"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



miércoles, 23 de diciembre de 2009

Natividad

"Celebramos aquí en esta vida temporal el nacimiento eterno que Dios Padre ha realizado y realiza aun sin interrupción en la 'eternidad' y que este mismo nacimiento se ha producido también en el tiempo, en la naturaleza humana. Este nacimiento se produce siempre, dice San Agustín. Pero cuando no se produce 'en mí', ¿qué me importa? ¡Que, por el contrario se produzca en mi, es toda la cuestión!"

Meister Eckhart


"El Verbo se ha abierto a sí mismo por todas partes, en la luz de la vida de cada hombre; y lo que se necesita es solamente esto, que el alma-espíritu practique renunciamiento en pro de aquello. En esa alma-espíritu nace Dios."

Jacob Böehme

"I, 061: Dios debe nacer en ti.

Si Cristo naciere mil veces en Belén,
y no en ti, seguirás perdido eternamente."


"I, 101: Cristo.

¡Oíd el milagro! Cristo es el cordero y también el pastor,
cuando Dios nace hombre en mi alma."


"I, 201: ¿Por qué nace Dios?

¡Oh misterio inconcebible! Dios se perdió Él mismo,
por eso quiere renacer en mí."

Angelus Silesius

.·.

Que el mundo se transfigure ante nuestros ojos

para que el Ángel de la Humanidad anuncie en nosotros
el siempre anhelado nacimiento del Niño de Luz.

¡Feliz Navidad para todos!


Giotto di Bondone, Adoración de los Reyes Magos, 1304.

martes, 10 de noviembre de 2009

El utilitarismo y la decadencia del conocimiento

"...ahora que nos hallamos en la escoria de las ciencias, que han engendrado la escoria de las opiniones, causa a su vez de la escoria de costumbres y acciones, podemos ciertamente esperar un retorno a tiempos mejores"
Giordano Bruno





René Guénon advertía que es a fines de la Edad Media cuando se produce en Occidente la ruptura de los vínculos que lo unían al Centro del Mundo, siendo el Renacimiento la consumación de la decadencia del espíritu tradicional en el dominio de las ciencias y de las artes.

Pero también es cierto, como dijimos anteriormente, que la Tradición Unánime no puede morir ni volverse completamente inaccesible y que siempre podrá encontrar vehículos por medio de los cuales manifestarse. Es así como los representantes de la elite intelectual de la época, de filiación eminentemente hermética, encargados de preservar y, al mismo tiempo, vivificar el legado tradicional, tuvieron que hacer frente a un ambiente de supina mediocridad.

En 1486, el joven Giovanni Pico della Mirandola, al publicar sus novecientas tesis, denunciaba, frente a los doctores de la Iglesia, el utilitarismo pedante en el que estaba cayendo la propia filosofía. Hoy, lejos de perder vigencia, tales palabras pueden aplicarse con justeza a todas las ramas del saber humano. Parece ser que el espíritu académico, en todos los ámbitos, no puede concebir ningún tipo de esfuerzo intelectual que no tenga como fin último la obtención de algún benificio de índole material. En tales condiciones, es evidente que ninguna disciplina artística o científica podría servir como soporte para la realización espiritual; todo pertenece a la profanidad, a lo mundano, porque se ha perdido completamente el punto de vista axial. Pero, de lo que se trata, al fin y al cabo, es de un modo de comprender las cosas que define nuestro modo de ser y nuestra posición en el cosmos, porque la verdad es que no existe en realidad un «dominio profano», que se opondría de una cierta manera al «dominio sagrado»; existe solo un «punto de vista profano», que no es propiamente nada más que el punto de vista de la ignorancia.[1]

Nunca estará de más recordar estas palabras del bello y siempre inspirador "Discurso sobre la dignidad del hombre":

¿Acaso no vale nada el investigar y el tener siempre ante la mente los problemas de las causas, de los procesos de la naturaleza, de la razón del universo, de las leyes divinas, de los misterios de los cielos y de la Tierra? ¿O debemos obtener de ello una utilidad o una ganancia? Hemos llegado a tal punto (¡y bien horroroso!) que sólo se considera sabios a aquellos que hacen del estudio de la sabiduría una fuente de ganancia, de modo que se puede ver a la púdica Palas, residente entre los hombres por don divino, expulsada, ridiculizada y vilipendiada. No hay por lo tanto quien la ame, quien la acompañe, si no es con un contrato de prostitución y de otorgar ganacia con su violada virginidad y, luego de recibirlo, depositar en el cofre del rufián ese mal habido dinero.

Esto lo declaro, y por cierto con un gran dolor y profunda indignación, no ya contra los príncipes, sino contra los filósofos de estos tiempos. Ellos creen y predican que no se debe filosofar porque no se han establecido premios y recompensas para los filósofos; ¡como si con esta afirmación no mostraran no ser filósofos! Toda su vida, en efecto, al estar ésta puesta al servicio del lucro y de la ambición, no abrazan el conocimiento de la verdad por sí misma.

Se me deberá conceder al menos, y no enrojeceré al ser elogiado por ello, que nunca he filosofado sino por el amor a la pura filosofía. Tampoco he esperado ni he buscado nunca en mis estudios y en mis meditaciones ninguna gratitud ni ningún fruto que no fuese la formación de mi alma y el conocimiento de la verdad, por mí el objetivo supremo.

Amante insobornable y apasionado de la verdad, he dejado toda preocupación por los asuntos privados y públicos, para dedicarme por entero a la paz contemplativa. De ésta ni las calumnias de los envidiosos ni los dardos malignos de los enemigos han podido hasta aquí ni podrán nunca apartarme. La filosofía me ha enseñado a depender de mi sola conciencia por sobre los juicios de los otros y al mismo tiempo a estar atento no a lo que dicen en mi contra, sino a no hacer o decir algo malo yo mismo. [2]



Notas:
[1] René Guénon, Crisis del mundo moderno.
[2] Pico della Mirandola, Discurso sobre la dignidad del hombre, ed. Logseller, 1ra ed., Buenos Aires, 2003.

domingo, 18 de octubre de 2009

Sigune y la iniciación de Parzival.


"Cuando estás muerto, y Dios se ha hecho tu vida,
sólo entonces entras en el orden de los altos dioses."
Angelus Silesius

Los relatos tradicionales nos abren las puertas a ese otro lugar cuya ubicación escapa a la cartografía terrestre porque, imperceptible para los sentidos externos, pertenece a un grado de realidad más elevado, más sutil; un lugar donde se cumplen milagros y maravillas indescriptibles, donde el reino de las hadas ya no puede ni debe ser visto como una simple fantasía y, quien pretenda acercarse a sus dominios, no podrá hacerlo impunemente sin estar familiarizado con sus leyes; nos hablan de los acontecimientos ocurridos in illo tempore, en aquel tiempo "en el que las piedras preciosas eran tan comunes como lo son ahora los ordinarios guijarros" [1], épocas en las que el mundo no era tan 'sólido' como lo es en la actualidad, es decir, en el pasado eterno que eternamente puede ser devuelto al ahora, siempre actualizado en un eterno presente, siempre aquí. Por su naturaleza, no es extraño encontrar en ellos estructuras y pautas claramente iniciáticas que responden a una llamada interna, a la más profunda vocación, susceptible de ser aceptada o rechazada, de todo ser humano. Es evidente que este tipo de literatura no tiene como fin ser un simple y vulgar entretenimiento -como tan a menudo ocurre con las obras de los autores modernos-, sino que constituyen un soporte para preservar conocimientos tradicionales y ser los vehículos que proporcionen una enseñanza, una invaluable instrucción, a quienes se atrevan a leerlos como si hubieran sido escritos para ellos mismos, comprometiéndose, a partir de ese momento, a ser partícipes de la quête en la que se verán involucrados nuestros héroes. Se alcance o no una profunda comprensión de los símbolos que cobran vida y actúan a diferentes niveles dependiendo de la interiorización que de los mismos cada uno sea capaz de efectuar, no se podrá negar que estas obras son capaces de dejar marcas indelebles en el alma que, como "presencias dominadoras", volverán a aparecer una y otra vez, cada vez con mayor fuerza y penetración, recordándonos nuestra verdadera naturaleza y el lugar al que debemos retornar. No es posible determinar con certeza si los múltiples viajes y ordalías que deberán enfrentar los protagonistas se corresponden específicamente con auténticos ritos de alguna organización iniciática desaparecida (u oculta), pero, en el caso de la saga del Grial, esto es, ciertamente, un hecho posible; pudiendo, los escritores cuyos nombres son conocidos, ser simplemente las caras visibles de dichas organizaciones. En todo caso, no es lo que pretendemos probar aquí, porque lo que debemos tener presente es que estas historias, que apuntan a ser vivificadas por la Imaginación activa, no transcurren como una serie de sucesos extrínsecos a los personajes, sino que existe siempre una identidad entre los diversos acontecimientos y las experiencias internas del héroe de la gesta; y el lector o receptor del mensaje -que, en épocas remotas, la mayoría de las veces era un oyente- advertirá que tampoco puede haber alteridad consigo mismo porque todo se sucede como en una hierohistoria, un drama del alma, una dramaturgia sagrada en la que los personajes se mueven como actores del teatro del intermundo representando diversas modalidades de la individualidad del recipendario que deberán ser realizadas en el curso de su iniciación. Quien se deje transportar por la magia del relato y se esfuerce por cruzar el umbral de sus misterios, inevitablemente, volverá transformado.

En el Parzival de Wolfram von Eschenbach, muchos son los personajes que desempeñan roles de gran importancia como oficiantes del rito al que deberá hacer frente el ignorante muchacho luego convertido en invencible caballero. En esta oportunidad nos centraremos en una figura que desempeña un papel ciertamente significativo que pondrá de manifiesto el auténtico carácter ritualístico de la gesta: su prima Sigune, hija de Kyot de Katelangen y Schoysiane, hermana de Herzeloyde. En el "Perceval" de Chretien de Troyes no se conoce su nombre y en "La continuación de Perceval" escrita por Gerbert de Montreuil, es llamada Ysmain. Hablará con ella únicamente en tres ocasiones, pero serán, sin duda, tres momentos de suma relevancia en el desarrollo de la historia.

El primer encuentro se produce poco después de que el muchacho, que hasta ese entonces desconocía su nombre, se alejase de su madre con el objeto de dirigirse hasta la corte del rey Arturo a fin de solicitar ser investido como caballero. Bajaba la ladera de una colina cuando escucha el lamento desesperado de una mujer delante del borde de una peña. Cabalgó rápidamente hacia ella y se encontró con un terrible espectáculo: la doncella se arrancaba con tristeza sus largas trenzas y en su regazo yacía muerto el príncipe Schionatulander, su amante. El joven la saludó y ofreció su ayuda para vengar la desgraciada muerte echando mano a su carcaj, donde guardaba los afilados venablos. Sigune, entre lágrimas, agradece por la generosidad y buena predisposición del visitante y pregunta por su nombre, a lo que éste respondió:

«Bon fils, cher fils, beau fils. Así me han llamado los que me conocían en casa.» [2]


Al pronunciar estas palabras, ella lo reconoció y le dijo enseguida:

«Realmente te llamas Par-zi-val, lo cual significa por en medio. Al ser tu madre tan fiel, su gran amor trazó el surco por su corazón, pues tu padre la dejó triste. No te digo nada para que te vanaglories. Tu madre es mi tía. Te digo ciertamente toda la verdad: quién eres. Tu padre era un Anjou y tu madre era galesa. Has nacido en Kanvoleis. Todo lo que sé es verdad. Eres también rey de Gales del Norte y deberías llevar la corona en su capital, Kingrivals. Este príncipe que yace aquí murió por ti, porque defendió tu reino. Nunca quebrantó su fidelidad. Joven, hermoso y gentil hombre, dos hermanos te han causado mucho daño. Dos reinos te arrebató Lähelin. Orilo mató a este caballero y a tu tío en una justa, con lo que me dejó a mí desolada. Este caballero de tu país, en el que me educó tu madre, me servía con fidelidad y amor. Querido y valiente primo, oye ahora lo que pasó aquí. Un collar de perro le causó la muerte . Murió estando al servicio de nosotros dos, y sólo me queda dolor y añoranza por su amor. Yo no estaba en mis cabales al no concederle mi amor. Ésta fue la levadura de mi desdicha, que echó a perder mi felicidad. Lo amo aunque esté muerto». [3]


Parzival, deseoso de combatir, insistió en su ofrecimiento de venganza, pero ella le señaló un camino diferente al que había tomado Orilo, un camino que lo llevaría directamente hasta los britanos.

Como podemos apreciar, esta mujer se presenta como mensajera y como guía, como la diosa que recibe a Parménides en su viaje, aquella que la da una calurosa bienvenida a Heracles cuando desciende como iniciado a los infiernos, quien se aparece ante Orfeo cuando utiliza los conjuros de Apolo para abrirse paso hasta el mundo de los muertos: es, como Perséfone [4], la anunciadora de la muerte. El héroe contempla, como en una representación teatral, su propio deceso. Pero, de lo que aquí se trata, como se verá confirmado más adelante, no es de una muerte cualquiera, sino que estamos, precisamente, ante un símbolo de la muerte iniciática que, lejos de ser ficticia, podríamos decir con justa razón que es más real que la muerte comprendida en el sentido ordinario de la palabra, como explica René Guénon, "ya que es evidente que el profano que muere no deviene iniciado sólo por eso, y que la distinción del orden profano (que comprende aquí no solo lo que está desprovisto del carácter tradicional, sino también todo exoterismo) y del orden iniciático es, a decir verdad, la única que rebasa las contingencias inherentes a los estados particulares del ser y la única que tiene, por consiguiente, un valor profundo y permanente desde el punto de vista universal" [5]

Es un cambio de estado que debe efectuarse en las tinieblas, el fin necesario a los condicionamientos del ego, a la ignorancia y la ceguera espiritual que implica, al mismo tiempo, un nuevo comienzo; es el "segundo nacimiento" -en ese momento de manera virtual- que es propiamente una regeneración psíquica, porque es en el orden de las modalidades sutiles del estado humano donde se efectúan las primeras fases del desarrollo iniciático[6]. Esta idea es reafirmada cuando le da a conocer su "verdadero nombre", convirtiéndose así en su madre espiritual. Tanto en algunas órdenes religiosas como en ciertas organizaciones iniciáticas, como una consecuencia lógica del renacimiento, el neófito debe recibir, por parte de su maestro iniciador, un nuevo nombre, diferente de su nombre profano por el que es nombrado según su genealogía terrestre, por corresponder a una modalidad diferente, "y será tanto más "verdadero" cuanto más profundo sea el orden de la modalidad a la que corresponda, puesto que, por eso mismo, expresará algo que estará más próximo a la verdadera esencia del ser." [7]

Este tipo de práctica podemos encontrarla en los ritos de iniciación del Sufismo, como así también en el ingreso a la sodalidad esotérica ismailí. A este respecto, podemos citar un relato de iniciación, datado en una época anterior a la era fatimí, que tiene como posible autor a Mansûr al-Yaman, el primer Dâ'î isailí enviado a Arabia del Sur, titulado simplemente como "El maestro y el discípulo" (Risâlat al-'âlim wa'l-gholâm). [8]
Transcribimos, a continuación, un fragmento del diálogo central (Sh.=el shaykh, D.=el discípulo):

Sh.: Oh joven, has sido honrado con un amigo que ha ido a ti en calidad de Enviado, amado de un mensajero que ha ido a visitarte. ¿Cuál es tu nombre?
D.: 'Obaydallah ibn Abdallah (pequeño siervo de Dios, hijo del siervo de Dios).
Sh.: Ese nombre describe tus cualidades, y ya hemos oído hablar de ellas (es algo sobreentendido).
D.: Soy un hombre libre, hijo del siervo de Dios.
Sh.: ¿Quién te ha liberado de tu condición servil para que te hayas convertido en un hombre libre?
D. (señalando con el dedo al que le ha iniciado): Este sabio.
Sh.: Pero, ¿no ves que él es también un siervo, y no el poseedor? ¿Cómo podría liberarte?
D.: No, en efecto, no puede.
Sh.: Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?
El discípulo busca en vano la respuesta.
Sh.: Oh, joven, ¿cómo podría conocerse algo que no tiene nombre, igual que un recién nacido?
D.: Es de ti de quien he nacido, a ti te corresponde, pues, darme un nombre.
Sh.: Lo haré cuando hayan pasado siete días.
D.: ¿Por qué retrasarlo?
Sh.: En beneficio del recién nacido.
D.: ¿Y si el recién nacido muriera antes de que pasaran esos siete días?
Sh.: No ocurrirá nada, recibirá su nombre una vez hayan transcurrido esos siete días.
D.: El nombre que te dispones a darme, ¿será el mío?
Sh.: Mientras sea tu Dios.
D.: ¿Cómo es posible expresarse así?
Sh.: Tu Nombre es tu Señor, y tú eres su siervo. No te entregues a discusiones vanas. Vete ahora hasta el día fijado. [9]


El nombre profano de este discípulo, ‘Obaydallah ibn Abdallah (pequeño siervo de Dios, hijo del siervo de Dios), describe, como se indica en el relato, sus cualidades, exactamente igual que en Parzival quien, hasta el momento en que se encuentra con su prima, era conocido como "bon fils, cher fils, beau fils", es decir, "buen hijo, querido hijo, bello hijo". Esto también ocurre, aunque con algunas variantes, en la versión de Chretien de Troyes, donde es llamado "bello hijo, buen hermano, buen señor", en alusión a las tres etapas en la vida del hombre. El nombre iniciático, el "verdadero nombre", al ser lo más próximo a su verdadera esencia, aparece como representación del Noûs personal, es el Señor al que deberá servir; el Nombre que será su Dios, o sea, el Deus revelatus que no es percibido en forma colectiva sino que es una individualización divina real que se da para cada uno según su capacidad de visión. Ser investido con este nombre, es despertar gradualmente a la conciencia del profundo significado de la divisa: "Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor".

En cuanto a la etimología del nombre, aún permanece oscura. Se cree que, en el antiguo francés original, Perceval podría estar integrado por los términos percer = atravesar, cruzar, y val = valle, por lo que se podría traducir como "el que penetra en el valle" [10]. El significado atribuido por Wolfram von Eschenbach, "por en medio", admitiendo lo arriesgado de esta especulación, inferimos que tal vez se refiera a aquel que debe penetrar en el mundo intermedio, el Mundo del Alma para, según la fórmula sufí, "espiritualizar su cuerpo y corporalizar el espíritu".

Otro detalle a considerar es que, al darle a conocer su noble linaje, le está recordando su origen celeste; es el llamado incitante por recuperar la verdadera dignidad, como se hace patente en estos conocidos versos del Himno de la Perla:

¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en que has caído!


El segundo encuentro tiene lugar mucho tiempo después. El valiente Parzival consiguió, a base de esfuerzo, un gran renombre en la corte de Arturo saliendo victorioso de incontables batallas. A poco de contraer matrimonio con Condwiramurs, la adorable reina del Belrapeire, decide continuar su camino con el fin de visitar a su madre. Las aventuras y pruebas no dejaron de acompañarlo en su peregrinaje. En su trayecto pasó por primera vez por el castillo del Grial pero no fue capaz de formular la pregunta fatídica a su tío Anfortas, el Rey Pescador. Al salir de allí, volvió a encontrarse con su prima, en una escena más aberrante que la anterior. La melancólica doncella había cortado por completo su cabello, su aspecto había desmejorado notablemente, sus labios perdieron el rebosante color de la juventud y, entre sus brazos, sostenía el cuerpo embalsamado (!) de su querido compañero. Cuando la reconoció, horrorizado, le dijo:

«¡Ay! ¿Dónde ha ido a parar el rojo de tus labios? ¿Eres Sigune, la que me dijo quién era yo realmente? Te has cortado por completo tu largo y rizado cabello castaño. En el bosque de Briziljan te vi entonces muy bella, aunque estabas muy triste. Has perdido el color y las fuerzas. Si tuviera que llevar la compañía que tú llevas, sería demasiado para mí. Tenemos que enterrar a este muerto.» [11]


Siguieron hablando y ella se interesó en saber sobre lo ocurrido en Munsalwäsche y el estado de Anfortas. De este modo, el diálogo continúa:

«Sólo una cosa podría alegrarme: que se librara de su enfermedad mortal a ese hombre desdichado. Si partiste de allí habiéndole ayudado, eres digno de gloria. Llevas ceñida su espada. Si conoces su conjuro, podrás luchar sin temor. Su filo es muy recto. Lo forjó Trebuchet, de noble estirpe. Junto a Karnant hay una fuente, por la cual el rey se llama Lac . La espada resiste entera un golpe, pero al segundo se hace añicos. Si la vuelves a llevar a la fuente, el fluir del agua la recompone de nuevo. Tienes que estar donde brota, debajo de una peña, antes de que la alumbre el día. La fuente se llama Lac. Si no se han perdido los trozos y se los junta, y se mojan en la fuente, las ensambladuras y los filos se recomponen e incluso se endurecen, y los damasquinados no pierden su belleza. La espada necesita además las palabras del conjuro. Me temo que las has dejado allí. Pero si aprendiste a pronunciarlas, siempre crecerá y florecerá en ti la felicidad. Querido primo, créeme, serán tuyas todas las maravillas que encontraste allí. Siempre llevarás con la más alta dignidad la corona de la dicha, alcanzarás la plena perfección en la tierra y nadie será tan rico como para poder vivir con tanta magnificencia, si hiciste la pregunta clave».

Él contestó: «No pregunté»

«¡Ay! Lamento haberos visto aquí», dijo la apesadumbrada muchacha, «pues no habéis preguntado. Aunque visteis tan grandes portentos, no preguntasteis, ni siquiera en presencia del Grial. Y visteis allí a muchas damas sin maldad, como la noble Garschiloye y Repanse de Schoye, y los cuchillos de plata y la lanza ensangrentada. ¡Ay! ¿Qué buscáis a mi lado? ¡Hombre sin honra y maldito! Tenéis los dientes del lobo rabioso. De vuestro amor creció en vuestros primeros años la hiel. Deberíais haberos apiadado de vuestro anfitrión, a quien Dios ha marcado con semejante desgracia, y haberle preguntado por su tormento. Vivís, pero vuestra felicidad ha muerto».

Entonces dijo Parzival: «Querida prima, no os mostréis tan dura conmigo. Si he hecho algo, lo repararé».

«No tenéis nada que reparar», dijo la muchacha, «pues sé bien que en Munsalwäsche habéis perdido la honra y la gloria de caballero. A partir de ahora no oiréis de mí ninguna respuesta». Y así tuvo que marchar Parzival de allí. [12]

Lo que nos interesa destacar, en primer lugar, es la sorprendente correspondencia de la imagen que se presenta a los ojos del héroe con el rito celebrado en Asia menor y en Grecia en los festivales en honor de Adonis. Recordemos brevemente el mito en su versión griega: es un dios eternamente joven dotado de una incomparable belleza, lo que lo hace semejante a Parzival. En su infancia, era tan hermoso que Afrodita, prendada por su beldad, lo encerró en un cofre que entregó a Perséfone, la reina del inframundo, para que lo guardara. Pero cuando ésta abrió el cofre, también quedó encantada por la belleza sobrenatural del niño y se negó a devolverlo. La diosa del amor descendió a los infiernos para rescatar a su amado del poder de la muerte, generando una disputa que sólo pudo ser resuelta por la mediación de Zeus, quien decretó que Adonis habitara una tercera parte del año junto a Perséfone, en el mundo subterráneo, otra junto a Afrodita en el mundo superior y los cuatro meses restantes con quien lo deseara. El joven prefirió compartir con Afrodita la parte del año sobre la que tenía control. Estamos, evidentemente, ante un mito de muerte y resurrección.


Muerte de Adonis, Luca Giordano

En los festivales se lloraba anualmente la muerte del dios con amargas lamentaciones, principalmente entre las mujeres. Sus esculturas o representaciones eran amortajadas como los muertos y llevadas en procesión funeral para ser arrojadas luego al mar o a los manantiales. En Alejandría se celebraba el hieros gamos, el matrimonio sagrado, entre Afrodita y Adonis con sendas imágenes de los dioses tendidas sobre sobre dos lechos, a las que se le entregaban las ofrendas. A la mañana siguiente, las mujeres, ataviadas de duelo, con el pelo suelto y el pecho desnudo llevaban la imagen del dios muerto hasta la orilla del mar y lo encomendaban a las olas. Lloraban amargamente con la esperanza y el anhelo por su regreso. En el santuario fenicio de Astarté, en Biblos, se realizaba una ceremonia similar, acompañada por la música de las flautas, en la que los adoradores, esperando el ascenso triunfante del dios, se afeitaban la cabeza como hacían los egipcios a la muerte del buey Apis, ¡tal como lo hizo Sigune!. Las mujeres que se negaban a sacrificar sus trenzas, como señala James Frazer, "tenían que entregarse a extranjeros en cierto día del festival y dedicar a Astarté la paga de su vergüenza." [13]

Cuando Sigune apercibe a Parzival por la falta cometida, le está abriendo la puerta a los infiernos; lo invita a descender a profundidades abismales para expiar sus culpas. Comienza aquí la etapa más oscura y dolorosa de su vida. Pasará muchos años de penurias y angustias, lejos de su amada, lejos de su tierra, luchando incansablemente, enfrentando múltiples retos en numerosos episodios. En otras palabras, deberá operar el paso del orden psíquico al orden espiritual, lo que constituye una "segunda muerte" y un "tercer nacimiento", que es más bien una resurrección antes que un renacimiento; sus posibilidades ya desarrolladas serán "transformadas" con la adquisición del "cuerpo de resurrección" o "cuerpo de gloria". Es la muerte psíquica que, en un hombre ordinario, es susceptible de producirse después de la muerte corporal, pasando no al orden espiritual sino a otra modalidad de la manifestación individual, pero en el iniciado, en cambio, le permite rebasar las posibilidades del estado humano y alcanzar los estados superiores sin tener que esperar, para eso, la disolución de la apariencia corporal [14].

Estos dos encuentros, en el "Perceval", son resumidos en uno solo, después de su paso por el castillo del Rey Pescador, y es el propio caballero quien descubre, espontáneamente, su verdadero nombre.

El joven, que ignoraba su nombre verdadero, improvisa uno y le dice:

-Me llamo Perceval el Galés -sin darse cuenta de que, en realidad, está diciendo la verdad sin saberlo [15]


Otro punto en el que difiere, pero que no por eso tiene menor valor simbólico, es que el cadáver está decapitado. Tradicionalmente, la decapitación y el desuello representan la liberación del ser encantado de la forma en la que está encerrado, para que la persona real emerja de la piel en la que había estado oculta; como ocurre en el Sacrificio indio, cuyo propósito es sacar de la persona vieja una persona nueva, a saber, la del Sí-mismo real del sacrificador, lo que se compara con la extracción de una flecha de su vaina o una serpiente de su piel. Para Platón, el Sí-mismo inmortal tiene su sede en la cabeza, y el sí mismo mortal en el tronco; igualmente, para el hinduismo, en el Pañcavimsa Brahmana, se dice que "El 'otro sí mismo', sin la cabeza, es el cuerpo"[16]. En ambas versiones del relato se mantiene, claramente, el mismo trasfondo arquetípico.

Años más tarde, vuelven a encontrarse. Esta vez, la duquesa Sigune hace penitencia en una ermita y el cuerpo de Schionatulander ya no es visible puesto que descansa para siempre en un sarcófago. Parzival se lamenta por las tribulaciones acarreadas por el Grial y, entonces, la muchacha lo perdona.

«Primo, no te quiero censurar más. Perdiste la felicidad cuando no tuviste ganas de plantear la pregunta, que te hubiera llenado de honra, y cuando el bondadoso Anfortas fue tu anfitrión y tuvo tu suerte en sus manos. Entonces la pregunta te habría proporcionado la perfecta felicidad. Pero ahora tu dicha se ha esfumado y todo tu orgulloso valor se ha quedado cojo. Tu corazón ha convertido en animal doméstico la preocupación. Si hubieras preguntado, habría permanecido para ti salvaje y ajena».

«He merecido mi desgracia», contestó él. «Querida prima, ayúdame. Piensa que somos parientes. Dime también cómo estás. Lloraría tu dolor si mi aflicción no fuera mucho mayor que la que nunca ha soportado un hombre. Mi sufrimiento es penoso en extremo.»

Ella dijo: «¡Que el que conoce todas las preocupaciones te ayude para que la huella de una pezuña te lleve hasta Munsalwäsche, puesto que me dices que allí está tu felicidad...» [17]


Aún queda un largo tramo por recorrer, las rutas que conducen a Munsalwäsche seguirán ocultándose, por un tiempo, a la mirada de Parzival, algunos importantes combates se sucederán; pero ya no necesita enfrentarse a una imagen de la muerte, de su muerte, porque ha comenzado el camino de ascenso, el retorno hacia la luz en busca de la redención. Se enterará, por boca de su tío Trevrizent, del fallecimiento de su madre, rompiendo, definitivamente, todo vínculo con su ilusoria vida anterior.

Sin amedrentarse en la Gran Guerra Santa, precipitando al abismo su propia tiniebla, logrará finalmente realizar en sí mismo la Gran Resurrección; entrará de nuevo en contacto con el Grial y, esta vez, formulará la pregunta esperada para que la tierra yerma sea totalmente restaurada.


.·.

Para nosotros, los misteriosos senderos que conducen al Castillo permanecen ocultos, pero más cerca de lo que comúnmente se cree, esperando ser nuevamente recorridos. El fuego de estos libros, aún no se ha extinguido; su brillo incandescente nos permitirá seguir, en la oscuridad del bosque, las invisibles huellas de los héroes.

Notas:

[1] René Guénon, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos.
[2] Wolfram von Eschenbach, Parzival.
[3] Ibídem.
[4] Ver Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber.
[5] René Guénon, Apercepciones sobre la iniciación.
[6] Ibídem.
[7] Ibídem.
[8] Ver Henry Corbin, Tiempo cíclico y gnosis ismailí.
[9] Ibíd. Nota 187, pág 194.
[10] Chrétien de Troyes, Perceval, la leyenda del Grial.
[11] Wolfram von Eschenbach, Parzival.
[12] Ibídem.
[13] Sir James George Frazer, La rama dorada. [Recomiendo esta obra sólo a título informativo. En lo que a mí respecta, no comparto, en absoluto, las ideas evolucionistas de este autor.]
[14] Chrétien de Troyes, Perceval, la leyenda del Grial.
[15] Ver René Guénon, Apercepciones sobre la iniciación.
[16] Ver Ananda K. Coomaraswamy, Sir Gawain y el Caballero Verde: Indra y Namuci.
[17] Wolfram von Eschenbach, Parzival.

viernes, 16 de octubre de 2009

Sobre la necesidad de la experiencia sensible

Robert Fludd, Utriusque Cosmi, Maioris scilicet et Minoris, metaphysica, physica, atque technica Historia

Mientras intento redactar algo nuevo, dejo aquí un interesante fragmento del cusano que nos habla de la importancia del cuerpo y de la experiencia sensible como punto de apoyo necesario para la excitación del alma que propiciará el ascenso, de grada en grada, por la escala del conocimiento:
"Sin lugar a duda nuestra mente ha sido puesta en este cuerpo por Dios para su beneficio. Por lo tanto, es conveniente que ella tenga de Dios todo aquello sin lo cual no puede obtener beneficio.

Por tanto, no ha de creerse que para el alma hayan sido concreadas las nociones, las cuales perdió en el cuerpo, sino que tiene necesidad del cuerpo para que la fuerza concreada llegue hasta el acto. Así como la fuerza visual del alma no puede llegar hasta su operación para que vea en acto si no es excitada por el objeto, y no puede ser excitada sino a través del obstáculo de las multiplicadas especies por medio del órgano, y por ello necesita del ojo. De la misma manera, la fuerza de la mente que es la fuerza comprehensiva de las cosas y la fuerza nocional no puede llegar a sus operaciones si no es excitada por lo sensible; pero no puede ser excitada sino por la mediación de los fantasmas sensibles. Por lo tanto, necesita de un tal cuerpo orgánico sin el cual no podría realizarse la excitación."
Nicolás de Cusa, Un ignorante discurre acerca de la mente (Idiota. De mente), edición bilingüe. Ed. Biblos, 1ª ed, Buenos Aires, 2005.

domingo, 4 de octubre de 2009

Caída


Juicio Final (detalle), Giotto di Bondone, 1306.

"Nada te precipita tanto en el abismo infernal
como la odiada palabra (¡fíjate bien!): mío y tuyo"


Angelus Silesius

sábado, 26 de septiembre de 2009

Daênâ

Una pérfida daga se hunde en mi pecho;
noche sin luna, infierno sin fuego.
En la oscuridad mis sentidos amainan.
En vano, agonizando,
estiro mis brazos anhelando tocarte.
Un abismo sin fondo se cierne entre nosotros:
infame distancia que nuestros cuerpos separa.
Oh, eterna religión, paredro celestial,
¿cuántas lágrimas deberán verter mis ojos
para tu gracia implorar?
En sueños te me acercas,
compasiva,
para entregarme una rosa y susurrar un enigma.
Por la mañana,
la Tierra se desnuda para hablarme de Ti,
entre el murmullo de los pájaros
y las melodías del viento.
Amor terreno,
¡préstame alas para surcar el cielo!
dame tus ojos para leer las estrellas,
y recuérdame, con tus labios,
el camino secreto hacia los jardines sin tiempo.

lunes, 24 de agosto de 2009

La autoridad de la Tradición




Para quien siempre me recuerda el camino secreto que conduce al corazón del bosque…

Esa fuente mágica de la que un día
bebió al-Khidr el agua de la Vida,
está en tu propia casa,
pero has cegado el manantial.
(Fakhr-Al-Dîn ‘Iraqî)

Un tema que resulta interesante abordar es el papel que debe cumplir lo que se ha convenido en designar como "autoridad espiritual" o "autoridad religiosa" dentro del marco de una forma tradicional particular en la que rige sobre el lado religioso o exotérico de la doctrina, siempre hablando de las religiones del Libro - pero sin que esto signifique que ciertas observaciones que se desarrollarán en el presente artículo no puedan extenderse a otras formas tradicionales-, en relación a lo que podemos considerar como su lado más interior y profundo, es decir, su aspecto esotérico. La distinción entre estas dos partes, complementarias la una de la otra, siguiendo la terminología árabe podemos definirla más concretamente como, por un lado, es-shariyah, es decir, literalmente la "gran ruta", común a todos, y por otro, el el-haqîwah, o sea, la "verdad interior", reservada a una elite. Valiéndonos asimismo del simbolismo geométrico, estamos refiriéndonos respectivamente a la circunferencia y su centro. [1]

Ante todo es menester considerar que toda corriente esotérica puede presentar a su vez dos aspectos fundamentales que se contradicen o se complementan: uno conservador y otro revolucionario.

Con respecto a la primera de estas categorías, explica Gershom Scholem:

"estos místicos parecen redescubrir desde su punto de vista las fuentes de la autoridad tradicional. Su camino los ha conducido al mismo venero del que aquélla se originó. Y ya que dicha autoridad les muestra el mismo rostro que ha tenido durante generaciones y generaciones, antes de que ellos existieran, nada hay en ella que los estimule a cambiarla. Al contrario, se esfuerzan en mantener estrictamente la interpretación tradicional." [2]


El carácter conservador es posible por la forma en la que se busca transmitir las experiencias que, por su propia naturaleza, son incomunicables y esto se debe a que cuanto mayor sea la profundidad con la que se experimenta, menor es la posibilidad de definirla objetivamente, ya que su materia trasciende aquellas categorías de sujeto y objeto que presupone una definición.

Cuando el místico se esfuerza en comunicar a través del lenguaje el camino que ha recorrido, vemos que la experiencia se le expresa necesariamente a él mismo dentro de un orden de símbolos e ideas convencionales en los que se halla inmerso, porque la experiencia visionaria es una epifanía de su realidad interior y estará modelada, entre otras cosas, por su pensamiento y formación doctrinal [3], aun cuando los objetos de esta experiencia sean en el fondo los mismos y no esencialmente diferentes de aquellos que pueden presentarse en un marco tradicional que no le es propio.

"Cierto es que siempre queda algo que el místico no puede comunicar ni suficiente ni exhaustivamente; pero cuando lo intenta -y este esfuerzo nos basta ya para reconocerle- interpreta su propia experiencia en una lengua, en imágenes e ideas que fueron creadas antes que él y para él." [4]


Desde este punto de vista y reteniendo las palabras finales de Scholem, imágenes e ideas que fueron creadas antes que él y para él, podemos decir que se cumple, con respecto la literatura sagrada de cada religión particular, la sentencia que el maestro iranio Sohravardî -sobre quien volveremos más adelante- enunció con respecto al Corán: "Leélo como si hubiera sido escrito para ti mismo" [5]

Lo que aquí opera es la función rigurosamente cognitiva de la imaginación activa a través de una experiencia que transmuta todo en imágenes-símbolo reveladoras de la correspondencia entre lo visible y lo invisible, es decir, una hermenéutica esotérica o ta'wîl que implica la idea de un acto de elevación, de una voz ascendente que vuelve a llevar los datos a su origen, a su arquetipo.

Sin embargo, a pesar de que el tipo de gnóstico que aquí estamos considerando desarrolla su vida en el contexto de una sociedad tradicional donde todo está impregnado de concepciones y símbolos tradicionales y cada acto se efectúa de forma ritual [6] sirviéndole como soporte indispensable para sus ulteriores desarrollos en vistas a una realización efectiva, este hecho no puede ser considerado como garantía suficiente para evitar que se desvíe de la autoridad tradicional. La educación religiosa del grupo (es-shariyah) deja la puerta abierta a quien se aventure a seguir por sus propios medios ese profundo anhelo que vibra en su corazón, tal vez sin comprender cabalmente hasta donde podría conducirlo, a múltiples confusiones y fantasías que, además de oponerse a los esquemas y doctrinas regularmente reconocidos, lo deja librado al abismo de lo incontrolado y lo incontrolable frustrando todas sus aspiraciones, por más sinceras que éstas puedan ser. Por este motivo, se dice que en cualquier tentativa de alcanzar horizontes metafísicos es absolutamente necesaria la presencia de un guía, jefe, Maestro espiritual o Guru, de acuerdo a la terminología hindú. A este respecto, Scholem precisa:

"El que busca solo su camino puede, desde luego extraviarse fácilmente y aún caer en la locura, pues el sendero del místico está empedrado y rodeado de peligros; discurre al borde de los abismos de la conciencia y exige un paso mesurado y seguro. (...) Sin guía se corre el riesgo de perderse en el desierto de la aventura mística."
(...)
"Aparte de esto, el Guru cumple otra función de la que no se suele hablar con tanta frecuencia, pero no es de ninguna manera menos real: representa la autoridad religiosa en su constitución tradicional. Dirige y determina la interpretación de la experiencia mística, incluso antes de que se produzca. La canaliza a través de vías aceptables para al autoridad establecida." [7]

El Guru señala un camino conforme a la tradición en la que él mismo actúa como representante o mediador; pero no sólo es un "transmisor" de la influencia vinculada al rito que cumple, sino que, aplicando todos los medios convenientes a sus propias posibilidades, guía al iniciado con una ayuda aportada desde fuera al trabajo interior que ineludiblemente debe cumplir para llegar a una realización espiritual a cualquier grado que sea. No obstante, no debemos perder de vista una significación más profunda de lo dicho hasta aquí sobre la función del Guru y para eso nos remitiremos a estas palabras de René Guénon que, como de costumbre, arrojan gran luz sobre la cuestión que nos ocupa:

"el Guru humano mismo no es en el fondo más que la representación exteriorizada y como "materializada" del verdadero 'Guru interior', y su necesidad se debe a que el iniciado, mientras no ha llegado a un cierto grado de desarrollo espiritual, es incapaz de entrar directamente en comunicación consciente con éste. Haya o no un Guru humano, el Guru interior está siempre presente en todos los casos, puesto que es uno con el 'Sí mismo' "[8]


Si el guía actúa como un reflejo del Maestro interior, siempre uno con el Sí mismo, desde esta misma perspectiva podríamos considerar la totalidad de la doctrina que transmite y la fuente de la que brotan sus palabras.

No son pocas las precauciones tomadas por los representantes de la autoridad religiosa para evitar las posibles desviaciones que pudieran presentarse entre los aspirantes a recorrer la vía interior debido a una insuficiente preparación teórica. Es así como en el judaísmo, por poner un ejemplo, se cita en todos los libros la advertencia de Maimónides:

Nadie es digno de entrar en el paraíso (es decir, en el reino de la mística) a no ser que primero se haya hartado de pan y carne [9], o sea, del alimento de la pura sabiduría rabínica alcanzado por quienes poseen un aprendizaje talmúdico completo.

Pero a lo largo de la historia, ciertamente, no han sido pocos los casos, ya se trate de sectas, grupos aislados o simples individuos, que han dado lugar a todo tipo de desviaciones y perversiones con respecto la ortodoxia tradicional; algunos más afortunados que otros. Uno de los casos más típicos es el que se produjo en Europa, en el seno del cristianismo, alcanzando su mayor expresión en el siglo XVII con la publicación de la obra del sacerdote español Miguel de Molinos (1628-1696) en la que se sentaban las bases del denominado Quietismo, una forma de misticismo calificada por el propio Guénon como "aberrante", cuya característica principal es llevar la pasividad al extremo. [10] Este movimiento fue condenado por la Iglesia por considerar graves y numerosos los peligros de llevar la pasividad a su grado máximo. Está claro que en todo esto hay, además de una burda literalización, una clara inversión, más allá de las similitudes que pretendan encontrar algunos autores modernos, de lo que en el Taoísmo se conoce "wu-wei", cuya traducción aceptable es justamente la de "no-actuar", con sus respectivas correspondencias en las diversas tradiciones, porque no sólo no se trata de la inactividad sino que es, al contrario, la suprema actividad, ya que para quien se sitúa en el centro mismo de la "rueda cósmica", implica un perfecto desapego de la acción exterior como de todas las cosas contingentes y mutables, tal como se presentan en el dominio del tiempo.

Paralelamente a esto, encontramos ejemplos de gnósticos que sin una preparación doctrinal sufiente lograron elevados progresos espirituales puediendo incluso integrarse dentro de la propia tradición de la comunidad que los vio nacer. Uno de estos ejemplos es el de uno de los esoteristas judíos más importante de los últimos tiempos, Israel Bá'al-Sem (1698-1760), cuyos "conocimientos", en el sentido tradicional del término, eran muy limitados ya que no había recibido instrucción por parte de ningún maestro de carne y hueso que puediera guiarlo en el camino; sin embargo, - y este es un punto sobre el que vale la pena meditar detenidamente- reconoció como único Maestro espiritual al profeta Ahiyá de Siló, con quien mantenía constatemente un contacto visionario. A pesar de su aparente heterodoxia, el movimiento por él fundado logró obtener, con algunos compromisos mediante, igualdad de derechos dentro de los márgenes de la autoridad transmitida. [11] Del mismo modo, tenemos al persa Rûzbehân de Shîrâz quien, según nos cuenta él mismo en su obra autobiográfica titulada Kashf al-asrâr (El desvelamiento de los secretos) -que podría equipararse al Diarium spirituale de Emmanuel Swedenborg-, de origen humilde, nació "entre ignorantes, entre personas que eran víctimas de la inconsciencia y el error, groseros y vulgares". Desde temprana edad fue asaltado por todo tipo de experiencias visionarias, hasta que luego de algunos años, tras convertirse en su discípulo, obtiene una iniciación plena directamente del misterioso profeta Khezr, "el maestro personal de todos aquellos que no tienen iniciador ni maestros terrenales"[12] Posteriormente, parte en busca de su familia espiritual en la tierra y es admitido entre los sufíes, de quienes recibe una formación regular en las ciencias tradicionales. En occidente -y lo anotamos de pasada para mostrar que tales situaciones pudieron darse indistintamente en cualquiera de las tradiciones del Libro- hay un caso muy conocido y de características afines; es el del zapatero alemán Jacob Böeme (1575-1624), que, independientemente de lo que pudo aprender en sus viajes, entró en contacto, por medios desconocidos, y fue iniciado por un personaje misterioso, que bien pudo tratarse de la apariencia revestida por un "adepto" que actuaba al margen de las condiciones ordinarias de tiempo y lugar, que no volvió a aparecer en lo sucesivo, poco antes de que comenzara a redactar una obra de gran lucidez pero que puede presentarse oscura en algunos pasajes por no contar con una instrucción iniciática regular[13] En todo esto, es importante remarcar, para evitar confusiones o generar ilusiones de cualquier tipo que sea, que no se trata sino de casos excepcionales que se producen cuando ciertas circunstancias hacen imposible la transmisión normal, en individuos que poseen, como explica Guénon, "cualificaciones que exceden en mucho a las ordinarias, y con unas aspiraciones lo bastante intensas como para atraer, en cierto modo, hacia ellos la influencia espiritual que no pueden buscar por sus propios medios." [14]

En Böehme encontramos una notable diferencia con respecto a las personalidades precedentemente citadas; si bien su obra es esencialmente cristiana, éste no pudo incorporarse dentro de los parámetros institucionales de la autoridad oficial. Fue desterrado de su ciudad y sus escritos fueron, de hecho, prohibidos por el pastor luterano Gregorius Richter.

A partir de aquí, podemos hablar de lo que Scholem define como "aspecto revolucionario" o "innovador" de un esoterismo que por medio de su exégesis simbólica inicia una apertura capaz de alterar la autoridad religiosa, utilizando los símbolos como medio de transformación, pero que en nada podrían afectar a la Tradición que, en virtud de su perennidad, permanece siempre inalterable pero "misteriosamente renovada". Este autor, en su más que recomendable trabajo, nos dice que el intérprete de los símbolos,

"se inclina ante la autoridad con una veneración piadosa, pero esa inclinación apenas alcanza a encubrir el hecho de que realmente la está transformando, a menudo de una manera audaz e incluso a veces, extremada. Utiliza viejos símbolos y les proporciona un nuevo sentido, o bien gusta igualmente de utilizar nuevos símbolos a los que confiere un significado antiguo; en ambos casos nos encontramos ante un proceso dialéctico en el que se ponen de manifiesto el aspecto conservador y el innovador de la mística en una relación recíproca." [15]


Entre estos, en el judaísmo, tenemos a Isaac Luria (1534-1572), quien en toda su trayectoria se muestra como un conservador integral aceptando el conjunto de la autoridad rabínica establecida y se esfuerza en confirmar la importancia de tal autoridad exponiendo una interpretación más elevada y un sentido aún más profundo de la doctrina, es decir, el aspecto más cercano a su núcleo; pero, paradojalmente, las ideas de las que se sirve para emprender esta tarea, son de una naturaleza totalmente novedosas. Sin embargo, estas ideas fueron puestas en relación a la institución establecida, al exigir para ellas la autoridad de una revelación del profeta Elías, transformando así la fuente de inspiración en una nueva autoridad por derecho propio.

En lo que respecta al Islam, volvemos a encontrarnos con la figura de Sohravardî (1155-1191), el cual, en la concepción radical de su teosofía, pretendió entroncar directamente la doctrina oficial con el pensamiento de la antigua Persia para resucitar la sabiduría de la luz de los antiguos magos y reformularla desde el pensamiento islámico sobre la base de una hierohistoria que trasciende y determina los hechos de la historia profana. Su vida itinerante lo conduce hasta Alepo, Siria, donde se manifestaron sus discrepancias con los foqahâ, los doctores de la ley, que lo denunciaron ante Salâhoddîn, quien lo encarceló en la ciudadela, donde murió en circunstancias no aclaradas. [16]

Es mucho lo que se podría decir sobre los enfrentamientos que, una y otra vez, se han ido suscitando con los representantes de la ley, enfrentamientos que la mayoría de las veces los iniciados procuraron evitar realizando grandes esfuerzos por mantenerse dentro del marco de la autoridad religiosa -porque, en el fondo, saben que la letra de la Revelación reviste el espíritu de la Verdad única que fue conferida de modo directo, inmediato, a los encargados de su transmisión-, y sólo fueron llevados a una tal situación cuando tuvieron que enfrentarse a una oposición especialmente reacia. Esto parece ser una de las consecuencias lógicas del oscurecimiento que acompaña al descenso cíclico y tal vez uno de los casos más notorios lo encontremos en occidente, puesto que la Iglesia Católica, desde hace ya varios siglos, parece haber cerrado toda posible vía de comunicación con las organizaciones iniciáticas a las que antaño estuvo estrechamente ligada. [17]

Para finalizar, y partiendo de lo dicho sobre el maestro de Sohravard, también conocido como Shaykh al-Ishrâq, nos interesa destacar el papel que han desempeñado aquellos teósofos que, por diversas circunstancias, decidieron moverse por fuera de las demarcaciones de lo institucional, sin que eso nos permita decir que su obra no se ajusta fielmente a la principios rectores emanados de la Tradición. Además de los ya mencionados, podemos incluir a Emmanuel Swedenborg (1688-1772), William Law (1686-1761), Jane Lead (1623-1794), Louis-Claude de Saint Martin (1743-1803), Johann Georg Gichtel (1638-1710), Karl von Eckartshausen (1752-1803), William Blake (1757-1827) -y este quizá sea un caso de los más paradigmáticos-, entre varios otros. En la obra legada por la mayoría de estos personajes de Occidente, permanece el simbolismo de inspiración cristiana; su imaginación, como sugiere Scholem, "está aún llena de figuras de la tradición, bien sea de la oficial de la Iglesia católica o, como en el caso de Blake, de la Providencia subterránea y esotérica de raíz hermética y espiritualista. Aquí se acredita de nuevo la fuerza de la tradición sobre la base de los revolucionarios mismos, los cuales buscan en último extremo la autoridad en sí y la interpretación secularizada de sus visiones."[18]

Llegados a este punto en nuestras disquisiciones, cabe hacer una pregunta: ¿de qué nos sirve analizar todas estas cuestiones si no es, en definitiva, para comprender mejor la posición que ocupamos en el mundo y el alcance de las posibilidades que tenemos a nuestra disposición?

Es evidente, y no hace falta insistir demasiado en esto, que, donde sea que nos encontremos -porque esto hace varios años dejó de ser una cuestión meramente occidental-, no podremos contar siquiera con los soportes propios de una sociedad tradicional para el desarrollo integral de las posibilidades individuales. Las sociedades modernas, antitradicionales desde todo punto de vista, tienden ante los ojos el señuelo de un escenario satánico que coarta las libertades hasta lo inconcebible, obligando al hombre, que no deja de oscilar entre una confortable inercia y el miedo más paralizante provocado por los signos del terror de este macabro espectáculo, a no ser más que el simple producto del utilitarismo más alienante. Pero esto no puede ser motivo suficiente para desfallecer en la melancolía del exilio y entregar las armas que nos han sido confiadas para nuestro combate por el Alma del Mundo.

Si los datos analizados nos demuestran que son múltiples y variados los caminos por los que el hombre puede impregnarse con la sabia de la Tradición Unánime y Primordial, la Sophia Perennis et universalis, es porque ella misma no tiene un origen susceptible de ser determinado en el tiempo, porque su origen es "no-humano" como la propia metafísica. En este sentido, luego de su brillante exposición sobre las doctrinas orientales, añade René Guénon:

"La doctrinas de este orden no aparecieron en ningún momento particular de la historia de la humanidad: la alusión que hemos hecho al "estado primordial", y también lo que hemos dicho sobre el carácter intemporal de todo lo que es metafísico, debería poder permitir comprender sin demasiada dificultad, con tal de resignarse a admitir, contrariamente a ciertos prejuicios, que hay cosas en las que el punto de vista histórico no es aplicable en modo alguno. La verdad metafísica es eterna; por eso mismo siempre ha habido seres que han podido conocerla real y totalmente." [19]


La Tradición, siempre una, fuente inagotable y plena de vida, no puede desaparecer, no puede volverse inaccesible porque su dominio es eterno y universal como el núcleo irreductible que en el hombre debe ser reconquistado. Evitando caer en ciertas rigideces propias de las viejas concepciones de un perennealismo literalizante que es incapaz de rebasar la dialéctica racionalista con sus frías construcciones sistemáticas -y que parece agradar especialmente a algunos "tradicionalistas" que se sienten muy cómodos con estos esquemas que tanto molestaban al propio Guénon-, adherimos a la definición aportada por Agustín López Tobajas en su introducción a los relatos visionarios de Sohravardî:

"la tradición es, básica y esencialmente, una realidad metahistórica, pese a lo cual -o, mejor, por lo cual- puede actuar de forma efectiva y permanente sobre nuestro mundo, siendo la institución con todos sus mecanismos fácticos de transmisión la materalización, necesaria pero relativamente secundaria, de una continuidad que, en su esencia, se sitúa básicamente en otro plano." [20]


Por eso, quien llegue al centro de la circunferencia que mencionábamos al comienzo, se encuentra por eso mismo, más allá de toda institución humana, las formas están unificadas para él sin mezcla ni confusión:

"para él, las formas ya no tienen el carácter de vías o de medios, de los cuales ya no tiene necesidad y ya no subsisten sino en tanto que expresiones de la Verdad una, expresiones de las que es completamente legítimo servirse según las circunstancias como lo es hablar en diferentes lenguas para hacerse entender por aquellos a quienes uno se dirige." [21]


También podemos citar los maravillosos y conocidos versos del maestro sufí Ibn 'Arabî

¡Oh maravilla! Un jardín entre las llamas...
Mi corazón se ha hecho capaz de todas las formas.
Es pradera para las gacelas y monasterio para los monjes,
Templo para los ídolos y Ka'ba del peregrino,
Tablas de la Torá y libro del Corán.
Profeso la religión del Amor y cualquier dirección
Que tome su montura, el Amor es mi religión y mi fe.

Quien se proponga avanzar por el camino de la Tradición siguiendo la estela indeleble dejada por los grandes maestros, aún cuando sea consciente de que no podría pretender alcanzar un grado elevado de realización espiritual, recibirá, si sus ojos están dispuestos a ver, destellos de una realidad que nos trasciende y que a su vez está más dentro de nosotros que nosotros mismos; así, este contacto con el Ser, es expresado magníficamente Ernst Jünger:

"Todo el que alguna vez ha tenido un contacto con el Ser ha rebasado con ello las lindes dentro de las cuales continúan poseyendo importancia las palabras, los conceptos, las escuelas, las Confesiones. Pues ha aprendido a venerar lo que da vida a todas esas cosas." [22]


Si reparamos en esto, comprenderemos que nada puede dispensarnos de adquirir una preparación teórica adecuada, porque el conocimiento que en principio es virtual, a través de un trabajo interno que es igualmente necesario, deberá ser realizado después efectivamente. Y así como el instructor humano es un reflejo del Maestro interior, los símbolos de la Tradición constituyen el lenguaje de nuestro alter ego celeste, es el mensaje y la enseñanza del Ángel que nos es transmitida por innumerables voces que no son sino los reflejos que vemos en los innumerables fragmentos dispersos de ese espejo único que revela nuestro verdadero rostro.

Lo importante, a fin de cuentas, es ponerse en marcha y no desistir en la heroica empresa a la que nos comprometimos, porque si escuchamos, al menos por una vez, ese triste llamado que clama por el retorno, no nos estará permitido eludir nuestra responsabilidad en la vida terrena. Para este fin, siempre podremos contar con el auxilio de la sempiterna Tradición, porque en el cofre de sus preciosos tesoros contiene las claves para acercarnos un poco más a esa dulce Tierra sin tiempo a la que debemos regresar.

Notas:

[1] Ver René Guénon, Apercepciones sobre el esoterismo islámico y el taoísmo.
[2] Gershom Scholem, La cábala y su simbolismo.
[3] Ver: Máximo Lameiro, El Árbol de la Vida en el Apocalipsis como símbolo de la coincidentia oppositorum, Nota 5. Recomendamos asimismo la lectura completa del artículo.
[4] Gershom Scholem, Op. cit.
[5] Sihâboddîn Yahyâ Sohravardî, El encuentro con el ángel. - Introducción de Agustín López Tobajas.
[6] Es decir, "conforme al orden", según la acepción del término sánscrito rita; así pues, es lo único realmente "normal". Ver: René Guénon, Apercepciones sobre la iniciación.
[7] Gershom Scholem, Op. cit.
[8] René Guénon, Iniciación y realización espiritual.
[9] Gershom Scholem, Op. cit.
[10] René Guénon, Iniciación y realización espiritual, capítulo XXVI. Creemos entender que es fundamentalmente en este tipo de "misticismo" donde el metafísico francés concentra gran parte de sus críticas.
[11] Para más detalles, ver: Gershom Scholem, Op. cit.
[12] Para más detalles sobre la vida, obra y las experiencias visionarias de Rûzbehân de Shîrâz, recomendamos el interesante trabajo de Henry Corbin en "El Imam oculto"
[13] Ver: René Guénon, Op. cit., capítulo V.
[14] Ibídem. Cabría preguntarse si este no pudo haber sido el caso del propio René Guénon, iniciado luego en diferentes organizaciones iniciáticas. En todo caso, es una especulación que no nos llevaría demasiado lejos.
[15] Gershom Scholem, Op. cit.
[16] Para más detalles sobre la vida y obra de Sohravardî, recomendamos la lectura de la introducción que Agustín López Tobajas escribió para "El encuentro con el ángel"
[17] Recíprocamente, los miembros de estas organizaciones, muy disminuidas en la actualidad, prefieren darle la espalda a lo que, en su momento, fue la cara exterior de su tradición.
[18] Gershom Scholem, Op. cit.
[19] René Guénon, La metafísica oriental.
[20] Sihâboddîn Yahyâ Sohravardî, El encuentro con el ángel - Introducción de Agustín López Tobajas.
[21] René Guénon, Apercepciones sobre la Iniciación.
[22] Ernst Jünger, La emboscadura

lunes, 29 de junio de 2009

Sobre el vínculo de las imágenes



Quienquiera que logre abstraerse, al menos por un momento, de la abrumadora banalidad que sostiene el estilo de vida eminentemente profano, insustancial y mutable, al que corrientemente somos impulsados, no podrá negar el enorme poder que las imágenes ejercen sobre la mente de las personas manipulando vilmente las voluntades y condicionando seriamente la percepción de las cosas, acentuando aún más la solidificación materialista propia de estos tiempos. Donde sea que nos encontremos, esas aberrantes creaciones de los medios masivos de comunicación nos llegan desde todas las direcciones, atacando muchas veces de forma prácticamente imperceptible como una especie de magia que bien podríamos calificar de satánica puesto que apunta fundamentalmente -en una completa inversión de valores- a posibilidades individuales de orden inferior que encadenan al hombre por medio de fantasías e ilusiones que no hacen sino convertirlo en un animal consumista, servidor de un mundo que acaba por volverse en su contra al mostrar una faz hostil y monstruosa. Esta ciencia tradicional desviada completamente de los principios metafísicos que debieran sustentarla -y sin los cuales no es más que unas perversa parodia- es la base de los complejos artilugios empleados a lo largo de la historia para la dominación de las masas.

Cuan diferente es todo esto a la meditación y contemplación en aquellas imágenes tradicionales que resuenan con un eco especial dejando una huella indeleble en el alma que, como un recuerdo cualitativamente intensificado, nos permiten reconocer nuestra parte olvidada penetrando en lo invisible y eterno, haciendo que el mundo, esencialmente simbólico, nos revele su verdadero rostro.

Las imágenes también permiten atraer, por la confección de determinados sellos y talismanes, el influjo de las potencias celestes o bien, servir análogamente como herramienta y principal soporte para el Arte de la Memoria, técnica que propone la conversión de la mente humana en un receptáculo, asimilándola con el espejo de la naturaleza universal. "Es imposible pensar sin imágenes", afirmaba Aristóteles; las posibilidades de éstas son indefinidas porque indefinidas son las posibilidades del alma: una simple bestia o un ser divino, el hombre puede serlo todo o colocarse incluso por encima de todas las cosas, pues ha recibido, como diría Pico della Mirándola, "simientes de toda especie y gérmenes de toda vida. Y según como cada hombre los haya cultivado, madurarán en él y le darán sus frutos."


Giordano Bruno en sus tratados sobre Magia nos habla de los vínculos que son creados con las fuerzas que derivan de los torsos demoníacos (o daimónicos) de las cosas, algunos de los cuales pueden penetrar directamente y en forma sutil en los individuos a través de los sentidos, tal es el caso de los vínculos por la vista cuyas consideraciones son transcriptas a continuación.

Ciertamente, no carece de heroísmo la postura del mago quien, además de conocer y dar nombre a los demonios, deberá tener un profundo conocimiento de los vínculos capaces de plegar el universo en haces de conjunciones copulativas, en sus diferentes niveles, a fin de no dejarse arrastrar por ellos y obrar con eficacia utilizándolos en su favor para religar el mundo inferior con el divino por la mediación de su arte.



También por la vista se vincula el espíritu, como ya ha sido señalado por todas partes, siempre que las formas comparezcan ante los ojos de una u otra manera. De aquí que las fascinaciones activas y pasivas nazcan de los ojos y por los ojos entren; de ahí aquello [del poeta]: "No sé quién fascina con sus ojos a mis tiernos corderos" [1]
Asimismo la especie de lo hermoso hace saltar el afecto del amor; [la especie] de lo contrario [hace saltar] del odio y la abominación. Y a través de las afecciones del alma y del espíritu algo se infunde en el propio cuerpo, que se halla bajo el gobernalle del alma y la dirección del espíritu. Hay también otras especies de afectos que entran por los ojos y al punto afectan de alguna manera al propio cuerpo; así, pues, algunos rostros tristes -como siendo las causas manifiestas- nos llevan a la tristeza, a la compasión, al pesar.
Hay otros que introducen por los ojos en el alma y en el cuerpo las peores impresiones, pero no conmueven por aquellas cosas que podríamos pensar, sino que lo hacen, y muy eficazmente, por la variedad del espíritu y el alma; ya que, aunque una sola alma hay en todo el cuerpo, y todos los miembros sirvan a una solamente, sin embargo, por ser un espíritu entero el que vivifica al todo, al alma entera y a las partes del todo, por eso la razón de muchas afecciones espirituales hay que referirlas a algo diferente que en nosotros conoce y vive, al cual le afectan y perturban cosas que a a nosotros mínimamente nos afectan y perturban. Y a veces nos alcanzan y dañan más perjudicialmente cosas cuyos golpes no sentimos que [otras cosas] cuyos golpes sentimos; así mismo [a veces] la visión de muchas cosas y la introducción de especies a través de los ojos no producen sensación perturbadora en las potencias sensitivas externas y abiertas, pero llegan a afectar incluso letalmente cuando entran más profundamente, habiendo de referir su sentido inmediato al espíritu interno como si [se tratase de] otro sentido y animal. Por ende no nos opondremos con ligereza a algunos platónicos y a todos los pitagóricos, que asignan a un solo hombre muchos animales como por sí mismos vivientes[2]; muriéndose a veces uno o el primero de ellos, los otros [empero] por largo tiempo sobreviven.
Por eso es patente la estupidez de quienes juzgan que solamente nos dañan y afectan las especies visibles de aquellas coass que a las claras perturban el sentido y el ánimo; piensan de manera semejante a alguien que creyese que sólo le dañan los golpes que siente o que siente más, pese a que, sin embargo, hayamos experimentado que la punzada de una aguja o de una espina que pellizca la piel inflige más molestias y dolores que una espada que nos atravesase de parte a parte, cuyos efectos más graves sentimos más tarde, no teniendo sin embargo sensación de la lesión en el momento en que penetraba las partes del cuerpo. Así, en verdad, muchas cosas entran furtivamente por los ojos y cautivan los espíritus para ruina del alma, aun cuando no sean más que objetos ligeros los que introduzcan la perturbación. Así la visión de ciertos gestos, afectos o movimientos nos impulsa a llorar; para algunos el espectáculo del derramamiento de sangre ajena o la incisión de un cadáver les provoca un desvanecimiento. La causa de esto no es ninguna otra más que la afección que vincula por medio de los ojos.

[1] Cfr. Virgilio, Égloga, III, v 103.
[2] Bruno, junto con los pitagóricos y con algunos platónicos, propone una concepción del hombre como dónde. La real especulación del hombre es precisamente su convertibilidad a todo, su ser el punto de encuentro de las fuerzas del universo. El hombre pasa así a ser la diversión de su rostro. Todos los rostros, todas las máscaras están en él; sólo falta que las actualice.

Giordano Bruno, Mundo, Magia, Memoria. Edición de Ignacio Gómez de Liaño. Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1997.

sábado, 9 de mayo de 2009

Dulce oscuridad

El Lucero del alba, Alphonse Mucha, 1902.


Herida abierta impregnada de veneno

amarga letanía de sueños inconclusos;
palabras, ilusiones, recuerdos;
promesas incumplidas
dibujadas en la arena.

Lágrimas negras en la noche de Saturno,
esperanza envejecida,
resquebrajada como hojas amarillas.

Todo se desvanece,
se marchita, se pudre,
gira y se confunde
en las aguas cenagosas del olvido.

Envuélveme,
deliciosa nube de sagrada vacuidad,
destruye el mutable envoltorio,
monstruosa barrera
que me separa de lo eterno,

y ya nada,
nada podrá llenar
esa copa
que todo lo contiene.

Sólo mi amada quedará.
Sólo ella,
brillando como el Lucero
en la dulce oscuridad.

miércoles, 1 de abril de 2009

Parzival. El comienzo del peregrinaje


Esto también es para ella, preciosa hada del jardín de los misterios,
porque mis palabras le pertenecen.

"Él derramó lágrimas de sangre, '¡Oh, sí, ese soy yo! Durante treinta años me he separado del mundo y ocupado mi tiempo en adoración ¡pero mi corazón todavía le pertenece al mundo! Mi maestro vive rodeado de riquezas, pero no tiene ni una gota de éste mundo en su corazón: ni sus amores ni sus preocupaciones. ¡Oh Muhyiddin, esa es la diferencia entre él y yo!'"
Muhyiddin Ibn 'Arabi

Para seguir penetrando en el esoterismo de la gesta del Grial, en esta ocasión, nos referiremos a la primera etapa de la vida de Parzival, concretamente, a los años vividos junto a su madre, la bella reina Herzeloyde, hasta el acontecimiento clave que propiciará el alejamiento de su hogar, el comienzo del peregrinaje impulsado por la añoranza de su origen.

La dama, terriblemente apenada por la muerte en batalla de su esposo, el rey Gahmuret de Anjou, descendiente del rey Mazadan y el hada Terdelaschoye, decidió abandonar sus tres reinos y retirarse al bosque, para vivir en un lugar solitario llamado Soltane junto a su pequeño hijo y un grupo de sirvientes que se encargarían de cultivar la tierra y roturar el bosque. Su objetivo era proteger al niño de los peligros del mundo, alejándolo del modo de vida de la corte real y brindándole una educación elemental, propia del campesino mentalmente más limitado, a fin de evitar que corra la misma suerte de su padre, entregado a las exigencias y desventuras de la caballería. Sus esfuerzos por retenerlo serán finalmente vanos, como lo veremos más adelante.
Sólo aprendió a cazar con arco y flecha y luego a lanzar un venablo. La instrucción religiosa brilló por su ausencia, pues recordemos que, en principio, ni siquiera había oído hablar de Dios. Las condiciones estaban dadas para que el muchacho se desarrolle condicionado por los estrechos márgenes impuestos por su castradora madre, para que jamás entre en contacto con una armadura y no pueda vislumbrar siquiera un ápice de la gloria que alcanzaron sus heroicos antecesores.

Algunos rasgos de esta historia nos pueden resultar familiares, pues nos recuerda, hasta un cierto punto y salvando grandes distancias, el relato biográfico espiritual del príncipe Siddhârta incluido en el Barlaam y Josafat, que mencionaremos brevemente.

Siddhârtha, también nació en una familia de nobles, fue hijo de un Rajá del clan de los Sâkya, por lo que más tarde sería conocido como Sâkyamuni. Poco después de su nacimiento, un brahmán vaticinó que podría convertirse tanto en un gran gobernante como en un eminente maestro espiritual. Su padre, que deseaba verlo ascender al trono, hizo todo lo que estuvo a su alcance para aislarlo de los hechos desagradables de la existencia que podrían inclinarlo a optar por el sendero de la espiritualidad, dándole una educación elevada, rodeándolo de riquezas y colmándolo placeres mundanos, aislándolo, en definitiva, de la dura realidad del mundo que lo rodeaba, prefigurando así, el destino del joven príncipe. Al igual que en el caso de la reina Herzeloyde, los esfuerzos del padre resultarán infructuosos.

Notaremos, como ya puede preverse, que si bien existe una sugerente similitud en la estructura, hay una diferencia radical en la perspectiva de ambos relatos; diferencia que no implica en absoluto, digámoslo de paso, la negación de las innumerables correspondencias que podremos encontrar conforme vayamos profundizando en el conocimiento de estas doctrinas, como es natural, dada la unidad esencial de todas las tradiciones -lo que no tiene por qué conllevar una rígida uniformidad entre ellas-, ni, mucho menos, poner una tradición por encima de la otra.

Un día, Siddhârta decide dar un paseo para satisfacer su avidez por conocer los alrededores del palacio y, pese a los artificios tendidos por su familia, a lo largo del trayecto se cruza con un enfermo, un anciano y un cadáver transportado en su cortejo fúnebre. Acaba de descubrir el sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte; estos son los signos que despertarán su experiencia, la revelación que cambiará súbitamente su percepción de las cosas.
No entraremos en detalles sobre el intricado curso que tomó su vida de aquí en más, porque excedería el alcance de este artículo.
Para el Budismo hinayana, lo que descubre en su vivencia, es que es el ser, el existir lo que en sí mismo es sufrimiento. Esto lo llevaría, luego de recorrer un arduo camino, a enunciar las Cuatro Nobles Verdades:

-La verdad del sufrimiento.
-La verdad del origen del sufrimiento.
-La verdad de la cesación del sufrimiento.
-La senda que conduce al fin del sufrimiento: el óctuple sendero.

En Parzival, por el contrario, el comienzo de su aventura tiene lugar cuando descubre repentinamente la belleza del mundo, belleza que su madre le había vedado y entonces, siguiendo el anhelo por reencontrar su verdadera naturaleza, decide romper definitivamente los lazos que lo aferraban a su limitada vida profana, intuyó en lo íntimo de su corazón, y más allá de su rudimentario conocimiento, que el mundo clamaba ser restituido a su majestuosidad sempiterna y que él, al igual que su padre, podría ser parte de esta misión.
Durante la niñez se presentaron las primeras señales que despertarían el temor de la reina; se sintió conmovido, embelesado y embargado por una emoción desbordante al escuchar el canto de los pájaros, lo cual nos da pie para hacer algunas consideraciones.
Citando el relato de Wolfram von Eschenbach [1], sabemos que

...con sus propias manos se hizo un arco y unas pequeñas flechas, con los que abatía a los muchos pájaros que encontraba. Pero siempre que acertaba a un pájaro que antes había cantado muy fuerte, lloraba y se mesaba el cabello, y se vengaba con su pelo. El joven era bello y extraordinario. Todas las mañanas se lavaba en el río del prado. No conocía la tristeza, a no ser por el canto de los pájaros, cuya dulzura penetraba en su corazón y le agrandaba su pequeño pecho. Bañado en lágrimas corría hacia la reina, quien le preguntaba: «¿Quién te ha hecho algo? ¡Ya estuviste allí, en el prado!». Y él no sabía contestar, como sucede a menudo a los niños.
La reina trató de desentrañar durante mucho tiempo este enigma, hasta que un día lo vio mirar fijamente a lo alto de los árboles y oír el canto de los pájaros. Observó que el pecho de su hijo se hinchaba al escuchar sus trinos. Se debía a la naturaleza que había heredado y a la añoranza. Sin saber por qué, doña Herzeloyde empezó a sentir odio por las aves y quiso enmudecer su canto. Mandó a sus labradores y a sus criados que se apresuraran a capturarlas y estrangularlas. Pero los pájaros fueron más rápidos y no todos murieron. Algunos quedaron con vida y siguieron cantando felices.
El joven preguntó a la reina: «¿Qué tienen contra los pajarillos?». Quería que los dejaran en paz enseguida. Su madre lo besó en la boca y dijo: «¿Por qué quebranto el mandamiento de Dios Todopoderoso? ¿Deben perder los pájaros por mi causa su alegría?».


Consideramos que esto bien podría ser una clara alusión al sublime "Lenguaje de los Pájaros", ese lenguaje cuya antigüedad, según Fulcanelli, se remontaría a Adán, que lo habría utilizado para imponer, según el mandato de Dios, los nombres convenientes, capaces de definir las características de los seres y de las cosas creadas. [1]
Leemos en el Corán: “Y Salomón fue el heredero de David; y dijo: ¡Oh, hombres!, hemos sido instruidos en el lenguaje de los pájaros y colmados de todo bien…” (XXVII, 15). [2]
Los pájaros, en diversas tradiciones, son tomados generalmente como símbolo de los ángeles. En efecto, el término árabe es-saffât designa literalmente a los pájaros, pero a la vez se aplica simbólicamente a los ángeles (el-malá'-ikah)[3].
Parzival se sobrecoge al percibir lejanos pero poderosos vestigios de la lengua angélica cuya dulzura penetraba en su corazón, alcanzaba, quizá sin comprenderlo, el medio por el que podría entrar en comunicación con las formas epifánicas del mundo sutil.

A pesar de lo que pudiera parecer, debido las condiciones en las que estamos inmersos en la actualidad, que no están demasiado lejos de ese exilio degradante al que fue llevado nuestro héroe, donde las facultades de percepción están atrofiadas y toda vía de acceso a lo sagrado parece haber sido ocultada y restringida, donde la ruta que conduce hacia el Centro del Mundo fue perdida totalmente de vista entre las ominosas ruinas de un pasado remoto, no debemos olvidar que "algunos pájaros siguen cantando felices", el espíritu sopla donde quiere y cuando quiere; siempre tendremos la posibilidad de restituir los símbolos a su verdadero valor, la posibilidad siempre es ahora, la puerta hacia esa otra visión del mundo puede ser abierta en cualquier momento por el buscador sincero que sepa cómo y dónde golpear.

Después de oír el amargo lamento de su madre, cuando ésta se cuestionó por qué debía quebrantar el mandamiento de Dios, el niño preguntó: «¡Ay, madre! ¿Qué es esto, Dios?» Entonces ella, por fin decide darle una somera explicación sobre la divinidad y algunas instrucciones para el comportamiento religioso, que no fueron ciertamente comprendidas por el rústico muchacho.

Pasaron los años, Parzival se había convertido un hábil cazador, y llegó el momento en que se operaría el comienzo de su transformación. Ese día fue a cazar, como de costumbre, y se cruzó con un grupo caballeros con relucientes armaduras ante los que quedó fuertemente deslumbrado, confundiéndolos con dioses.
Uno de ellos, el príncipe Karnachkarnanz, tomó la palabra para sacarlo de su error:
«No soy Dios, pero cumplo gustoso sus mandamientos. Si miras bien, verás aquí a cuatro caballeros».

El joven le preguntó: «Dijiste caballero. ¿Qué es eso? Si no tienes la fuerza de Dios, dime: ¿quién hace caballero?». «El rey Arturo. Doncel, si vais a su castillo, os otorgará el título de caballero y nunca os avergonzaréis de ello. Tenéis el aspecto de proceder de caballeros.»

El diálogo continuó hasta que los caballeros decidieron seguir su camino. Ya nada volvería a ser igual, algo se movía dentro de Parzival, algo que brotaba de su sangre. Por línea paterna estaba vinculado con el rey Arturo y, por añadidura, con los caballeros de la Tabla Redonda; por línea materna formaba parte del linaje del Grial, la jerarquía espiritual por excelencia, a la que finalmente accederá ocupando la posición más elevada. Era parte de su naturaleza, por derecho de nacimiento merecía formar parte de la caballería espiritual destinada a luchar por la regeneración cósmica. Aquí encontramos una afinidad evidente con el término árabe fotowwat o con el persa javânmardi, que implica a la vez las ideas de juventud y caballería. Designa a la juventud mística, juventud que escapa a los dominios del tiempo y en la que están actualizadas las perfecciones humanas y las energías espirituales. Quienes permanecen en contacto con el Grial, alcanzan efectivamente este estado, no envejecen jamás y, a través de este objeto, entran en comunicación con el Ser Divino, son los "Amigos de Dios", por medio de los cuales el mundo de la humanidad terrestre se comunica con el mundo superior invisible.
Henry Corbin explica, al comparar el ethos shiíta y zoroastriano con el ethos del Budismo y del exoterismo cristiano en general que

...para le ética zoroastriana ni el ser ni la manifestación del ser son una herida; más bien, el ser y la manifestación del ser han sufrido una herida; esta herida es la invasión de Ahrimán, invasión que se produce, en el zoroastrismo, cuando aparece la creación luminosa de Ohrmuzd y, en la gnosis shiíta, con la epifanía del Imam, en el origen de los mundos. [5]

No se trata de vivir el sufrimiento, la vejez y la muerte como pruebas con las que Dios somete al hombre; son derrotas que el Dios de la luz sufre en cada uno de sus miembros de luz y a las que se deberá hacer frente, sin resignación, siguiendo el ideal de la caballería.

Parzival, como los javânmardân, no buscará la reabsorción del mundo, sino de conducirlo a su transfiguración o rejuvenecimiento, al frashkart, en la terminología zoroastriana [6], luchará por restaurar su pureza primordial; lo que conseguirá luego de formular la "pregunta fatídica" a su tío, el rey Pescador, que le valdrá su coronación como nuevo rey del Grial. La regeneración no sólo tiene lugar en Munsalwäsche y a partir de ahí hacia el resto del Cosmos, sino que se realiza al mismo tiempo en el interior del propio caballero que se colocará en el Centro del Mundo, que es también el Centro del estado humano, la recuperación de la integridad edénica.

En un último intento por frustrar las aspiraciones de su hijo, Herzeloyde tratará de convertirlo en un objeto de burla vistiéndolo como a un bufón

La dama no sabía bien qué ardid emplear para apartarle de ese deseo. El joven, noble e inexperto, pidió insistentemente a su madre un caballo, de modo que el corazón de ésta se llenó de tristeza. Ella pensaba: «No se lo voy a negar, pero tiene que ser un rocín muy malo». Y la reina siguió meditando: «A la gente le gusta mofarse. Mi hijo llevara sobre su bello cuerpo vestidos de bufón. Cuando le tiren de los pelos y le den palos, seguro que volverá a mí». ¡Ay! ¡Cómo sufría!
La dama tomó tela de saco y le hizo una camisa y unos pantalones, ambos en una pieza, que le cubría hasta la mitad de la blanca pierna. Así se vestían los bufones. Arriba iba la capucha. De piel de becerro sin curtir le hizo dos botas de campesino, a la medida de sus pies.

Al bufón también se lo llamaba loco, aunque no lo fuera realmente; las vestimentas y el aspecto de "locura" presentan un doble simbolismo, como en el Arcano sin número del Tarot. Por un lado podría referirse a la sabiduría oculta bajo un disfraz que servía, en todas las formas tradicionales, a iniciados de alto rango cuando tenían que desempeñar en el exterior alguna "misión" especial [7]; pero, en este caso, sin perder de vista el contexto en el que es utilizado, nos contentaremos con decir que es representativo de su estado profano, de aquel que aún no sabe de dónde viene ni a dónde va, y marcha ciegamente sin conciencia del abismo al cual se podría precipitar. [8]

Ahora, deberá cruzar el bosque, el pasaje hacia otro mundo, el lugar de lo eterno, atestado de prodigios y seres maravillosos, de misterios y revelaciones, el lugar donde ocurrirán sus experiencias más significativas, el lugar donde iniciará su valeroso viaje a la estación del corazón...


[1] Wolfram von Eschenbach, Parzival.
[2] Fulcanelli, Las moradas filosofales,
[3] Citado por René Guénon en Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.
[4] René Guénon, op. cit.
[5] Henry Corbin, El hombre y su Ángel.
[6] Ibíd.
[7] Ver René Guénon, Iniciación y Realización Espiritual.
[8] René Guénon, Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.