"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



lunes, 29 de junio de 2009

Sobre el vínculo de las imágenes



Quienquiera que logre abstraerse, al menos por un momento, de la abrumadora banalidad que sostiene el estilo de vida eminentemente profano, insustancial y mutable, al que corrientemente somos impulsados, no podrá negar el enorme poder que las imágenes ejercen sobre la mente de las personas manipulando vilmente las voluntades y condicionando seriamente la percepción de las cosas, acentuando aún más la solidificación materialista propia de estos tiempos. Donde sea que nos encontremos, esas aberrantes creaciones de los medios masivos de comunicación nos llegan desde todas las direcciones, atacando muchas veces de forma prácticamente imperceptible como una especie de magia que bien podríamos calificar de satánica puesto que apunta fundamentalmente -en una completa inversión de valores- a posibilidades individuales de orden inferior que encadenan al hombre por medio de fantasías e ilusiones que no hacen sino convertirlo en un animal consumista, servidor de un mundo que acaba por volverse en su contra al mostrar una faz hostil y monstruosa. Esta ciencia tradicional desviada completamente de los principios metafísicos que debieran sustentarla -y sin los cuales no es más que unas perversa parodia- es la base de los complejos artilugios empleados a lo largo de la historia para la dominación de las masas.

Cuan diferente es todo esto a la meditación y contemplación en aquellas imágenes tradicionales que resuenan con un eco especial dejando una huella indeleble en el alma que, como un recuerdo cualitativamente intensificado, nos permiten reconocer nuestra parte olvidada penetrando en lo invisible y eterno, haciendo que el mundo, esencialmente simbólico, nos revele su verdadero rostro.

Las imágenes también permiten atraer, por la confección de determinados sellos y talismanes, el influjo de las potencias celestes o bien, servir análogamente como herramienta y principal soporte para el Arte de la Memoria, técnica que propone la conversión de la mente humana en un receptáculo, asimilándola con el espejo de la naturaleza universal. "Es imposible pensar sin imágenes", afirmaba Aristóteles; las posibilidades de éstas son indefinidas porque indefinidas son las posibilidades del alma: una simple bestia o un ser divino, el hombre puede serlo todo o colocarse incluso por encima de todas las cosas, pues ha recibido, como diría Pico della Mirándola, "simientes de toda especie y gérmenes de toda vida. Y según como cada hombre los haya cultivado, madurarán en él y le darán sus frutos."


Giordano Bruno en sus tratados sobre Magia nos habla de los vínculos que son creados con las fuerzas que derivan de los torsos demoníacos (o daimónicos) de las cosas, algunos de los cuales pueden penetrar directamente y en forma sutil en los individuos a través de los sentidos, tal es el caso de los vínculos por la vista cuyas consideraciones son transcriptas a continuación.

Ciertamente, no carece de heroísmo la postura del mago quien, además de conocer y dar nombre a los demonios, deberá tener un profundo conocimiento de los vínculos capaces de plegar el universo en haces de conjunciones copulativas, en sus diferentes niveles, a fin de no dejarse arrastrar por ellos y obrar con eficacia utilizándolos en su favor para religar el mundo inferior con el divino por la mediación de su arte.



También por la vista se vincula el espíritu, como ya ha sido señalado por todas partes, siempre que las formas comparezcan ante los ojos de una u otra manera. De aquí que las fascinaciones activas y pasivas nazcan de los ojos y por los ojos entren; de ahí aquello [del poeta]: "No sé quién fascina con sus ojos a mis tiernos corderos" [1]
Asimismo la especie de lo hermoso hace saltar el afecto del amor; [la especie] de lo contrario [hace saltar] del odio y la abominación. Y a través de las afecciones del alma y del espíritu algo se infunde en el propio cuerpo, que se halla bajo el gobernalle del alma y la dirección del espíritu. Hay también otras especies de afectos que entran por los ojos y al punto afectan de alguna manera al propio cuerpo; así, pues, algunos rostros tristes -como siendo las causas manifiestas- nos llevan a la tristeza, a la compasión, al pesar.
Hay otros que introducen por los ojos en el alma y en el cuerpo las peores impresiones, pero no conmueven por aquellas cosas que podríamos pensar, sino que lo hacen, y muy eficazmente, por la variedad del espíritu y el alma; ya que, aunque una sola alma hay en todo el cuerpo, y todos los miembros sirvan a una solamente, sin embargo, por ser un espíritu entero el que vivifica al todo, al alma entera y a las partes del todo, por eso la razón de muchas afecciones espirituales hay que referirlas a algo diferente que en nosotros conoce y vive, al cual le afectan y perturban cosas que a a nosotros mínimamente nos afectan y perturban. Y a veces nos alcanzan y dañan más perjudicialmente cosas cuyos golpes no sentimos que [otras cosas] cuyos golpes sentimos; así mismo [a veces] la visión de muchas cosas y la introducción de especies a través de los ojos no producen sensación perturbadora en las potencias sensitivas externas y abiertas, pero llegan a afectar incluso letalmente cuando entran más profundamente, habiendo de referir su sentido inmediato al espíritu interno como si [se tratase de] otro sentido y animal. Por ende no nos opondremos con ligereza a algunos platónicos y a todos los pitagóricos, que asignan a un solo hombre muchos animales como por sí mismos vivientes[2]; muriéndose a veces uno o el primero de ellos, los otros [empero] por largo tiempo sobreviven.
Por eso es patente la estupidez de quienes juzgan que solamente nos dañan y afectan las especies visibles de aquellas coass que a las claras perturban el sentido y el ánimo; piensan de manera semejante a alguien que creyese que sólo le dañan los golpes que siente o que siente más, pese a que, sin embargo, hayamos experimentado que la punzada de una aguja o de una espina que pellizca la piel inflige más molestias y dolores que una espada que nos atravesase de parte a parte, cuyos efectos más graves sentimos más tarde, no teniendo sin embargo sensación de la lesión en el momento en que penetraba las partes del cuerpo. Así, en verdad, muchas cosas entran furtivamente por los ojos y cautivan los espíritus para ruina del alma, aun cuando no sean más que objetos ligeros los que introduzcan la perturbación. Así la visión de ciertos gestos, afectos o movimientos nos impulsa a llorar; para algunos el espectáculo del derramamiento de sangre ajena o la incisión de un cadáver les provoca un desvanecimiento. La causa de esto no es ninguna otra más que la afección que vincula por medio de los ojos.

[1] Cfr. Virgilio, Égloga, III, v 103.
[2] Bruno, junto con los pitagóricos y con algunos platónicos, propone una concepción del hombre como dónde. La real especulación del hombre es precisamente su convertibilidad a todo, su ser el punto de encuentro de las fuerzas del universo. El hombre pasa así a ser la diversión de su rostro. Todos los rostros, todas las máscaras están en él; sólo falta que las actualice.

Giordano Bruno, Mundo, Magia, Memoria. Edición de Ignacio Gómez de Liaño. Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1997.