"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



domingo, 28 de septiembre de 2008

"Bendito sea Dios que nos dió el entendimiento, insaciable en el tiempo, cuyo deseo como no tiene fin, conoce lo inmortal por encima de la corruptibilidad temporal, por su deseo insaciable temporalmente y sabe que no puede saciar su deseada vida intelectual más que en la fruición del óptimo e inmenso bien, que nunca defrauda, en el cual la fruición no pasa al pretérito porque no decrece en la fruición. Usando de un ejemplo corporal, es casi como si un hambriento se sentara a la mesa de un gran rey en donde por su deseo se le sirviera un alimento cuya naturaleza consistiera en que saciando, al mismo tiempo agudizaba el apetito, y que este alimento nunca faltase. Es evidente que el comensal se saciaría continuamente y continuamente apetecería el mismo alimento, y siempre se dirigiría deseosamente a él, y siempre sería capaz de ingerirle, pues la virtud de este alimento consistiría en mantener siempre inflamado el deseo del alimentado.

Es ésta, pues, la capacidad de la naturaleza intelectual, porque recibiendo en sí la vida, la conserva en ella misma según su naturaleza convertible. Como el aire transforma en luz los rayos que recibe del sol. Por esto, el entendimiento, como es una naturaleza incunable hacia lo inteligible, no entiende sino las cosas universales, incorruptibles y permanentes, porque la verdad incorruptible es su objeto, hacia el que se dirige intelectualmente, verdad que aprehende en la eternidad en la quieta paz de Cristo Jesús."

(Nicolás de Cusa, La Docta Ignorancia, Libro tercero)