"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



lunes, 14 de abril de 2008

San Juan de la Cruz, el poeta.

Aquí les dejo un pequeño fragmento del excelente prólogo al "Cántico Espiritual" (Estrada Editores, Buenos Aires, 1944) de San Juan de la Cruz, realizado por el célebre escritor argentino Leopoldo Marechal (1900-1970). En un próximo post seguiré compartiendo partes de este interesantísimo texto, pleno de lucidez y respeto por la Tradición.



EL POETA.- Si estudiamos a San Juan de la Cruz en su exclusiva fase poética (haciendo abstracción de la doctrina que se disimula en sus cantares, o bien ignorándola simplemente) veremos a un artista frente a su obra, dueño y señor de su obra por la virtud del arte humano. En tanto que poeta lo veremos traducir mediante la palabra ese "esplendor de las formas" o lustre ontológico que los escolásticos veían en toda hermosura: si logró hacer resplandecer las formas de su cántico, ha cumplido exactamente su moción de poeta; y exigirle otra cosa vale tanto como hacerle transponer los límites de la poesía.
De un modo análogo el lector, frente a los poemas de San Juan de la Cruz, puede ubicarse legítimamente en el solo punto de vista poético, siempre que se limite a descubrir y gozar el esplendor de las fórmas en ellos manifestado. Le será lícito decir, por ejemplo, que el Cántico Espiritual traduce un amor declarado mediante vivas figuras poéticas, en cuya belleza el lector así condicionado se detiene, sin preocuparse de cualquier otro sentido que puedan encerrar dichas figuras. Pero si ese lector, evadiéndose de los límites poéticos en que se movía legítimamente, pretendiera luego llevar su juicio profano a los otros sentidos del poema, merecería sin duda la reprobación de los teólogos, y a su actitud correspondería muy exactamente el calificativo de "profanatoria".
Esa irrupción de la crítica "literaria" en territorios que debieran serle vedados ha sido frecuente, por desgracia, en los últimos tiempos, y ha falseado (si no hecho imposible) la inteligencia de nuestros escri­tores místicos; digamos, ante todo, que la crítica li­teraria, moviéndose, como lo hace, en el sentido "literal" de los escritos, vale decir, en el de "la letra", está condenada por definición a equivocarse cada vez que especula con el sentido "espiritual" de los mis­mos. Y los frutos de su especulación acerca de la mística son harto conocidos: o bien, aferrándose al sentido literal de las palabras, les niegan cualquier otro en una valoración simplista muy del gusto de la época, o bien les improvisa, si no un sentido, al menos una explicación que gracias a la psicología moderna suele dar en lo pornográfico. Y así podríamos decir a los que niegan en los escritores místicos todo sentido que no sea el literal: ¡Ay de los que se quedan en el simple juego de las imágenes y en el brillo exterior de las formas! Los que intenten son­dear el cántico de San Juan de la Cruz, por ejemplo, deberán entender que cada una de esas imágenes y cada una de esas formas tiene, además de su valor literal. un valor simbólico no discernido por una in­teligencia caprichosa o inventado por una imagina­ción poética, sino universal y exacto como el lenguaje de las matemáticas. La letra sólo es el trampolín que nos permite dar el salto maravilloso del espíritu.
Y diríamos a los que les dan una explicación torcida: "Aquí se trata de un amor divino, y si se lo expresa en el idioma del amor humano es porque a nuestra condición presente sólo le es dable expresar lo supe­rior con lo inferior y lo divino con lo humano, y porque, además, existe analogía y correspondencia entre lo inferior y lo superior y entre lo humano y lo divino". Pero si hablamos de amor es porque ha llegado la hora de abandonar al poeta y considerar al místico.

2 comentarios:

Pola dijo...

Es el valor simbólico el que fundamenta el arte verdadero, que se convierte así en instrumento puesto al servicio de la expresión de lo que está más allá de ella. Cuando es bueno de verdad su hermosura se percibe en sus formas, pero también se intuye -más o menos profundamente- lo que está más allá de ellas. A no ser, claro, que se tenga atrofiado el "sentido" para aprehenderlo, cosa que por desgracia no es extraña y a veces menos en los que han sido adoctrinados en un tema y acaban pasándolo todo por el filtro de la deformación profesional. Por eso no es extraño ver a un neurólogo tratando de explicar las experiencias místicas por ataques en ciertos lóbulos del cerebro, o las visiones por medio de migrañas. O bien como dice el texto, interpretar motivaciones psicológicas de lo más perversillo...

Me quedo a la espera de la continuación.

Un abrazo.

Sahaquiel dijo...

Es el problema de la "cultura profana", como diría el gran metafísico francés, acostumbrada a criticar el arte por el arte mismo con objetivos meramente estéticos, tan propio de estos últimos tiempos, lo que impide la comprensión del verdadero Arte.
Sobre ciertas interpretaciones perversas, ¿qué podemos decir? ¡¡¡¡Si hasta se llegó a sugerir que la Divina Comedia es el resultado del consumo de alucinógenos sumado a las fantasías eróticas de un "viejo verde"!!!

Un abrazo.