"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



martes, 28 de noviembre de 2006

La voz del Maestro.

Una vez alguien dijo: "Cuando el discípulo está preparado, el Maestro se presenta ante él".

Muchas veces rondó por mi cabeza esta frase sin llegar a comprenderla realmente. Hoy, sin embargo, en virtud de experiencias personales, puedo asegurar su efectividad.

El misterioso Maestro está en nuestro interior, dormido y a la vez expectante, esperando el llamado silencioso del Espíritu. De este modo, cuando el discípulo está preparado para recibir una enseñanza, indefectiblemente llegará hacia él, en cualquier forma, por cualquier medio, sincronizándose con su vibración mental. La Enseñanza interna implica, por añadidura un cambio constructivo, una evolución, en cualquier aspecto de la vida y no se presentará necesariamente cuando la condición de cambio se manifieste, porque bien podrían repetirnos una y otra vez las claves de un determinado Conocimiento, sin que tengamos oídos para escucharlas, sin apropiarnos de ellas, comportándonos aborreciblemente como cerdos devorando perlas. Como bien lo expresó Hermes, el tres veces grande:
"Los labios de la Sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender"
.
Al ampliar la percepción del mundo, las Puertas del Templo de los Misterios se abrirán ante nosotros. Todo el Conocimiento Supremo reside en el Espíritu; la vía de acceso es el autoconocimiento, recordando aquello que alguna vez olvidamos, como lo señala Platón en los meandros del Menón; para cristalizarse, requiere de un estímulo, de una reminiscencia dirigida hacia el centro de nuestro Ser. Ese aliciente, que nos ayuda a despertar del letargo, es precisamente la voz del Maestro que nos habla dulcemente a través de los inefables arcanos de la Naturaleza.

Sahaquiel

sábado, 25 de noviembre de 2006

Nasrudin: Buscando la llave.

Muy tarde por la noche Nasrudin se encuentra dando vueltas alrededor de una farola, mirando hacia abajo. Pasa por allí un vecino.

- ¿Qué estás haciendo Nasrudín, has perdido alguna cosa?- le pregunta.
- Sí, estoy buscando mi llave.

El vecino se queda con él para ayudarle a buscar. Después de un rato, pasa una vecina.
-¿Qué estáis haciendo? - les pregunta.
- Estamos buscando la llave de Nasrudín.
Ella también quiere ayudarlos y se pone a buscar.

Luego, otro vecino se une a ellos. Juntos buscan y buscan y buscan. Habiendo buscado durante un largo rato acaban por cansarse. Un vecino pregunta:

- Nasrudín, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?
- No, dice Nasrudín
- ¿dónde la perdiste, pues?
- Allí, en mi casa.
- Entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí?
- Pues porque aquí hay más luz y mi casa está muy oscura.


Idries Shah.

martes, 21 de noviembre de 2006

El Amor como factor en el Pensamiento Científico.

[...] La ciencia, armada con su telescopio y microscopio, busca arrebatar los secretos de la creación de los altos cielos y de las profundidades de la tierra. Pero edad tras edad van quedando los secretos del cielo y de la tierra inviolados. El alma de la naturaleza hace su llamado al científico, pero éste no lo escucha, porque sólo el alma puede oír la voz del alma. Por lo tanto, si el hombre desea descubrir el lado invisible de la naturaleza, debe invocar la ayuda de la parte invisible de él mismo. Lo visible discierne lo visible; lo invisible, lo invisible.

Si buscáis esa iluminación de las facultades de la mente que perciba con mayor claridad los supremos secretos del origen y destino humanos, estad seguros, primero, de que vuestros corazones albergan sólo los más elevados motivos, la más inegoísta de las aspiraciones.

No dejéis nunca de tomar cada labor con una mente amplia y los ojos abiertos. Si tenéis una noción mezquina de vosotros mismos, la voz débil de la hierba será inaudible. Sin embargo, si vosotros os mantenéis muy tranquilos íntimamente, escuchando muy cerca, hablando suavemente y preguntando con humildad, recibiréis la respuesta - respuesta que escapará por siempre al discernimiento del científico dogmático, quien no puede “volverse como un niño” y escuchar la voz de la naturaleza a través de su legión de partes, las cuales, en su conjunto, elaboran la vida del universo.


Manly P. Hall (La Cultura de la Mente)

domingo, 12 de noviembre de 2006

Tradición e Inconsciente.

En este importante e interesante artículo, René Guénon nos habla de los peligros de la subversión antitradicionalista desarrollada en la ilusoria teoría del "Inconsciente Colectivo", en la que se atribuye un origen meramente humano (y naturalmente inferior) a los Símbolos de la Ciencia Sagrada; lo que indica, en cierto modo, una suerte de contradicción, puesto que la negación de un origen no-humano o supraconsciente nos conduce inevitablemente a la imposibilidad de trascender los límites de la modalidad individual. Es un hecho digno de remarcar que, en la actualidad, estas ideas siguen cobrando fuerza, demostrando el carácter anti-iniciático de la sociedad moderna.

Saludos.

TRADICIÓN EINCONSCIENTE

Hemos expuesto ya en otra parte el papel del psicoanálisis en la obra de subversión que, sucediendo a la “solidificación” materialista del mundo, constituye la segunda fase de la acción antitradicional característica de la época moderna en su totalidad . Es preciso que volvamos aún sobre este asunto, pues desde hace algún tiempo notamos que la ofensiva psicoanalista va cada vez más lejos, en el sentido de que, dirigiéndose directamente a la tradición so pretexto de explicarla, tiende ahora a deformar su noción misma del modo más peligroso. A este respecto, cabe hacer una distinción entre variedades desigualmente “avanzadas” del psicoanálisis: éste, que había sido concebido primeramente por Freud, se encontraba todavía limitado hasta cierto punto por la actitud materialista que él se proponía siempre mantener; por supuesto, el psicoanálisis no por eso dejaba de tener ya un carácter netamente “satánico”, pero por lo menos ello le vedaba todo intento de penetrar en ciertos dominios, o, aun si a pesar de todo lo pretendía, no lograba de hecho sino falsificaciones harto groseras, de donde confusiones que era aún relativamente fácil disipar. Así, cuando Freud hablaba de “simbolismo”, lo que él designaba abusivamente así no era en realidad sino un simple producto de la imaginación humana, variable de un individuo a otro, y sin nada de común verdaderamente con el auténtico simbolismo tradicional. No era sino una primera etapa, y estaba reservado a otros psicoanalistas modificar las teorías de su “maestro” en el sentido de una falsa espiritualidad, con el fin de poder, por una confusión mucho más sutil, aplicarlas a una interpretación del simbolismo tradicional mismo. Fue sobre todo el caso de C. G. Jung cuyas primeras tentativas en este dominio datan ya de hace bastante tiempo ; es de notar, pues resulta muy significativo, que para esa interpretación partió de una comparación que creyó poder establecer entre ciertos símbolos y algunos dibujos realizados por enfermos; y ha de reconocerse que, en efecto, estos dibujos presentan a veces, con res-pecto a los símbolos verdaderos, una suerte de semejanza “paródica” que no deja de ser más bien inquietante en cuanto a la naturaleza de lo que los inspira.
Lo que agravó mucho las cosas es que Jung, para explicar algo de lo cual los factores puramente individuales no parecían poder dar cuenta, se vio llevado a formular la hipótesis de un supuesto “inconsciente colectivo”, existente de alguna manera en lo bajo el psiquismo de todos los individuos humanos, al cual creyó poder referir indistintamente tanto el origen de los símbolos mismos como el de sus caricaturas patológicas. Va de suyo que el término de “inconsciente” es por completo impropio, y que lo desig-nado por él, en la medida en que pueda tener algo de realidad, pertenece a lo que los psicólogos denominan de modo más habitual el “subconsciente”, es decir, el conjunto de las prolongaciones inferiores de la consciencia. Hemos señalado ya en otro lugar la confusión que se ha cometido de continuo entre el “subconsciente” y el “supraconsciente”; como éste escapa completamente, por su naturaleza misma, al dominio sobre el cual recaen las investigaciones de los psicólogos, éstos no dejan jamás, cuando tienen oportunidad de tomar conocimiento de algunas de sus manifestaciones, de atribuirlas al “subconsciente”. Precisamente esta confusión es la que encontramos también aquí: que las producciones de los enfermos observados por los psiquiatras proceden del “subcons-ciente”, ciertamente no es dudoso; pero, en cambio, todo lo que es de orden tradicional, y especialmente el simbolismo, no puede ser referido sino al “supraconsciente”, es decir, a aquello por lo cual se establece una comunicación con lo suprahumano, mientras que el “subconsciente” tiende, inversamente, hacia lo infrahumano. Hay pues, en ello, una verdadera inversión que es enteramente característica del género de explicación de que se trata; y lo que le da una apariencia de justificación es el hecho de que, en casos como el que hemos citado, ocurre que el “subconsciente”, gracias a su contacto con influjos psíquicos del orden más inferior, imita efectivamente al “supraconsciente”; esto, para quienes se dejan engañar por tales falsificaciones y son incapaces de discernir su verdadera naturaleza, da lugar a la ilusión que desemboca en lo que hemos llamado una “espiritualidad al revés”.
Por medio de la teoría del. “inconsciente colectivo”, se cree poder explicar que el símbolo sea “anterior al pensamiento individual” y lo trascienda; el verdadero problema, que ni siquiera parece plantearse, sería el de saber en qué dirección ocurre ese trascender: si es por lo bajo, como parecería indicarlo esa referencia al pretendido “inconsciente”, o por lo alto, como lo afirman expresamente, al contrario, todas las doctrinas tradicionales. Hemos encontrado en un artículo reciente una frase donde esa confusión aparece con la mayor claridad posible: “La interpretación de los símbolos…, es la puerta abierta al Gran Todo, es decir, el camino que conduce hacia la luz total a través del dédalo de los oscuros bajos fondos de nuestra individualidad.” Desgraciadamente, hay muchas probabilidades de que, perdiéndose en esos “oscuros bajos fondos”, se llegue a muy otra cosa que a la “luz total”; notemos también el peligroso equívoco del “Gran Todo”, que, como la “consciencia cósmica” en la cual algunos aspiran a fundirse, no puede ser aquí ni más ni menos que el psiquismo difuso de las regiones más inferio-res del mundo sutil; y así, la interpretación psicoanalítica de los símbolos y su interpre-tación tradicional conducen en realidad a fines diametralmente opuestos.
Cabe realizar todavía otra observación importante: entre las muy diversas cosas que se supone explicables por el “inconsciente colectivo”, hay que contar, naturalmente, el “folklore”, y éste es uno de los casos en que la teoría puede presentar alguna apariencia de verdad. Para ser más exacto, debería hablarse de una suerte de “memoria colectiva”, que es como una imagen o un reflejo, en el dominio humano, de esa “memoria cósmica” correspondiente a uno de los aspectos del simbolismo de la luna. Solo que pretender concluir de la naturaleza del “folklore” al origen mismo de la tradición, es cometer un error en todo semejante a aquel, tan difundido en nuestros días, que hace considerar como “primitivo” lo que no es sino el producto de una degradación. Es evidente, en efecto, que el “folklore”, constituido esencialmente por elementos pertenecientes a tra-diciones extintas, representa inevitablemente un estado de degradación con respecto a ellas; pero, por otra parte, es el único medio por el cual algo de ellas puede salvarse. Sería menester preguntarse también en qué condiciones la conservación de tales elementos ha sido confiada a la “memoria colectiva”; como hemos tenido ya oportunidad de decirlo , no podemos ver en ello sino el resultado de una acción plenamente cons-ciente de los últimos representantes de antiguas formas tradicionales a punto de desapa-recer. Lo seguro es que la mentalidad colectiva, en la medida en que exista algo que así pueda llamarse, se reduce propiamente a una memoria, lo que se expresa en términos de simbolismo astrológico diciendo que es de naturaleza lunar; dicho de otro modo, puede desempeñar cierta función conservadora, en la cual consiste precisamente, el “folklore”, pero es totalmente incapaz de producir o de elaborar nada, ni sobre todo cosas de orden trascendente como todo dato tradicional lo es por definición misma.
La interpretación psicoanalítica apunta en. realidad a negar esta trascendencia de la tradición, pero de un modo nuevo, podría decirse, y diferente de los que estaban en cur-so hasta ahora: no se trata ya, como con el racionalismo en todas sus formas, sea de una negación radical, sea de una pura y simple ignorancia de la existencia de todo elemento “no humano”. Al contrario, parece admitirse que la tradición tenga efectivamente un carácter “no humano”, pero desviando completamente la significación de este término; así, al final del artículo antes citado, leemos lo siguiente: “Volveremos tal vez sobre estas interpretaciones psicoanalíticas de nuestro tesoro espiritual, cuya ‘constante’ a través de tiempos y civilizaciones diversos demuestra a las claras el carácter tradicional, no humano, si se toma la palabra ‘humano’ en el sentido de separativo, de individual”. Aquí se muestra quizá de la mejor manera posible cuál es, en el fondo, la verdadera in-tención de todo eso, intención que, por lo demás —queremos creerlo— no es siempre consciente en quienes escriben cosas de ese género, pues debe quedar bien claro que lo que se pone en cuestión a este respecto no es tal o cual individualidad, así sea la de un “jefe de escuela” como Jung, sino la “inspiración”, de lo más sospechosa, de la cual esas interpretaciones proceden. No es necesario haber ido muy lejos en el estudió de las doctrinas tradicionales para saber que, cuando se trata de un elemento “no humano” lo que se entiende por ello, y que pertenece esencialmente a los estados supraindividuales del ser, no tiene nada que ver absolutamente con un factor “colectivo”, el cual, en sí mismo, no pertenece en realidad sino al dominio individual humano, al igual que lo que se califica de “separativo”, y que, además, por su carácter “subconsciente”, no puede en todo caso abrir una comunicación con otros estados sino en la dirección de lo infrahu-mano.. Se capta, pues, de manera inmediata, el procedimiento de subversión que con-siste, apoderándose de ciertas nociones tradicionales, en invertirlas en cierto modo sus-tituyendo el “supraconsciente” por el “subconsciente”, lo suprahumano por lo infrahumano. ¿No es está subversión mucho más peligrosa aún que una simple negación, y se creerá que exageramos al decir que contribuye a preparar las vías a una verdadera “contratradición”, destinada a servir de vehículo a esa “espiritualidad al revés” de la cual, hacia el fin del actual ciclo, el “reino del Anticristo” ha de señalar el triunfo aparente y pasajero?

René Guénon, artículo publicado en Études Traditionnelles, Julio-Agosto de 1949.

viernes, 3 de noviembre de 2006

Poema de Frithshof Schuon

A través de las cinco puertas de los sentidos,
todas las imágenes del mundo penetran en ti;
pero si cierras los ojos, también del alma,
te hallarás en el silencioso pabellón del Espíritu.

No te dejes seducir por ningún sueño
del exterior y de tu propia alma
que la Mâyâ terrena te quiera ofrecer.

El estruendo del mundo es ensordecedor;
el Espíritu es silencio.

Frithshof Schuon

miércoles, 1 de noviembre de 2006

LA GNOSIS Y LA FRANCMASONERIA - Por René Guénon

RENE GUENON
LA GNOSIS Y LA FRANCMASONERIA ( * )

"La Gnosis, ha dicho el M\ Il\ H\ Albert Pike, es la esencia y el meollo de la Francmasonería". Por Gnosis, debemos entender aquí ese Conocimiento tradicional que constituye el fondo común de todas las iniciaciones, cuyas doctrinas y símbolos se han transmitido, desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, a través de todas las Fraternidades secretas cuya extensa cadena jamás ha sido interrumpida.

Toda doctrina esotérica puede únicamente transmitirse por medio de una iniciación y cada iniciación incluye necesariamente varias fases sucesivas, a las cuales corresponden otros tantos grados diferentes. Tales grados y fases pueden ser reducidos, en última instancia, siempre a tres; podemos considerar que marcan las tres edades del iniciado, o las tres épocas de su educación y caracterizarlas respectivamente con estas tres palabras: nacer, crecer, producir. A este respecto, el H\Oswald Wirth escribió: "La iniciación masónica tiene como objetivo luminar a los hombres, a fin de enseñarles a trabajar útilmente, en plena conformidad con las finalidades mismas de su existencia. Ahora bien, para iluminar a los hombres, en primer lugar se hace necesario liberarlos de todo lo que puede impedirles ver la Luz. Esto se logra sometiéndolos a ciertas purificaciones, destinadas a eliminar las escorias heterogéneas, causales de la opacidad de aquellas envolturas que sirven como cortezas protectoras del núcleo espiritual humano. Cuando las mismas se vuelven cristalinas, su perfecta transparencia deja penetrar los rayos de la Luz exterior hasta el centro consciente del iniciado. Todo su ser, entonces, se satura progresivamente, hasta llegar a convertirse en un Iluminado, en el sentido más elevado de la palabra, vale decir un Adepto, transformado ya en un foco irradiante de Luz.

"Consecuentemente, la iniciación masónica conlleva tres fases distintas, consagradas sucesivamente al descubrimiento, a la asimilación y a la propagación de la Luz. Estas fases están representadas por los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro, que corresponden a la triple misión de los masones, que consiste en buscar primero, para poseer después y, finalmente, poder difundir la Luz.

"El número de estos grados es inamovible: no podría haber ni más ni menos que tres. La invención de los distintos sistemas llamados de altos grados descansa sobre un error, que llevó a confundir los grados iniciáticos, estrictamente limitados a tres, con los estados transitorios de la iniciación, cuya multiplicidad es necesariamente indefinida.

"Los grados iniciáticos corresponden al triple programa perseguido por la iniciación masónica. Esotéricamente, aportan una solución a las tres cuestiones del enigma de la Esfinge: ¿de dónde provenimos? ¿qué somos? ¿a dónde vamos?, y con ello responden a todo cuanto puede interesar al hombre. Son inmutables en sus caracteres fundamentales y conforman en su trinidad un todo acabado, al que nada se puede quitar ni agregar: los grados de Aprendiz y de Compañero son los dos pilares que sostienen a la Maestría.


"En cuanto a los estados transitorios de la iniciación, ellos permiten al iniciado penetrar más o menos profundamente en el esoterismo de cada grado; de aquí resulta un número indefinido de maneras distintas de tomar posesión de los tres grados de Aprendiz, de Compañero y de Maestro. Puede poseerse sólo la forma exterior, la letra y no la comprensión; en Masonería, como en todas partes, hay, bajo este aspecto, muchos llamados y pocos elegidos, ya que solamente a los verdaderos iniciados les está dado aferrar el espíritu íntimo de los grados iniciáticos. No todos llegan, por otra parte, con igual éxito; muy a menudo apenas logran superar la ignorancia esotérica, sin marchar de manera decidida hacia el Conocimiento integral, hacia la Gnosis perfecta.

"Esta última, se aplica simultáneamente al programa de búsqueda intelectual y de entrenamiento moral de los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro. Con el Aprendizaje, busca penetrar el misterio del origen de las cosas; con el Compañerismo, descubre el secreto de la naturaleza del hombre, y revela, con la Maestría, los arcanos del destino futuro de los seres. Enseña, además, al Aprendiz a potenciar al máximo sus propias fuerzas; muestra al Compañero como captar las fuerzas del medio ambiente y enseña al Maestro a regir soberanamente sobre la naturaleza obediente al cetro de su inteligencia. No hay que olvidar, en efecto, que la iniciación masónica se remonta al Gran Arte, al Arte Sacerdotal y Real de los antiguos iniciados" ( 1 ).

Sin querer entrar en la compleja cuestión de los orígenes históricos de la Masonería, recordaremos tan solo que la Masonería moderna, tal como se la conoce actualmente, deriva de una fusión parcial de los Rosa–Cruces, quienes habían conservado la doctrina gnóstica desde la edad media, con las antiguas corporaciones de Masones Constructores, cuyas herramientas, por lo demás, ya habían sido empleadas como símbolos por los filósofos herméticos, tal como puede verse, en particular, en una figura de Basilio Valentín ( 2 ).

Pero, dejando por el momento de lado el punto de vista restringido del Gnosticismo, por nuestra parte haremos hincapié en el hecho de que la iniciación masónica, como toda iniciación, tiene como fin la conquista del Conocimiento integral, que es la Gnosis en el verdadero sentido de la palabra. Podemos decir que es este Conocimiento mismo lo que, hablando con propiedad, constituye realmente el secreto masónico y por esta razón dicho secreto resulta esencialmente incomunicable.

Para concluir y a fin de evitar cualquier malentendido, agregaremos que, para nosotros, la Masonería no puede ni debe sujetarse a ninguna opinión filosófica particular, que ella no es más espiritualista que materialista, ni tampoco más deísta que atea o panteísta, en el sentido que habitualmente se atribuye a estas diversas denominaciones, puesto que ella debe ser pura y simplemente la Masonería. Cada uno de sus miembros, al entrar en el Templo, debe despojarse de su personalidad profana y hacer abstracción de cuanto sea extraño a los principios fundamentales de la Masonería, principios a cuyo alrededor todos debieran unirse para trabajar en común en la Gran Obra de la Construcción universal. Traducción: Franco Peregrino.


NOTAS

* Artículo publicado en "La Gnose", nº de marzo de 1910, con la firma de "Palingenius". (R)

1 L'Initiation Maçonnique, artículo publicado en L'Initiation, 4º año, nº 4, enero de 1891. (R)

2 Ver a este propósito Le Livre de l'Apprenti del H\ Oswald Wirth, págs. 24 a 29 de la nueva edición. (R)