"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



sábado, 7 de marzo de 2009

Parzival y el recuerdo de su amada.

Parzival . Manuscrito de Munich, S.XIII

Para la encantadora musa que me mostró las huellas de aquel mundo
en el que lo imposible de describir,
se cumple realmente...


"El hombre y la mujer forman una inseparable unidad, como el sol que hoy ha brillado y eso que llamamos día. No se puede separar lo uno de lo otro: florecen a partir de la misma semilla." (Wolfram von Eschenbach)


Quien esté familiarizado con los relatos artúricos, particularmente aquellos que están relacionados con la gesta del Grial, -aunque lo mismo podría decirse, en este caso, para la gran mayoría de los poemas medievales y las numerosas composiciones trovadorescas de las que se tiene algún registro- seguramente habrá notado que los mismos están revestidos por una erótica misteriosa y se habrá maravillado por el fuerte vínculo, el estrecho lazo afectivo, que une al heroico caballero con su adorable amada, ya sea que se trate de una joven e inexperta doncella, de una princesa desprotegida o de la mismísima esposa del rey, por la cual está dispuesto a luchar hasta las últimas consecuencias, sortear tormentosas pruebas, mancillar su honor y aniquilar su prestigio, o entregar valientemente la vida en una cruenta batalla.

Para comprender cabalmente la profundidad de lo que aquí se trata, será menester sumergirnos en las enseñanzas espirituales de la tradición de Oriente Medio, donde encontraremos los indicios que nos permitan vislumbrar el alcance de estas proezas de amor.
El caballero que jura solemne lealtad a su compañera accede así a una suerte de iniciación espiritual que inviste a la belleza humana de un sentido sagrado, como manifestación divina, como teofanía por excelencia. Henry Corbin explica que "para un «fiel de amor» como Rûzbehân de Shîrâz, todo rostro de belleza es un testigo teofánico, porque es el espejo sin el cual el Ser divino se mantendría como Deus absconditus" [1]. El amor humano es la iniciación a la tri-unidad del misterio divino, vale decir la identificación preeterna del Ser Divino como amor, amante y amado, porque el tawhid esotérico es enunciado en los mismo términos que expresan la sublimación, la suprema perfección de este amor. En otras palabras, por tratarse de un amor que, en esencia es el mismo, la experiencia del amor humano, con sus tribulaciones y exultaciones, puede conducir a la realización del drama del amor divino, a la revelación de Dios a sí mismo en el amor. El propio Rûzbehân sentenciará:
"Por tratarse de un solo y mismo amor, es en el libro del amor humano donde hay que aprender a leer la regla del amor divino" [2]

La joven, amada con un amor celestial, se identifica, por una relación epifánica, con el guía personal en el mundo suprasensible, ella provoca el síntoma visible, a los ojos de los sentidos suprasensibles, de la presencia del «testigo en el cielo» (shâhid) [3].
Para ilustrar con más claridad este último concepto, nada mejor que citar las palabras de Najm Kobrâ:

«Estando en Egipto en una aldea ribereña del Nilo, me enamoré apasionadamente de una joven. Pasé varios días sin tomar alimento ni bebida, de modo que la llama de amor adquirió en mí una intensidad extraordinaria. Mi aliento exhalaba llamas de fuego. Y cada vez que exhalaba ese fuego, desde lo alto del cielo se exhalaba igualmente un fuego que venía al encuentro de mi propio aliento. Los dos resplandores se unían entre el cielo y yo. Durante largo tiempo no supe quién estaba allí donde los dos resplandores se unían. Finalmente comprendí que era mi testigo en el cielo» [4]

La mujer, iniciadora y compañera espiritual, a la que el caballero entrega humilde y devotamente su vida, es vista ahora como una imagen consagrada del Ángel personal, es Sophia, su Daena, la "imagen a semejanza del Alma", el "alter ego" celeste. El vínculo que une a ambos, más allá de las distancias, trascendiendo toda adversidad y contingencia, abrirá providencialmente las puertas a los misterios del Amor Divino.

Volviendo a los relatos artúricos, los ejemplos más notables y relevantes quizá sean la relación amorosa, pura y leal entre Parzival y Condwirarmus [5] (Blacheflor en la versión de Chretien de Troyes) y el romance prohibido de Sir Lancelot y la reina Ginebra (o Genoveva), esposa del sabio y equitativo Arturo.

En lo que respecta a Lancelot, sin detenernos demasiado aquí para no desviarnos del tema central, recordemos que en "El caballero de la carreta", éste perderá su honor y sus derechos legales al ser acarreado por las calles, puesto que la carreta en aquellas épocas era una especie de cadalso que cubría de deshonra a quien se subiese en ella -como todo castigo tradicional está basado en una analogía cósmica siendo, por lo tanto, un aspecto invertido del carro de fuego- y deberá arriesgar dramáticamente su vida al cruzar el «puente de la espada» que no es sino el «Bergantín del Terror» o la «vía del filo de la espada» del folklore occidental y de la escritura oriental, para lograr así el rescate de Ginebra que está prisionera en el castillo de Baudemagus, más allá del río. Considerando su elevado contenido simbólico, es evidente que éstas son algunas de las ordalías iniciáticas que el héroe deberá enfrentar en su épica empresa para la liberación del alma [6].

Una consideración especial merece el caso de Sir Gawan (Gawain o Galván), el modelo ejemplar de la caballería artúrica, superado siempre por el protagonista de la gesta. El malogrado caballero no puede cruzar el «Puente bajo el agua», se duerme en el templo del Grial y no capta de él más que una imagen aproximada. A menudo humilla a las mujeres, considerándolas como un absoluto hostil, radicalmente separadas del hombre, y como presas con las que sólo se puede simpatizar en el placer carnal [7]. Por su carácter libertino y lujurioso no logrará «ligarse», más que en tono de broma, con una niña de 7 años con la que no podrá efectuar la unión espiritual, la hierogamia, la identificación del amante y la amada. Sin embargo, la pequeña Obilot, que desde un primer momento mostró una madurez inusitada para su corta edad, parecía conocer perfectamente las «reglas de juego» y, con gran solemnidad advierte al guerrero:
"Sois en realidad yo misma. Sólo los nombres se separan. Ahora debéis llevar mi nombre. Seréis entonces una muchacha y un hombre."

Ocupémonos ahora de Parzival, el joven ignorante, apartado del mundo durante gran parte de su vida, pero asimismo poderoso e invencible, destinado a convertirse en el héroe por antonomasia de la gesta del Grial. Se elevará, desde su estado rústico y torpe hasta desarrollar las más altas virtudes caballerescas, nutrido siempre por la fuerza del amor.
Las primeras lecciones realmente valiosas las recibió de manos Gurnemanz de Graharz, un viejo y experimentado caballero que le enseñó todo lo que un buen hombre de armas debería saber. En cuanto al amor, el perspicaz maestro aconsejó:
"El hombre y la mujer forman una inseparable unidad, como el sol que hoy ha brillado y eso que llamamos día. No se puede separar lo uno de lo otro: florecen a partir de la misma semilla. Tenedlo bien presente"

Sus hazañas amorosas comienzan con un acto heroico y significativo; la abstención de unirse sexualmente a la bella Condwiramus cuando ésta se le ofrecía desnuda compartiendo su lecho. Es una prueba en la que el amor debe permanecer puro, en circunstancias peligrosas «provocadas», pudiendo utilizar la energía de ese deseo para fines más elevados [8]. La unión sexual se producirá de todos modos más adelante, luego de su boda; pues ella estaba encinta en el momento de la despedida.

Los episodios en los que evocará el poder del amor son múltiples, como ocurre en la colosal contienda con su medio-hermano, Feirefiz. Ambos parecían recuperar sus fuerzas al gritar con fuerza el nombre del país en el que vivían sus esposas. Al verse en peligro por la destreza descomunal de su adversario, Parzival comienza a gritar «¡Pelrapeire!», contrarrestando el «¡Tabronit!» de su rival.

Pero, sin lugar a dudas, la proeza más conmovedora ocurre en una de las escenas más hermosas y memorables de todo el relato.

El rey Arturo cabalgó junto a sus nobles durante ocho días para buscar a Parzival, también conocido como el «Caballero Rojo», en virtud de la armadura que tomó luego de derrotar al rey Ither lanzando un venablo. Las intenciones del rey no eran otras que las de invitar al joven a que se uniera como un nuevo miembro de la Tabla Redonda. Parzival pasó la noche en el bosque, protegiéndose del frío de una desconcertante nevada en el mes de mayo. Por la mañana, el camino había desaparecido bajo la nieve. Un halcón perdido del rey cayó volando sobre una bandada de gansos en una violenta embestida y golpeó a uno, que a duras penas escapó. Entonces, ocurrió algo maravilloso y estremecedor…

Esto fue narrado en primer lugar por Chretien de Troyes en su «Contes du Graal» y adaptado luego por la prodigiosa pluma de Wolfram von Eschenbach en el libro sexto de su Parzival, de cuyo texto extraemos los fragmentos que compartimos a continuación.

El rey Segreamors que formaba parte de la comitiva de Arturo advierte a un extraño de aspecto amenazante esperando, silencioso, en el bosque y, tras largas súplicas, consigue el permiso para acercarse.
“El ganso sintió dolor por no poder volver a volar alto, y de su herida cayeron sobre la nieve tres gotas rojas de sangre, que apenaron a Parzival. Se debía a su fidelidad amorosa. Cuando vio las gotas de sangre sobre la blanquísima nieve, pensó: «¿ Quién aplicó su arte a este hermoso color? Condwiramurs, en verdad este color se puede comparar a ti. Dios quiere acrecentar mi felicidad, pues he encontrado aquí algo que se te asemeja. Bendita sea la mano de Dios y todas sus criaturas. Condwiramurs, aquí está tu imagen. Al igual que la nieve ofreció el blanco a la sangre, así sucede, Condwiramurs, con tu bello cuerpo: no puedo apartarme de él». Los ojos del héroe reprodujeron lo que tenía delante: dos gotas en las mejillas y la tercera en la barbilla de la amada. Sentía por ella verdadero amor, sin engaños. Se sumió en sus pensamientos hasta olvidarse de lo que tenía a su alrededor. El poderoso amor lo tenía cautivado. Esta nostalgia se debía a su mujer. Los colores se parecían mucho a la reina de Pelrapeire, que le había robado el sentido. Se mantenía en el caballo como si estuviera dormido.”
[…]
“El rey Segramors partió y atravesó al galope el Bosque Joven, saltando su caballo por encima de altos matorrales. […] Así cabalgó el fogoso héroe hacia el que estaba en manos del amor. Pero no dio golpes ni tajos antes de anunciarle el duelo.”
“Parzival seguía parado en el mismo lugar, ausente, por causa de las gotas de sangre y por el todopoderoso amor, que también a mí me quita a menudo el sentido y me excita sobremanera el corazón.”
[…]
“Segramors dijo: «Señor, parece como si os alegrarais de que aquí esté acampado un rey con los suyos. Si no os importa un bledo, tendréis que cambiar o perderé mi vida. Habéis venido demasiado cerca buscando pelea. Pero, por mi cortesía, os ofrezco que os entreguéis a mí, pues, de lo contrario, os haré pagarlo y vuestra caída removerá la nieve. Mejor es que os entreguéis antes con honor».
A pesar de la amenaza, Parzival permaneció en silencio: doña Amor lo tenía apesadumbrado. Entonces el valiente Segramors dio la vuelta a su caballo y empezó el duelo. También se volvió el caballo castellano que montaba el hermoso y ensimismado Parzival, de modo que dejó de ver la sangre. Apartó su mirada de allí y, con ello, aumentó su gloria. Cuando dejó de ver las gotas, doña Razón le hizo volver en sí. El rey Segramors ya se acercaba. Parzival bajó la lanza de Troyes, fuerte, elástica y artísticamente pintada, que había encontrado delante de la ermita. Una lanzada atravesó su escudo, pero contestó con otra tan certera que el noble héroe Segramors voló de la silla, quedando la lanza entera y aprendió lo que significa caer. Parzival volvió sin hacer preguntas a donde estaban las gotas de sangre. Cuando sus ojos las encontraron, doña Amor lo ató en sus ligaduras. No dijo una sola palabra y quedó en trance.” […]
“Keye, el valiente caballero, informó enseguida al rey de que Segramors había sido derribado del caballo de una lanzada y que fuera esperaba un fornido muchacho que seguía ansiando combatir. «Señor», le dijo, «me dolería siempre si partiera de aquí sin castigo. Si me tenéis en algo, dejadme preguntarle qué pretende al esperar allí con la lanza levantada, delante de vuestra esposa. Si no se lo prohibís, no permaneceré más a vuestro servicio, pues eso deshonra a la Tabla Redonda. Se pavonea a costa de nuestra gloría. Dadme permiso para combatir. Aunque estuviéramos todos ciegos o sordos, deberíais impedírselo. ¡Ya es hora!».
El rey Arturo permitió a Keye luchar. Armaron al senescal, que quería gastar un bosque de lanzas en su duelo con ese extranjero. Éste llevaba sobre sus espaldas el gran peso del amor, debido a la nieve y la sangre. Sería pecado hacerle algo más. Tampoco conseguiría ninguna gloria el amor que izara sobre él la bandera de su poder.”
[…]
“Lleno de fuerza y armado como un caballero, salió Keye ansiando luchar. Creo que el hijo de Gahmuret le concederá el combate. Dondequiera que haya damas conquistadoras, deséenle suerte, pues una mujer fue culpable de que el amor le robara los sentidos. Keye dijo al galés antes de comenzar el duelo: «Señor, habéis ofendido al rey. Si me seguís, y os lo aconsejo, pues es lo mejor para vos, poneos vos mismo la correa de un perro braco y dejad que os lleve ante él. No podéis huir de mí, os llevaré allí como vencido y no os recibirán amistosamente».
La fuerza del amor obligó al galés a guardar silencio. Keye levantó su lanza y le golpeó la cabeza con tal fuerza que el yelmo retumbó. Entonces le dijo: «¡Despierta! Dormirás aquí sin sábanas. Si mi mano no me falla, te tumbaré en la nieve. La acémila que lleva el saco del molino se arrepentiría de su indolencia si se la moliera así a palos».”
[…]
“Keye, al golpearle con fuerza, le hizo girar su caballo, hasta que el galés dejó de ver su agridulce infortunio, la imagen que se parecía a su esposa, la reina de Pelrapeire: me refiero a la nieve en contraste con la sangre. Como antes, llegó entonces doña Razón, que le devolvió el sentido. Keye lanzó su caballo al galope buscando el combate. Cuando iban a la carrera, bajaron las lanzas. Keye atravesó con la suya el escudo del galés y abrió un agujero que, a sus ojos, era como una ventana. Pero este golpe recibió su respuesta. A Keye, el senescal del rey Arturo, el golpe de su rival le hizo caer sobre el tronco al que había huido el ganso, de modo que el caballo y el jinete sufrieron gran daño: el hombre quedó herido y el caballo muerto. Entre el arzón y una piedra, Keye se rompió al caer el brazo derecho y la pierna izquierda. Por el golpe quedaron destrozadas la cincha, la silla y las campanillas. Así se resarció Parzival de dos castigos: el que recibió la muchacha del senescal y la lanzada que él mismo había recibido. Al noble Parzival le llevó de nuevo su fidelidad amorosa a las tres gotas de sangre en la nieve, que le volvieron a poner en trance. Su pensamiento en el Grial y las manchas que se asemejaban a la reina le apesadumbraban sobremanera, aunque predominaba el peso, como de plomo, del amor. El amor y la tristeza del amor destrozan incluso los más perspicaces sentidos. ¿Es la felicidad? Las dos cosas son, más bien, un tormento.”
[…]
“…Don Gawan salió de la tienda y mandó traer enseguida su caballo. El héroe de noble linaje montó sobre él sin espada y sin espuelas y se dirigió hacia el galés, que de nuevo había perdido el entendimiento por causa del amor. Tres duelos habían atravesado su escudo, al que habían apuntado los héroes, y Orilo lo había cortado con su espada. Gawan cabalgó hacia él, sin galopar ni atacar. Quería ver pacíficamente quién había causado el combate. Saludó a Parzival, que no le contestó. Tenía que ser así: doña Amor evidenciaba su poder en el hijo de Herzeloyde. La herencia de sus padres le privó de los sentidos, el dolor del amor, herencia de la estirpe del padre y de la madre. El galés no se dio cuenta de lo que Gawan, mi señor, le manifestaba con sus palabras. Entonces dijo el hijo del rey Lot: «Señor, buscáis la lucha, pues no contestáis a mi saludo. No tengo miedo en absoluto de preguntaros de otra manera. Habéis deshonrado al propio rey y a sus seguidores y parientes, y nos habéis llenado de oprobio. Sin embargo, haré que el rey perdone vuestra culpa. Si queréis seguir mi consejo, acompañadme ante él».
El hijo del rey Gahmuret hizo oídos sordos a las amenazas y a las súplicas. La mayor gloria de la Tabla Redonda conocía bien estas penas. Las había sentido dolorosamente en su propio ser: había atravesado su mano con un cuchillo, porque la fuerza del amor y la compañía de una noble dama le habían obligado a ello . Lo libró de la muerte la reina cuando el valiente Lähelin lo venció por completo en un magnífico duelo singular. La tierna, dulce y hermosa dama, la reina Inguse de Bachtarliez, que lo amaba, ofreció su cabeza como prenda. Gawan, mi señor, pensó entonces: «¿No habrá doblegado el amor a este hombre como me doblegó a mí y, al amar, el amor ha vencido a todos sus pensamientos?». Observó la mirada del galés, adonde se dirigían sus ojos. Sobre las manchas de sangre arrojó una capa de seda de Siria forrada de amarillo cendal.
Cuando la capa cubrió las manchas y Parzival ya no las vio, la reina de Pelrapeire le devolvió los sentidos, aunque su corazón seguía estando con ella. Oíd, por favor, sus palabras: «¡Ay, señora y esposa!», exclamó, «¿quién te ha arrebatado de mí? ¿Conseguí luchando como un caballero tu noble amor, la corona y el país? ¿Soy yo el que te liberó de Clámide? Oí muchos lamentos y llantos de los valientes que debían ayudarte. La niebla que hay ante mis ojos te ha llevado de mi lado en pleno día, y no sé cómo». Y siguió diciendo: «¡Ay! ¿Dónde está mi lanza, que había traído aquí?».
Don Gawan contestó: «Señor, se rompió en la justa».
«¿Contra quién?», preguntó el noble héroe. «Vos no lleváis aquí escudo ni espada. ¿Cómo os he podido vencer?"

Parzival, completamente extasiado por la contemplación de tres gotas de sangre que se convierten en una visión epifánica de su amada, deja de ver el mundo con los de la carne y comienza a percibir todo con los «ojos de fuego», con el órgano de conocimiento del alma y el fruto de la propia hierurgia; el cuerpo transfigurado de la resurrección.
Por el recuerdo amoroso de Condwirarmus consigue unirse parcialmente a su Ángel, la experiencia del amor humano lo lleva a descubrir el secreto divino. Los contrincantes parecen incapaces de dañarlo, ni siquiera consiguen perturbar su concentración. Quizá nadie pueda vencerlo en ese estado, él ya no pertenece por completo a este mundo, está liberado, está en un nivel cualitativamente superior, es un epoptai que alcanza su iniciación espiritual penetrando en la tierra sutil. El caballero se contempla a sí mismo, el alumbrador se identifica con el alumbrado, amante y amada son uno, constituyen una «inseparable unidad». Como Meister Eckhart comenta en uno de sus célebres sermones:
"Mi ojo y el ojo de Dios son un solo y único ojo, una sóla y la misma visión, un sólo y el mismo conocimiento, un sólo y un mismo amor." [9]

Cuando es despojado de su visión, sólo queda la amarga tristeza de la separación
«¡Ay, señora y esposa!»; «¿quién te ha arrebatado de mí? ¿Conseguí luchando como un caballero tu noble amor, la corona y el país? ¿Soy yo el que te liberó de Clámide? Oí muchos lamentos y llantos de los valientes que debían ayudarte. La niebla que hay ante mis ojos te ha llevado de mi lado en pleno día, y no sé cómo».

El personaje es presa del tormento desgarrador de la ausencia, de lo eternamente más allá degustado en el encuentro [10], es invadido por la nostalgia de la unión y la melancolía abyecta de saberse separado.


Parzival es el último héroe adepto del Amor, que comprende al amor humano como un soporte para alcanzar lo divino. Posteriormente, bajo la influencia de la Iglesia y con la inclusión de la «Demanda» cistersiense, el protagonista principal será Galahad, un asceta puramente cristiano. No obstante, a partir de aquí, en los poemas alemanes del siglo XIV, el Grial se pone como una especie de oráculo al servicio de María [11], la Santa Madre, el «cuerpo» de Dios, la Tierra Celeste. Es la Dama, la Señora venerada por los Templarios, Guardianes de Tierra Santa y, según cuenta Wolfram von Eschenbach, protectores del Grial.

Todo lo dicho hasta aquí, como ya se ha mencionado en otra ocasión, no pretende agotar las posibilidades de los símbolos que, por su propia naturaleza, son indefinidas ni mucho menos las múltiples interpretaciones que pueden desprenderse de estos enriquecedores relatos tradicionales.

Notas:
[1] Henry Corbin, El Hombre de Luz en el sufismo iranio
[2] Citado por Henry Corbin en El Imam oculto
[3] Ver Henry Corbin, El Hombre de Luz...
[4] Ibídem.
[5] Una posible interpretación de este nombre es "la que conduce al Amor"
[6] Ver A. K. Coomarasawamy, Apuntes para una crítica tradicional
[7] Wolfram von Eschenbach, Parzival. Epílogo, René Nelli.
[8] Ibídem
[9] Meister Eckhart, Tratados y sermones.
[10] Henry Corbin, El Imam oculto.
[11] Wolfram von Eschenbach, Parzival. Epílogo, René Nelli.