiernos, quien se aparece ante Orfeo cuando utiliza los conjuros de Apolo para abrirse paso hasta el mundo de los muertos: es, como Perséfone [4], la anunciadora de la muerte. El héroe contempla, como en una representación teatral, su propio deceso. Pero, de lo que aquí se trata, como se verá confirmado más adelante, no es de una muerte cualquiera, sino que estamos, precisamente, ante un símbolo de la muerte iniciática que, lejos de ser ficticia, podríamos decir con justa razón que es más real que la muerte comprendida en el sentido ordinario de la palabra, como explica René Guénon, "ya que es evidente que el profano que muere no deviene iniciado sólo por eso, y que la distinción del orden profano (que comprende aquí no solo lo que está desprovisto del carácter tradicional, sino también todo exoterismo) y del orden iniciático es, a decir verdad, la única que rebasa las contingencias inherentes a los estados particulares del ser y la única que tiene, por consiguiente, un valor profundo y permanente desde el punto de vista universal" [5]

Es un cambio de estado que debe efectuarse en las tinieblas, el fin necesario a los condicionamientos del ego, a la ignorancia y la ceguera espiritual que implica, al mismo tiempo, un nuevo comienzo; es el "segundo nacimiento" -en ese momento de manera virtual- que es propiamente una regeneración psíquica, porque es en el orden de las modalidades sutiles del estado humano donde se efectúan las primeras fases del desarrollo iniciático[6]. Esta idea es reafirmada cuando le da a conocer su "verdadero nombre", convirtiéndose así en su madre espiritual. Tanto en algunas órdenes religiosas como en ciertas organizaciones iniciáticas, como una consecuencia lógica del renacimiento, el neófito debe recibir, por parte de su maestro iniciador, un nuevo nombre, diferente de su nombre profano por el que es nombrado según su genealogía terrestre, por corresponder a una modalidad diferente, "y será tanto más "verdadero" cuanto más profundo sea el orden de la modalidad a la que corresponda, puesto que, por eso mismo, expresará algo que estará más próximo a la verdadera esencia del ser." [7]

Este tipo de práctica podemos encontrarla en los ritos de iniciación del Sufismo, como así también en el ingreso a la sodalidad esotérica ismailí. A este respecto, podemos citar un relato de iniciación, datado en una época anterior a la era fatimí, que tiene como posible autor a Mansûr al-Yaman, el primer Dâ'î isailí enviado a Arabia del Sur, titulado simplemente como "El maestro y el discípulo" (Risâlat al-'âlim wa'l-gholâm). [8]
Transcribimos, a continuación, un fragmento del diálogo central (Sh.=el shaykh, D.=el discípulo):

Sh.: Oh joven, has sido honrado con un amigo que ha ido a ti en calidad de Enviado, amado de un mensajero que ha ido a visitarte. ¿Cuál es tu nombre?
D.: 'Obaydallah ibn Abdallah (pequeño siervo de Dios, hijo del siervo de Dios).
Sh.: Ese nombre describe tus cualidades, y ya hemos oído hablar de ellas (es algo sobreentendido).
D.: Soy un hombre libre, hijo del siervo de Dios.
Sh.: ¿Quién te ha liberado de tu condición servil para que te hayas convertido en un hombre libre?
D. (señalando con el dedo al que le ha iniciado): Este sabio.
Sh.: Pero, ¿no ves que él es también un siervo, y no el poseedor? ¿Cómo podría liberarte?
D.: No, en efecto, no puede.
Sh.: Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?
El discípulo busca en vano la respuesta.
Sh.: Oh, joven, ¿cómo podría conocerse algo que no tiene nombre, igual que un recién nacido?
D.: Es de ti de quien he nacido, a ti te corresponde, pues, darme un nombre.
Sh.: Lo haré cuando hayan pasado siete días.
D.: ¿Por qué retrasarlo?
Sh.: En beneficio del recién nacido.
D.: ¿Y si el recién nacido muriera antes de que pasaran esos siete días?
Sh.: No ocurrirá nada, recibirá su nombre una vez hayan transcurrido esos siete días.
D.: El nombre que te dispones a darme, ¿será el mío?
Sh.: Mientras sea tu Dios.
D.: ¿Cómo es posible expresarse así?
Sh.: Tu Nombre es tu Señor, y tú eres su siervo. No te entregues a discusiones vanas. Vete ahora hasta el día fijado. [9]


El nombre profano de este discípulo, ‘Obaydallah ibn Abdallah (pequeño siervo de Dios, hijo del siervo de Dios), describe, como se indica en el relato, sus cualidades, exactamente igual que en Parzival quien, hasta el momento en que se encuentra con su prima, era conocido como "bon fils, cher fils, beau fils", es decir, "buen hijo, querido hijo, bello hijo". Esto también ocurre, aunque con algunas variantes, en la versión de Chretien de Troyes, donde es llamado "bello hijo, buen hermano, buen señor", en alusión a las tres etapas en la vida del hombre. El nombre iniciático, el "verdadero nombre", al ser lo más próximo a su verdadera esencia, aparece como representación del Noûs personal, es el Señor al que deberá servir; el Nombre que será su Dios, o sea, el Deus revelatus que no es percibido en forma colectiva sino que es una individualización divina real que se da para cada uno según su capacidad de visión. Ser investido con este nombre, es despertar gradualmente a la conciencia del profundo significado de la divisa: "Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor".

En cuanto a la etimología del nombre, aún permanece oscura. Se cree que, en el antiguo francés original, Perceval podría estar integrado por los términos percer = atravesar, cruzar, y val = valle, por lo que se podría traducir como "el que penetra en el valle" [10]. El significado atribuido por Wolfram von Eschenbach, "por en medio", admitiendo lo arriesgado de esta especulación, inferimos que tal vez se refiera a aquel que debe penetrar en el mundo intermedio, el Mundo del Alma para, según la fórmula sufí, "espiritualizar su cuerpo y corporalizar el espíritu".

Otro detalle a considerar es que, al darle a conocer su noble linaje, le está recordando su origen celeste; es el llamado incitante por recuperar la verdadera dignidad, como se hace patente en estos conocidos versos del Himno de la Perla:

¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en que has caído!


El segundo encuentro tiene lugar mucho tiempo después. El valiente Parzival consiguió, a base de esfuerzo, un gran renombre en la corte de Arturo saliendo victorioso de incontables batallas. A poco de contraer matrimonio con Condwiramurs, la adorable reina del Belrapeire, decide continuar su camino con el fin de visitar a su madre. Las aventuras y pruebas no dejaron de acompañarlo en su peregrinaje. En su trayecto pasó por primera vez por el castillo del Grial pero no fue capaz de formular la pregunta fatídica a su tío Anfortas, el Rey Pescador. Al salir de allí, volvió a encontrarse con su prima, en una escena más aberrante que la anterior. La melancólica doncella había cortado por completo su cabello, su aspecto había desmejorado notablemente, sus labios perdieron el rebosante color de la juventud y, entre sus brazos, sostenía el cuerpo embalsamado (!) de su querido compañero. Cuando la reconoció, horrorizado, le dijo:

«¡Ay! ¿Dónde ha ido a parar el rojo de tus labios? ¿Eres Sigune, la que me dijo quién era yo realmente? Te has cortado por completo tu largo y rizado cabello castaño. En el bosque de Briziljan te vi entonces muy bella, aunque estabas muy triste. Has perdido el color y las fuerzas. Si tuviera que llevar la compañía que tú llevas, sería demasiado para mí. Tenemos que enterrar a este muerto.» [11]


Siguieron hablando y ella se interesó en saber sobre lo ocurrido en Munsalwäsche y el estado de Anfortas. De este modo, el diálogo continúa:

«Sólo una cosa podría alegrarme: que se librara de su enfermedad mortal a ese hombre desdichado. Si partiste de allí habiéndole ayudado, eres digno de gloria. Llevas ceñida su espada. Si conoces su conjuro, podrás luchar sin temor. Su filo es muy recto. Lo forjó Trebuchet, de noble estirpe. Junto a Karnant hay una fuente, por la cual el rey se llama Lac . La espada resiste entera un golpe, pero al segundo se hace añicos. Si la vuelves a llevar a la fuente, el fluir del agua la recompone de nuevo. Tienes que estar donde brota, debajo de una peña, antes de que la alumbre el día. La fuente se llama Lac. Si no se han perdido los trozos y se los junta, y se mojan en la fuente, las ensambladuras y los filos se recomponen e incluso se endurecen, y los damasquinados no pierden su belleza. La espada necesita además las palabras del conjuro. Me temo que las has dejado allí. Pero si aprendiste a pronunciarlas, siempre crecerá y florecerá en ti la felicidad. Querido primo, créeme, serán tuyas todas las maravillas que encontraste allí. Siempre llevarás con la más alta dignidad la corona de la dicha, alcanzarás la plena perfección en la tierra y nadie será tan rico como para poder vivir con tanta magnificencia, si hiciste la pregunta clave».

Él contestó: «No pregunté»

«¡Ay! Lamento haberos visto aquí», dijo la apesadumbrada muchacha, «pues no habéis preguntado. Aunque visteis tan grandes portentos, no preguntasteis, ni siquiera en presencia del Grial. Y visteis allí a muchas damas sin maldad, como la noble Garschiloye y Repanse de Schoye, y los cuchillos de plata y la lanza ensangrentada. ¡Ay! ¿Qué buscáis a mi lado? ¡Hombre sin honra y maldito! Tenéis los dientes del lobo rabioso. De vuestro amor creció en vuestros primeros años la hiel. Deberíais haberos apiadado de vuestro anfitrión, a quien Dios ha marcado con semejante desgracia, y haberle preguntado por su tormento. Vivís, pero vuestra felicidad ha muerto».

Entonces dijo Parzival: «Querida prima, no os mostréis tan dura conmigo. Si he hecho algo, lo repararé».

«No tenéis nada que reparar», dijo la muchacha, «pues sé bien que en Munsalwäsche habéis perdido la honra y la gloria de caballero. A partir de ahora no oiréis de mí ninguna respuesta». Y así tuvo que marchar Parzival de allí. [12]

Lo que nos interesa destacar, en primer lugar, es la sorprendente correspondencia de la imagen que se presenta a los ojos del héroe con el rito celebrado en Asia menor y en Grecia en los festivales en honor de Adonis. Recordemos brevemente el mito en su versión griega: es un dios eternamente joven dotado de una incomparable belleza, lo que lo hace semejante a Parzival. En su infancia, era tan hermoso que Afrodita, prendada por su beldad, lo encerró en un cofre que entregó a Perséfone, la reina del inframundo, para que lo guardara. Pero cuando ésta abrió el cofre, también quedó encantada por la belleza sobrenatural del niño y se negó a devolverlo. La diosa del amor descendió a los infiernos para rescatar a su amado del poder de la muerte, generando una disputa que sólo pudo ser resuelta por la mediación de Zeus, quien decretó que Adonis habitara una tercera parte del año junto a Perséfone, en el mundo subterráneo, otra junto a Afrodita en el mundo superior y los cuatro meses restantes con quien lo deseara. El joven prefirió compartir con Afrodita la parte del año sobre la que tenía control. Estamos, evidentemente, ante un mito de muerte y resurrección.


Muerte de Adonis, Luca Giordano

En los festivales se lloraba anualmente la muerte del dios con amargas lamentaciones, principalmente entre las mujeres. Sus esculturas o representaciones eran amortajadas como los muertos y llevadas en procesión funeral para ser arrojadas luego al mar o a los manantiales. En Alejandría se celebraba el hieros gamos, el matrimonio sagrado, entre Afrodita y Adonis con sendas imágenes de los dioses tendidas sobre sobre dos lechos, a las que se le entregaban las ofrendas. A la mañana siguiente, las mujeres, ataviadas de duelo, con el pelo suelto y el pecho desnudo llevaban la imagen del dios muerto hasta la orilla del mar y lo encomendaban a las olas. Lloraban amargamente con la esperanza y el anhelo por su regreso. En el santuario fenicio de Astarté, en Biblos, se realizaba una ceremonia similar, acompañada por la música de las flautas, en la que los adoradores, esperando el ascenso triunfante del dios, se afeitaban la cabeza como hacían los egipcios a la muerte del buey Apis, ¡tal como lo hizo Sigune!. Las mujeres que se negaban a sacrificar sus trenzas, como señala James Frazer, "tenían que entregarse a extranjeros en cierto día del festival y dedicar a Astarté la paga de su vergüenza." [13]

Cuando Sigune apercibe a Parzival por la falta cometida, le está abriendo la puerta a los infiernos; lo invita a descender a profundidades abismales para expiar sus culpas. Comienza aquí la etapa más oscura y dolorosa de su vida. Pasará muchos años de penurias y angustias, lejos de su amada, lejos de su tierra, luchando incansablemente, enfrentando múltiples retos en numerosos episodios. En otras palabras, deberá operar el paso del orden psíquico al orden espiritual, lo que constituye una "segunda muerte" y un "tercer nacimiento", que es más bien una resurrección antes que un renacimiento; sus posibilidades ya desarrolladas serán "transformadas" con la adquisición del "cuerpo de resurrección" o "cuerpo de gloria". Es la muerte psíquica que, en un hombre ordinario, es susceptible de producirse después de la muerte corporal, pasando no al orden espiritual sino a otra modalidad de la manifestación individual, pero en el iniciado, en cambio, le permite rebasar las posibilidades del estado humano y alcanzar los estados superiores sin tener que esperar, para eso, la disolución de la apariencia corporal [14].

Estos dos encuentros, en el "Perceval", son resumidos en uno solo, después de su paso por el castillo del Rey Pescador, y es el propio caballero quien descubre, espontáneamente, su verdadero nombre.

El joven, que ignoraba su nombre verdadero, improvisa uno y le dice:

-Me llamo Perceval el Galés -sin darse cuenta de que, en realidad, está diciendo la verdad sin saberlo [15]


Otro punto en el que difiere, pero que no por eso tiene menor valor simbólico, es que el cadáver está decapitado. Tradicionalmente, la decapitación y el desuello representan la liberación del ser encantado de la forma en la que está encerrado, para que la persona real emerja de la piel en la que había estado oculta; como ocurre en el Sacrificio indio, cuyo propósito es sacar de la persona vieja una persona nueva, a saber, la del Sí-mismo real del sacrificador, lo que se compara con la extracción de una flecha de su vaina o una serpiente de su piel. Para Platón, el Sí-mismo inmortal tiene su sede en la cabeza, y el sí mismo mortal en el tronco; igualmente, para el hinduismo, en el Pañcavimsa Brahmana, se dice que "El 'otro sí mismo', sin la cabeza, es el cuerpo"[16]. En ambas versiones del relato se mantiene, claramente, el mismo trasfondo arquetípico.

Años más tarde, vuelven a encontrarse. Esta vez, la duquesa Sigune hace penitencia en una ermita y el cuerpo de Schionatulander ya no es visible puesto que descansa para siempre en un sarcófago. Parzival se lamenta por las tribulaciones acarreadas por el Grial y, entonces, la muchacha lo perdona.

«Primo, no te quiero censurar más. Perdiste la felicidad cuando no tuviste ganas de plantear la pregunta, que te hubiera llenado de honra, y cuando el bondadoso Anfortas fue tu anfitrión y tuvo tu suerte en sus manos. Entonces la pregunta te habría proporcionado la perfecta felicidad. Pero ahora tu dicha se ha esfumado y todo tu orgulloso valor se ha quedado cojo. Tu corazón ha convertido en animal doméstico la preocupación. Si hubieras preguntado, habría permanecido para ti salvaje y ajena».

«He merecido mi desgracia», contestó él. «Querida prima, ayúdame. Piensa que somos parientes. Dime también cómo estás. Lloraría tu dolor si mi aflicción no fuera mucho mayor que la que nunca ha soportado un hombre. Mi sufrimiento es penoso en extremo.»

Ella dijo: «¡Que el que conoce todas las preocupaciones te ayude para que la huella de una pezuña te lleve hasta Munsalwäsche, puesto que me dices que allí está tu felicidad...» [17]


Aún queda un largo tramo por recorrer, las rutas que conducen a Munsalwäsche seguirán ocultándose, por un tiempo, a la mirada de Parzival, algunos importantes combates se sucederán; pero ya no necesita enfrentarse a una imagen de la muerte, de su muerte, porque ha comenzado el camino de ascenso, el retorno hacia la luz en busca de la redención. Se enterará, por boca de su tío Trevrizent, del fallecimiento de su madre, rompiendo, definitivamente, todo vínculo con su ilusoria vida anterior.

Sin amedrentarse en la Gran Guerra Santa, precipitando al abismo su propia tiniebla, logrará finalmente realizar en sí mismo la Gran Resurrección; entrará de nuevo en contacto con el Grial y, esta vez, formulará la pregunta esperada para que la tierra yerma sea totalmente restaurada.


.·.

Para nosotros, los misteriosos senderos que conducen al Castillo permanecen ocultos, pero más cerca de lo que comúnmente se cree, esperando ser nuevamente recorridos. El fuego de estos libros, aún no se ha extinguido; su brillo incandescente nos permitirá seguir, en la oscuridad del bosque, las invisibles huellas de los héroes.

Notas:

[1] René Guénon, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos.
[2] Wolfram von Eschenbach, Parzival.
[3] Ibídem.
[4] Ver Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber.
[5] René Guénon, Apercepciones sobre la iniciación.
[6] Ibídem.
[7] Ibídem.
[8] Ver Henry Corbin, Tiempo cíclico y gnosis ismailí.
[9] Ibíd. Nota 187, pág 194.
[10] Chrétien de Troyes, Perceval, la leyenda del Grial.
[11] Wolfram von Eschenbach, Parzival.
[12] Ibídem.
[13] Sir James George Frazer, La rama dorada. [Recomiendo esta obra sólo a título informativo. En lo que a mí respecta, no comparto, en absoluto, las ideas evolucionistas de este autor.]
[14] Chrétien de Troyes, Perceval, la leyenda del Grial.
[15] Ver René Guénon, Apercepciones sobre la iniciación.
[16] Ver Ananda K. Coomaraswamy, Sir Gawain y el Caballero Verde: Indra y Namuci.
[17] Wolfram von Eschenbach, Parzival.

viernes, 16 de octubre de 2009

Sobre la necesidad de la experiencia sensible

Robert Fludd, Utriusque Cosmi, Maioris scilicet et Minoris, metaphysica, physica, atque technica Historia

Mientras intento redactar algo nuevo, dejo aquí un interesante fragmento del cusano que nos habla de la importancia del cuerpo y de la experiencia sensible como punto de apoyo necesario para la excitación del alma que propiciará el ascenso, de grada en grada, por la escala del conocimiento:
"Sin lugar a duda nuestra mente ha sido puesta en este cuerpo por Dios para su beneficio. Por lo tanto, es conveniente que ella tenga de Dios todo aquello sin lo cual no puede obtener beneficio.

Por tanto, no ha de creerse que para el alma hayan sido concreadas las nociones, las cuales perdió en el cuerpo, sino que tiene necesidad del cuerpo para que la fuerza concreada llegue hasta el acto. Así como la fuerza visual del alma no puede llegar hasta su operación para que vea en acto si no es excitada por el objeto, y no puede ser excitada sino a través del obstáculo de las multiplicadas especies por medio del órgano, y por ello necesita del ojo. De la misma manera, la fuerza de la mente que es la fuerza comprehensiva de las cosas y la fuerza nocional no puede llegar a sus operaciones si no es excitada por lo sensible; pero no puede ser excitada sino por la mediación de los fantasmas sensibles. Por lo tanto, necesita de un tal cuerpo orgánico sin el cual no podría realizarse la excitación."
Nicolás de Cusa, Un ignorante discurre acerca de la mente (Idiota. De mente), edición bilingüe. Ed. Biblos, 1ª ed, Buenos Aires, 2005.

domingo, 4 de octubre de 2009

Caída


Juicio Final (detalle), Giotto di Bondone, 1306.

"Nada te precipita tanto en el abismo infernal
como la odiada palabra (¡fíjate bien!): mío y tuyo"


Angelus Silesius