"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



miércoles, 16 de abril de 2008

San Juan de la Cruz, el místico.

Aquí está la segunda parte del magnífico prólogo de Leopoldo Marechal que continuará en el próximo post donde se aborda, con una claridad excepcional, el delicado tema de la "Inteligencia Mística". Espero que lo disfruten.


EL MÍSTICO.- Si San Juan de la Cruz es un místico, no lo es por el hecho de habernos deja­do admirables lecciones de teología mística (en tal caso no sería más que un teólogo), sino por haber realizado él mismo y efectivamente la experiencia mística, el ascenso difícil, el viaje amoroso que une al Amante con el Amado. Entre un teólogo y un místico suele mediar la distancia que hay entre la teoría y la práctica; y digo que "suele", porque no todos los teólogos místicos logran realizar el viaje. Los poemas de San Juan de la Cruz refieren esa maravillosa experiencia: o son itinerarios del viaje (como la Subida del Monte Carmelo, en la que "se contiene el modo de subir hasta la cumbre de él, que es el alto estado de la perfección, que aquí llaman unión del alma con Dios") o son, como el Cántico Espiritual, una versión "ad extra" del cántico sin palabras que modula el santo en la intimidad de su ser, ante las maravillas que su experiencia de amor le va revelando. La mi­rada profana buscaría inútilmente una teología en esos desfiles de imágenes vagas y de figuras aparentemente ininteligibles, si el propio San Juan de la Cruz, ante nuestros ojos asombrados, no les diera un sentido cabal, una explicación clarísima en las De­claraciones que escribió más tarde sobre el texto de sus poemas. Pero, ¡cuidado! Al dar a sus canciores una interpretación racional y discursiva, San Juan de la Cruz no deja de advertir en ella una disminución de sentido. En el prólogo de su Declaración al Cán­tico Espiritual dice textualmente: "sería ignorancia pensar que los dichos de amor e inteligencia mística, cuales son los de las presentes canciones, con alguna manera de palabras se pueden bien explicar". Es que la inteligencia mística, por su modo de conocer y el objeto de su conocimiento, es inefable en el sentido etimológico de la palabra, y sólo consigue expresar aproximaciones de sí misma con figuras que, según dice el santo, "antes parecen dislates que dichos pues­tos en razón, según es de ver en los divinos Cánticos de Salomón y en otros libros de la divina Escritura, donde, no pudiéndose dar a entender la abundancia de su sentido por términos vulgares y usados, habla el Espíritu Santo misterios en extrañas figuras y se­mejanzas". Luego vendrá la explicación de las mis­mas hecha por los santos doctores. Pero - agrega San Juan - aunque mucho dicen y más digan, nunca pueden acabar de declararlo por palabras, así como tampoco por palabras se pudo ello decir; y así, lo que de ello se declara, ordinariamente es lo menos que contiene en sí".
No puede ofrecerse una idea más acabada de la condición inefable del conocimiento místico, y las advertencias de San Juan de la Cruz a ese respecto serían una contestación admirable a los filósofos que niegan la posibilidad de tal conocimiento sólo porque no le sea dado expresarse en forma racional. Pero ya volveré a esta materia en otro párrafo. Lo que nos es posible deducir ahora es que la inteligencia mística, siendo inefable en sí, puede manifestar un resplandor de sí misma por medio de figuras y semejanzas, lo cual significa ya una primera disminución; y que la exégesis racional de dichas figuras, por más luminosa que sea, entraña una disminución segunda con respecto a la inteligencia mística en sí. Estas consideraciones pueden resultar saludables para el lector que, habiendo alcanzado teóricamente el sentido místico de los poemas de San Juan de la Cruz, caiga, no en la tentación, sino en la ilusión de creerse llegado a la plenitud de la verdad que en ellos se manifiesta. Ya dije más arriba que entre el conocimiento racional del teólogo y el conocimiento experimental del místico hay una distancia que bien podemos calificar de infinita; y salvar esa distancia es realizar el místico viaje. Pero el arte humano, circunscripto a sus propias fuerzas, nunca podría realizarlo, si el hombre, sabiéndolo al fin y renunciando a las vías del humano arte, no se ofreciese como una materia dócil a las operaciones del arte divino. Porque el santo es una obra de Dios.
Con todo (y ya que me referí a un horizonte poético y a uno teológico dentro de cada uno de los cuales el lector puede ubicarse legítimamente), ¿no habrá en los poemas de San Juan de la Cruz un tercer horizonte, aquel sentido enigmático que los anti­guos llamaban "anagógico" y cuya inteligencia, según parece, adelantaba una visión directa de la verdad? La madre Isabel de la Encarnación, respondiendo a una encuesta compulsatoria que la calumnia hizo abrir en 1617 sobre la vida y la obra del santo, dice que los escritos de San Juan de la Cruz tienen "una claridad maravillosa"; y define luego esa claridad como cierta "luz muy cálida que recoge y abrasa de amor". ¿No se referiría la madre Isabel a un sentido anagógico de los Cánticos? [1] Sea como fuere, la inteligencia de tal sentido ha de requerir sin duda una preparación espiritual nada corriente.

[1] Etimológicamente la palabra anagogia significa más o menos "guiar o conducir a lo alto"; y el sentido anagógico de una escritura parecería dirigirse a la inteligencia proponiéndole, no un conocimiento discursivo ni un conocimiento poético de la verdad, sino una realización más alta que daría en lo verdadero mismo y no en sus aproximaciones.

3 comentarios:

Núria dijo...

Son varias las sensaciones que he tenido al leer este texto. Una la de reconocer un lenguaje concreto que es aquel que nos hace intuir otras realidades trascendentes.

También se refleja en este escrito una necesidad de transmitir un pensamiento y de aclararlo, como hizo Guénon, de quién se alimentó. En realidad Marechal habla del simbolismo como un medio empleado por la Filosofía Perenne para transmitir verdades inexpresables. Por eso se refiere a los textos de la literatura tradicional, como son los Cánticos de Salomón, los de San Juan de la Cruz, o las Escrituras, como libros simbólicos que necesitan intérpretes en cada época para que su contenido sea comprendido, es decir vivificado.

Es lo que en algunas simbólicas se conoce como la cadena de unión o hilo de oro de la Tradición, que une todos los tiempos en un solo tiempo siempre vivo, es decir, eterno.
Te agradezco especialmente estos escritos.

Sahaquiel dijo...

Querida Nuria: Muchas gracias por tus amables y siempre esclarecedores comentarios.
Espero que el nuevo post también sea de tu agrado.
Un abrazo.

CintiTa dijo...

hola!! GRACIAS POR TU VISITA!! y por tu comentario, saludos.- HASTA PRONTO!!