"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



sábado, 29 de noviembre de 2008

Plegaria


Venerado Hermes,
divino maestro,
guía de las almas,
bondadoso señor,
toma mi mano temblorosa,
escucha el sórdido lamento
de quien implora tu ayuda.
Llévame hacia el interior del bosque,
te lo ruego.
Abandóname,
desnudo e indefenso.
Búrlate de mis despojos.
Hazme víctima de una broma sagrada.
Ayúdame a perderme,
si me he de volver a encontrar.
Ayúdame a olvidar,
porque en el olvido de lo efímero
mora el recuerdo de lo eterno;
y quien se olvida de las formas,
destruyendo su morada terrenal
vuelve a recordarse a sí mismo,
comprende que nada puede ser
sino por medio de lo Uno,
Supremo, Inifinito, Innombrable,
Aquello que realmente Es.

Toma mi mano,
divino maestro,
y ayúdame a perderme.

.·.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Regeneración

El viento te arrastró,
hasta una isla invisible.
El fuego, eterno, ineluctable,
quemó tu carne corrupta
El agua, pura y virginal,
limpió tus putrefactas heridas.
Sepultado, enterrado
en el más oscuro de los abismos.
Tierra húmeda, letanía olvidada.
Lóbrego sollozo,
de lágrimas y sangre.
Tres agónicos días
y un grito de liberación.
En el vientre de la Gran Madre,
negra matriz telúrica,
volviste a nacer.
Cuerpo regenerado,
doble corona
y hábito sacerdotal.
Niño de Oro,
la naturaleza se rinde a tus pies.
Oyes el canto de los pájaros;
gramática oculta,
lenguaje primordial.
El mundo conocido,
la gran ilusión,
ante tí todo se desvanece,
Hombre Verdadero,
Polo Celeste,
fuente de Luz.

.·.

domingo, 2 de noviembre de 2008

De cómo el amor del hombre queda maravillosamente transformado en la experiencia interior de esta nada y de esta falta de lugar

"La Nube del No-Saber", obra de un autor anónimo inglés del siglo XIV, es un pequeño (sólo por su extensión) tratado de oración contemplativa y es, a mi modo de ver, una verdadera joya de la sabiduría medieval. En un lenguaje ameno, con un afable tono religioso, el autor nos sumerge gradualmente en la vía de la contemplación, no limitándose sólo a cuestiones doctrinales sino que, a lo largo del texto, podemos encontrar instrucciones e indicaciones eminentemente prácticas y que, digámoslo de paso, no están demasiado alejadas de ciertas técnicas orientales.
Es notable la influencia ejercida por la obra de Dionisio el Areopágita en este maestro anónimo y se puede percibir que, tanto uno como otro,-y aquí también podríamos incluir al Cusano entre los autores más renombrados- forman parte de una misma cadena espiritual que no es otra cosa que la prístina esencia de la Tradición Cristiana. En esta entrada, compartimos un capítulo que merece la pena ser meditado con detenimiento. No obstante, y siguiendo los consejos del autor, recomendamos la lectura del tratado en su totalidad, pues puede ser una guía ciertamente útil para quienes se sientan "llamados a la contemplación".

Cuán maravillosamente se transforma el amor del hombre por la experiencia interior de esta nada y de esta falta de lugar. La primera vez que la contempla surgen ante él los pecados de toda su vida. No queda oculto ningún mal pensamiento, palabra u obra. Misteriosa y oscuramente han quedado marcados a fuego dentro de ella. A cualquier parte que se vuelva le acosan hasta que, después de gran esfuerzo, doloroso remordimiento y muchas lágrimas amargas los borra profundamente.
A veces la visión es tan terrible como el resplandor fugaz del infierno y se siente tentado a desesperar de verse curado y aliviado alguna vez de su penosa carga. Muchos llegan a esta coyuntura de la vida interior, pero la terrible agonía y falta de consuelo que experimentan al enfrentarse consigo mismos les lleva a pensar de nuevo en los placeres mundanos. Buscan alivio en cosas de la carne, incapaces de soportar el vacío espiritual interior. Pero no han entendido que no estaban preparados para el gozo espiritual que les habría sobrevenido si hubieran esperado.
El que con paciencia mora en esta oscuridad será confortado y sentirá de nuevo confianza en su destino, ya que gradualmente verá curados por la gracia sus pecados pasados. El dolor continúa, pero sabe que terminará, pues ya va siendo menos intenso. Poco a poco comienza a darse cuenta de que el sufrimiento que padece no es realmente el infierno, sino su propio purgatorio. Vendrá un tiempo en que no reconozca en esa nada pecado particular alguno sino tan sólo el pecado como un algo oscuro, y esa masa informe no es otra cosa que él mismo. Ve que en él está la raíz y las consecuencias del pecado original. Cuando en otras ocasiones comience a sentir un maravilloso fortalecimiento y unos deleites inefables de alegría y de bienestar, se preguntará si esta nada no es, después de todo, un paraíso celestial. Vendrá, por fin, un momento en que experimente tal paz y reposo en esa oscuridad que llegue a pensar que debe ser Dios mismo.
Pero aunque piense que esta nada es esto o lo otro, seguirá siendo siempre una nube del no-saber entre él y su Dios.