"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



martes, 4 de septiembre de 2007

La rosa de Paracelso.

Este es un breve cuento de Jorge Luis Borges; bello, mágico, sublime, impactante, como sólo su pluma podía concebirlo. Aquí, el autor, deja entrever parte de su interés por temas tradicionales y metafísicos y su sincera fascinación por el simbolismo.
El texto está inspirado en la singular y polémica figura del suizo Theophrastus Philippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, mejor conocido como Paracelso (1493 - 1541), célebre médico, alquimista y filósofo hermético.

La Rosa de Paracelso.

De Quincey, Writings, XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano. Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-, No recuerdo la tuya, ¿Quién eres y qué deseas de mí?
-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-, Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo,
-El oro no me importa -respondió el otro-, Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-Pero, ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que "hay" un Camino,
Hubo un silencio, y dijo el otro:
-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino,
-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.
-Ahora mismo -dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
-Eres muy crédulo -dijo el maestro- No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿ Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.
-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿ Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.
-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
-El atanor está apagado -repitió-- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.
-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa.
No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:
-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó, tembloroso:
-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retornó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

Jorge Luis Borges.

18 comentarios:

Mahatma dijo...

El mensaje que me deja es que podemos discutir y discurrir acerca del conocimiento, a través de nuestras creencias, pero no nos damos cuenta de lo que está más allá de nuestras creencias, de la Realidad. Sea que nos demos cuenta, o sea que no nos demos cuenta, la Realidad es. Decía Shakespeare en algún lado "En el cielo y en la tierra existen más cosas de las que pueda soñar tu filosofía"...

Te dejo un abrazo!

M.

Pola dijo...

El hecho de que la rosa es eterna, (así como todo en realidad en el Paraíso), me recuerda algo que leí hace poco en relación a la filosofía de Giordano Bruno. Explicaba que para Bruno uno era el ser, la materia, la forma, el acto o el alma, el principio inherente al mundo que forma y da figura a lo que existe, actuando continuamente en todo y por entero. En relación a si es posible algún cambio, Bruno proponía que no hay cambio que busque otro ser, sino otro modo de ser; así cada cosa tiene todo el ser, pero no todos los modos de ser.
Todo el ser está pues en la ceniza y la rosa; imposible devolverlo a la nada.

Renton dijo...

Maravillosa historia y geniales los comentarios...



:]

Pola dijo...

Por cierto, acerca de todo esto de la unidad, creo que os gustará esta pequeña reflexión que os dejo aquí:
http://nekamu.wordpress.com/2007/09/11/apunte-sobre-la-tabla-de-esmeralda
Saludos.

Sahaquiel dijo...

Mahatma: Gracias por el aporte. Hermosa cita de Shakespeare. Creo que en ese punto es donde entra en juego la Fe, para acercarnos a aquello que no logramos comprender plenamente.

Pola: Muy sugerentes las ideas de Bruno, como desarrollo de su pensamiento hermético. "Omnia ab uno et in unum omnia"... Gracias por el excelente comentario y por el link.

Renton: Así es, estos comentarios son un lujo.

Abrazos.

Vivi dijo...

hola Saha, pasé a saludarte!!!

Sahaquiel dijo...

Vivi: Siempre es un placer recibir tu visita. :)
Saludos!

Filousia dijo...

Buenísimo ¿me dejas hacer un enlace a esta entrada de Escuadra y Compás para ponerla en la sección textos completos de Philo Ousia? ¿si?
:-)

Sahaquiel dijo...

Filousía: Desde luego, no hace falta preguntarlo. :-)

irichc dijo...

He pasado tres años de mi vida pensando en el pecado original y nunca se me había ocurrido una forma tan bella de ilustrarlo: como el milagro de la apariencia.

Enlazo el cuento a mi blog.

Sahaquiel dijo...

Irichc: Bienvenido al blog...
Creo que Borges podía encontrar las palabras justas para decirlo todo de una forma bella.
Gracias por tu visita. Voy a darme una vuelta por tu blog.

Saludos

Juanarmas dijo...

Sahaquiel, gracias por el regalo y por lo que abre a la reflexión la pregunta del Maestro Borges. Hermoso cuento, estéticamente y en su simbolismo. Quizás, la esencia de la rosa es la misma que la del discípulo, todavía cargado de juicios y prejuicios..., quizás, la misma que la del propio Paracelso. Quizás, la esencia de la rosa impregna todo el aparente vacío en que se sostiene el mundo de las formas; quizás, hasta la cruz que -se nos enseña a creer- cargamos sólo por haber nacido y nos encierra en los ilusorios límites que conforman nuestro cuerpo. En ese quizás está la fe, la cual se ha de labrar y desenmarañar a fuego lento, una y otra vez, machaconamente... dentro.

Recibe un fraternal saludo,

Juan

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