"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



miércoles, 28 de marzo de 2007

Meister Eckhart y el Vacío.

"Ningún recipiente puede contener dos tipos de bebidas a la vez: si tiene que contener vino, hay que echar forzosamente el agua. El recipiente tiene que estar limpio y vacío de todo. Y por eso, si quieres recibir en ti el gozo divino y a Dios, necesariamente tienes que echar las criaturas y apartarlas. Dice San Agustín: «Vacía para ser llenado, aprende a no amar para así aprender a amar, aparta la mirada para poder dirigirla». En una palabra: todo aquello que tiene que acoger y ser receptivo es necesario que esté vacío".

"Por eso cuanto más perfectas y puras son las potencias del alma, más perfecta y abundantemente reciben lo que acogen; y cuanto más reciben, mayor es su gozo y más son una sola cosa con lo que reciben, de modo que la parte superior del alma, despojada de toda cosa y sin nada en común con nada (sea lo que sea), acoge nada menos que a Dios mismo en la amplitud y la plenitud de Su ser. Y señalan los maestros que no hay placer ni deleite comparables a esa unión, esa interpenetración y ese gozo".

"Estar desnudo y pobre, no tener nada, estar vacío, eso transforma la naturaleza. El vacío hace que el agua remonte la corriente monte arriba y obra muchas otras maravillas de las que no hablaremos ahora".

"Si el hombre tuviese la posibilidad y la capacidad de vaciar por completo un recipiente y de mantenerlo vacío de todo aquello que pudiese llenarlo, incluso de aire, no cabe duda de que el recipiente renegaría de su naturaleza y la olvidaría, y el vacío lo elevaría hasta el cielo. Pues del mismo modo el estar desnudo, pobre y vacío de todas las criaturas eleva el alma hacia Dios".

(Fragmentos de
El Libro del Consuelo Divino de Meister Eckhart.)

Estos conceptos de Eckhart, tan cercanos a lo expresado en diversos textos de la Tradición Oriental, nos recuerdan claramente la necesidad de un
desapego de todo aquello que forma parte de nuestra percepción ilusoria de la realidad. Los objetos materiales, tal como los percibimos no son más que manifestaciones de una telaraña infinita de procesos en una danza eterna de creación y destrucción. El hombre se aferra a imágenes ilusorias y fijas, en un Universo eternamente cambiante y dinámico. Estas ataduras de la carne y la materia son el origen y la causa de todo sufrimiento. Sólo purificando nuestra mente y retornando a la desnudez edénica, restituiremos nuestra verdadera Naturaleza: el estado del Hombre Primordial. Cuando nos despojemos de toda carga psíquica, de falsos preceptos y dogmas, de fanatismos y pasiones, podremos ser verdaderamente conscientes de la Unidad de toda la Creación.

Aún queda mucho camino por recorrer...

martes, 20 de marzo de 2007

Nilap.

El joven soñador Nilap Suineg descansaba meditabundo frente al acantilado, acompañado únicamente por las dulces y caprichosas melodías de la Naturaleza, contemplando las lejanas estrellas, añorando las inconmensurables alturas del firmamento, lamentando la pequeñez de su ser frente a la inmensidad del Universo, despreciando las limitaciones de su cuerpo que lo ataban tristemente a la Tierra, sintiendo envidia por las aves y los insectos que desplegaban sus alas impetuosas, rebosantes de libertad.
Semerh, un vagabundo errante, viejo, de barba gris y enmarañada, cubierto por una túnica blanca, llena de polvo. El aspecto misterioso de sus ojos ocultaba una edad indescifrable. Un inefable peregrino de quien todos desconfiaban, pues tenía fama de nigromante y rara vez cruzaba palabra con mortal alguno. Se acerca con cautela hasta el chico y apoya una mano sobre su hombro. En la aldea, se murmuraba que estaba completamente loco y que de nada valía perder el tiempo intercambiando palabras con un idiota que día tras día se perdía en el bosque, tomando los caminos más extraños y peligrosos. Caminos que nadie se atrevía a cruzar.
Nilap, dubitativo y algo temeroso, se da vuelta y ve al anciano, con una pala en la otra mano, casi ignorándolo, con su mirada puesta en los astros.
-Semerh, ¿Qué... qué estás haciendo aquí?
- Hijo, si quieres elevarte hasta el cielo, comienza a cavar. -Dijo el viejo, y le entregó la pala.
- No entiendo qué pretendes. ¿Qué es lo que quieres?
- Sígueme. Confía en mí, como siempre lo has hecho.

Sabía que estaba en lo cierto. A diferencia de su familia y de sus ilusos amigos, él siempre creyó que en los labios del excéntrico ermitaño se escondía una sabiduría ancestral. Nunca supo encontrar una explicación racional, simplemente, así lo sentía.

Nilap lo sigue hasta el bosque. Una vez allí, caminan durante horas por un camino estrecho, y lleno de obstáculos, el preferido de Semerh.

- Semerh, ¿Puedes decirme hacia dónde nos dirigimos? Ya es tarde, debo regresar a la aldea, mi familia me está esperando.
- Ya casi llegamos.

Avanzaron unos metros más, cuesta abajo y el viejo se detuvo.

- Pequeño Nilap, escúchame con atención o lo lamentarás.
- Te... te escucho.
- ¿Ves esa caverna? Debes entrar, la tierra está floja, no será muy difícil cavar.
- ¿Qué me estás pidiendo?
- Que desciendas a las profundas entrañas de la tierra.
- Mis hermanos decían la verdad, estás loco. No debí perder el tiempo contigo..
- ¿Adónde vas?
- A mi aldea, mis padres están esperando.
- Ellos pueden esperar un poco más.
- No es así. Necesitan las monedas de oro que gané esta tarde, ayudando al herrero.
- ¿Qué monedas?

El rostro del joven palideció súbitamente al descubrir que su bolsa llena de dinero había desaparecido.

- ¡Viejo hechicero! Me las vas a pagar.. - Enfurecido, buscó inútilmente la daga que con tanto cuidado ocultaba entre la ropa.

- Jajaja. No necesitarás tanto metal dentro de la cueva.
- ¡Basta! Por qué... ¿por qué debo entrar ahí? - Las lágrimas cubrían sus mejillas temblorosas, jamás había sentido tanto miedo.

- No temas pequeño. En las profundidades hay un tesoro que nadie podrá quitarte una vez que te adueñes de él. Luego, devolveré tus cosas.

El vagabundo sonreía amablemente, sus ojos brillaban como la luna.

Sin más remedio, Nilap toma la pala y desciende a través de la fría caverna. Para su sorpresa, no tardó demasiado en encontrar un túnel muy amplio por el que podría transitar a paso firme. A lo lejos se veía una luz tenue, amarillenta.
Se acerca hasta ese lugar y sus ojos se deslumbran ante la belleza radiante de una hermosa, joven y voluptuosa mujer de cabello dorado, vestida con delicada ropa oscura, en el centro de un círculo de rocas. En sus manos, sostenía una enorme piedra negra. Ella, intempestivamente lanza una mirada ígnea y penetrante al asustadizo aventurero.

- Te estaba esperando, creí que nunca llegarías.
- ¿Quién eres?
- ¿No me reconoces, Nilap? No me sorprende.
- Tu cara es familiar.
- Claro que sí. Vamos, acércate. Quiero abrazarte, como nadie lo ha hecho.
- Yo.. eh...
- Ven aquí. Fundamos nuestros cuerpos. Sé que quieres ser uno conmigo. No podrás seguir negándote a los designios de la Naturaleza.

Desconcertado, se acerca tímida y prudentemente hasta el círculo. Una vez dentro la hermosa dama lo abraza con sensualidad y le entrega, con reverencia, la singular piedra, tan negra como la más tétrica de las noches, que el muchacho apretó contra su pecho. Un humo púrpura los envuelve, y el cuerpo de la doncella se desvanece en el aire.
Nilap sostenía la piedra, que ahora se tornaba blanca. Paralizado, sin comprender lo que sucedía. El aire frío atraviesa su rostro. El agua, que comienza a brotar desde el suelo, humedece sus pequeños pies. Siente el calor del fuego ardiendo en su corazón. La piedra se volvió roja, como la sangre.

De pronto, siente un dolor inenarrable en todo el cuerpo. Sus huesos se movían, su carne se desgarraba. La sangre brotaba de sus manos. Dos alas enormes nacieron de su espalda. La primera, cubierta de plumas negras, como las de un cuervo. La otra blanca y refulgente, tan brillante como la luz del sol. Todo a su alrededor comenzaba a desintegrarse. Ya no había cueva, ya no había oscuridad, sólo prevalecía la luz.

Finalmente, despertó. Pero ya no era el mismo, y su mundo tampoco. Ahora podía contemplarlo todo, desde las alturas.


Sahaquiel.