"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



lunes, 24 de septiembre de 2007

Risa Sagrada

Cuando hablamos de las sucesivas etapas que debemos transitar en el camino iniciático, en la búsqueda de una conexión con la verdadera Espiritualidad, se suele dejar de lado un aspecto importante y, en determinadas circunstancias, necesario para encontrar el equilibrio y la armonía en nuestro trayecto. No debemos olvidarnos del sentido del humor, una maravillosa herramienta que nos impulsará ineludiblemente hacia los dominios de la risa; ese bálsamo prodigioso que cura las heridas, que nos libera de tensiones y de estados nebulosos de la mente. La risa no se puede forzar, surge cuando se rompe una estructura lógica y permite detener la identificación con elementos propios de nuestra contingente individualidad y, por lo tanto, ilusorios. El sentido del humor está presente en grandes Tradiciones y desempeña un papel de relativa importancia en la transmisión de ciertas enseñanzas. Recordemos, por citar sólo un ejemplo, las increíbles ocurrencias del Mulá Nasrudin y reflexionemos sobre la sabiduría implícita en estos cuentos breves y graciosos.

Esto es lo que dice Federico González en El Tarot de los Cabalistas:

El sentido del humor

Es importante indicar que en los arduos trabajos a que se ve ceñido un alquimista, puede éste contar con un bálsamo catártico a veces tan purificador como la penitencia. Nos referimos expresamente al "sentido del humor" que es un auxilio y un refugio y más que eso aún: una energía benéfica y también disolvente que viene a confortarle y por sobre todo a auxiliarle en momentos en que es sumamente difícil enfrentar determinadas concepciones y modos de actuar generalizados, los que a veces tocan lo grotesco o rayan en un delirio estrafalario. Muchas situaciones de la vida pueden ser llevadas más levemente con "sentido del humor", y ese mismo sentido enmienda ciertos entuertos y gruesos laberintos en los que podríamos perdernos. Dentro de la gravedad y solemnidad de los temas y la realización que proponen los naipes del Tarot el no tomarse en "serio" en determinados momentos, ni a nosotros ni a nuestra problemática, produce una inmediata levedad que nos reubica en nuestro camino. Esta es una manera sencilla y útil de poder sobrellevar determinados excesos y pesadeces que al emanar de nosotros mismos pueden ser combatidos gracias a la liviandad y ligereza de una actitud por momentos humorística. De otro lado es claro que no se trata de ir ahogándose contínuamente en buches de risa. Pero a veces es sumamente reconfortante la alegre y sonora explosión de unas carcajadas oportunas.

De hecho, muchos iniciados toman las formas de verdaderos bromistas, como lo señala René Guénon en "Initiation et Réalisation Spirituelle", aunque este modo, de apariencia extraña para los prejuicios y aspiraciones de la clase media y del mercado de consumo, no sea del todo bien recibido, así como tampoco las concepciones de un mago y el comportamiento chamánico, los que no suelen ser del gusto del mundo oficial.

El maestro del Tarot hereda los alegres colores de los naipes y las actitudes despreocupadas, o por ventura desenfadadas, de El Mago y El Loco, más mercuriales que saturninas, gestos emparentados con los juglares y trovadores medioevales de la Provenza –y también de Italia y España–, una de cuyas ciudades más importantes, Marsella, nos legó la baraja esotérica.

Ahora me pregunto, ¿sirve de algo la negación, muchas veces forzada, de la risa -o de causas que llegarían a provocarla- en situaciones graves, adversas o inesperadas que podrían hundirnos en la melancolía y la desesperación? Parece ser que la sociedad acepta como norma general evitar determinantemente la risa en momentos donde sólo está permitido llorar o lamentarse por cuestiones de difícil o imposible solución...

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Isis y Tifón

Atanasius Kircher, Isis según la descripción de Apuleyo. 1652

Transcribo un pequeño y sugerente fragmento del Capítulo 40 del clásico Isis y Osiris, considerado como parte de la tradición hermética, del historiador y filósofo neoplatónico Plutarco. Aquí vemos como Isis, luego de derrotar a su adversario, Tifón [1], decide dejarlo con vida, pues como principio destructor es necesaria su existencia en el mundo para asegurar la eterna renovación de todo lo manifestado por el principio creador.

"Cuando Isis hubo recobrado a Osiris y hubo activado el crecimiento de Horus desarrollando sus fuerzas por medio de exhalaciones, brumas húmedas y nubes, triunfó sobre Tifón, pero no le hizo perecer. En su calidad de soberana, diosa de la Tierra, no aniquiló por completo el elemento opuesto a lo húmedo; se contentó con desatarle, dejándole escapar, deseando, ante todo, mantener el equilibrio del mundo, porque el universo no estaría completo si el principio ígneo faltase y desapareciese".

[1] Tifón es el nombre con el que Plutarco designa a Set por su clara correspondencia con el dios griego.

martes, 4 de septiembre de 2007

La rosa de Paracelso.

Este es un breve cuento de Jorge Luis Borges; bello, mágico, sublime, impactante, como sólo su pluma podía concebirlo. Aquí, el autor, deja entrever parte de su interés por temas tradicionales y metafísicos y su sincera fascinación por el simbolismo.
El texto está inspirado en la singular y polémica figura del suizo Theophrastus Philippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, mejor conocido como Paracelso (1493 - 1541), célebre médico, alquimista y filósofo hermético.

La Rosa de Paracelso.

De Quincey, Writings, XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano. Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-, No recuerdo la tuya, ¿Quién eres y qué deseas de mí?
-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-, Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo,
-El oro no me importa -respondió el otro-, Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-Pero, ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que "hay" un Camino,
Hubo un silencio, y dijo el otro:
-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino,
-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.
-Ahora mismo -dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
-Eres muy crédulo -dijo el maestro- No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿ Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.
-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿ Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.
-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
-El atanor está apagado -repitió-- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.
-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa.
No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:
-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó, tembloroso:
-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retornó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

Jorge Luis Borges.