"¿Por qué huís cobardemente? Triunfad sobre la tierra, que en el cielo veréis la recompensa" (Boecio)



lunes, 29 de diciembre de 2014

Sobre la nueva pedagogía y la dictadura del relativismo

Un poco de humor para retratar la decadencia imperante en estos tiempos oscuros...




"God, grant me the serenity to accept the things I cannot change, the courage to change the things I can, and the wisdom to know the difference."

Reinhold Niebuhr

lunes, 24 de febrero de 2014

El aspecto diabólico de la revolución

"Las revoluciones, inevitables en la vida de las sociedades, inspiran a unos horror y disgusto, pero en otros despiertan la esperanza de una vida nueva y mejor. Un Príncipe de este mundo es el que gobierna la sociedad humana, y la gobierna en la injusticia. De modo que es natural que periódicamente estallen revueltas contra ese gobierno fundado en la injusticia. Pero el Príncipe del mundo no tarda en aprovechar esas revueltas para entregarse a nuevas injusticias, y eso es lo que confiere a la revolución un doble aspecto. Por la revolución se cumple el juicio de Dios. La revolución comporta un momento escatológico; diríase que anuncia la proximidad del fin de los tiempos. Pero la revolución es al mismo tiempo una enfermedad, pues muestra que no ha habido fuerzas creadoras para reformar la sociedad, que las fuerzas de inercia llevaron la ventaja. Hay un elemento demoníaco en la revolución: ésta constituye la explosión del espíritu de venganza, de odio, de muerte. El resentimiento acumulado obra a través de la revolución y rechaza o aniquila los sentimientos inherentes a la actividad creadora. Sólo puede desearse una revolución de la que esté ausente el elemento demoníaco, pero éste es el que en un momento determinado triunfa siempre. La revolución, cuando se mantiene dentro de ciertos límites, se efectúa bajo el signo de la libertad; pero al exceder esos límites, se coloca bajo el signo de la fatalidad. La revolución es el fatum de las sociedades humanas. Por la revolución, el hombre quiere librarse de la esclavitud con relación al Estado, a la aristocracia, a la burguesía, a los santuarios y a los ídolos corrompidos por la mentira, pero no tarda en hacerse esclavo de una nueva tiranía. Herzen era revolucionario y socialista. Pero estaba exento de ilusiones optimistas y tenía una penetrante visión del porvenir. Llamaba a la 'lucha de los hombres libres, contra los libertadores de la humanidad'. Decía que 'las masas entienden por igualdad una opresión igual, y que la verdad pertenece a la minoría'. Y agregaba: 'El hombre no conocerá la libertad hasta que todo lo político y religioso se haya vuelto humano y simple'; 'no basta con odiar a la corona, también hay que renunciar al respeto al gorro frigio; no basta con tachar de crimen la lesa majestad, sino que también debe verse un crimen en el salus populi'. Esto significa que Herzen era personalista y que su revolucionarismo era igualmente personalista, a pesar de la ingenuidad  y de la debilidad de la justificación filosófica de su personalismo. Esto significa igualmente que Herzen estaba libre del mito revolucionario. Quería ser revolucionario, pero preservando al mismo tiempo la libertad humana, sin abdicar su libertad de juicio. Tarea sumamente difícil. La más difícil de las revoluciones, la que todavía no se ha hecho, y que sería la más radical de todas las revoluciones, sería la revolución personalista, hecha en nombre del hombre, y no en nombre de tal o cual sociedad. La revolución verdadera, profunda, es la que tiene por meta el cambio de los principios en los cuales se asienta la sociedad, en vez de inscribirse en la historia por haberse señalado por una efusión de sangre que se produjo tal día a tal hora."

Nicolás Berdiaev, "Esclavitud y libertad del hombre".

viernes, 22 de noviembre de 2013

Mirada contemplativa

 "La mente contemplativa, en general, no es ultrconservadora, pero tampoco tiene por qué ser radical. Trasciende ambos extremos para mantener un vivo contacto con lo que es genuinamente verdadero en cualquier movimiento tradicional. Por eso me gustaría hacer un paréntesis para señalar que la mente comtemplativa actual no se asocia de una manera demasiado firme o definitva con ningún 'movimiento', ya sea político, religioso, litúrgico, artístico, filosófico, o sea cual sea. El contemplativo se mantiene al margen de los movimientos, no porque le confundan, sino simplemente porque no los necesita y porque por sí solo puede ir más lejos de lo que iría en las formalizadas y a menudo fanáticas filas de aquellos."

Thomas Merton, "La experiencia interior"

domingo, 10 de noviembre de 2013

El diablo es bueno

"Es el diablo tan bueno, en esencia, como tú. Entonces, pues, ¿qué le falta? 
Voluntad muerta, y quietud."

Angelus Silesius

martes, 9 de agosto de 2011

Ascenso a la Verdad

"El hombre superior evita a los demás el mal que él ha vencido.

El hombre inferior inflige a todos el mal que le ha sometido"

Louis Cattiaux

Thomas Merton, monje de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia, reconocido escritor de origen norteamericano que también incursionó en la poesía, publicó en 1951 un lúcido y esclarecedor ensayo sobre la enseñanza espiritual del célebre místico carmelita San Juan de la Cruz, bajo el título "Ascenso a la Verdad" (The ascent to Truth), obra de profunda inspiración tradicional que, más allá de los posteriores acercamientos del autor a los caminos espirituales de oriente, se enmarca rigurosamente dentro de la ortodoxia cristiana, más específicamente, en la Iglesia latina, pues toma como fundamento principal el corpus doctrinal de Santo Tomás de Aquino. Esto no impide, de más está decirlo, que gran parte de las observaciones tengan un alcance verdaderamente universal, pudiendo ser extrapoladas a tradiciones diferentes. La edición con la que contamos, y de la que hemos extraído todas las citas, es la publicada por Lumen en 2008.

Tal vez se podría objetar que en la poesía del santo español aparecen expresiones y símbolos que claramente exceden los esquemas de la escolástica latina, pero no hay que perder de vista que su formación académica, tal como se explica en el libro, era eminentemente tomista, y si bien, como en toda obra auténticamente "inspirada" los versos dicen más de lo que se ha querido decir expresamente desbordando a través del lenguaje mismo su propio discurso, es natural que en sus comentarios en prosa, donde busca explicar y sustentar doctrinalmente su poesía, estén en cierto modo condicionados por su instrucción teológica. Recordemos, además, que él mismo admitía sentir "alguna repugnancia" por tener que comentar su poema "Llama de amor viva", respondiendo al pedido de la noble Ana de Peñalosa, "por ser de cosas tan interiores y espirituales para las cuales comúnmente falta lenguaje; porque lo espiritual excede al sentido". [1] Por otro lado, Merton no deja de reconocer la influencia, directa o indirecta, de Gregorio de Nisa, el pseudo Dionisio y la Patrística griega en general, por lo que su tesis nos parece perfectamente válida.

Uno de los motivos principales por los que consideramos pertinente reseñar este libro es que a través de su claridad conceptual permite despejar un gran número de errores, confusiones y desviaciones concernientes al trabajo interior harto frecuentes no sólo en ambientes ocultistas y de corte new age, sino también en lugares donde cabría esperar, por lógica, una mayor seriedad.

Para empezar, deja en claro que, desde el punto de vista cristiano, el mundo en el que el individuo se desarrolla no podría ser tomado simplemente como una efímera ilusión, o como puramente ilusorio desde cualquier perspectiva en que se lo considere, aunque lo sea en efecto comprendido tal como es en sí mismo y como separado del Principio; pero si esto es afirmado literalmente, lo verdaderamente ilusorio no es la creación en sí, sino el modo en el que se la percibe. Por lo tanto, cuando el místico se refiere a ésta diciendo que es una "pura nada", debe entendérselo en un sentido figurado. "El mundo, nos dice Merton, es metafísicamente real. Las criaturas pueden llevarnos eficazmente al conocimiento y al amor de su Creador y del nuestro. Pero dado que el mundo creado está presente en nuestros sentidos, y Dios tal como es en sí mismo se halla infinitamente más allá del alcance de los sentidos y la inteligencia, y puesto que el desorden del pecado hace que tendamos a preferir los bienes sensibles antes que los otros, tendemos a procurar las cosas buenas de esta vida como si fueran nuestro fin último".

De esto se desprende que la theoria physica de los Padres griegos, que más que una ciencia especulativa es un soporte tendiente a la posesión desapegada de las cosas, no es un mero juego dialéctico entre "visión" e "ilusión", sino que "consiste en el don ascético del discernimiento que, con una mirada penetrante, capta lo que son y no son las criaturas. En esto consiste el contrapeso intelectual de la voluntad que se desapega. Discernimiento y desapego (krisis y apatheia) son dos características del alma cristiana madura." Es de esta manera como el mundo y sus criaturas pueden revelarse al santo como los caracteres epifánicos de su realidad interior, pues las conoce "de acuerdo con sus realidades" y "tal como ellas son", es decir, no como entidades contingentes y perecederas, sino tal como son eternamente en el seno de Dios.

Otro punto interesante para señalar es el papel que debe desempeñar la fe en la vía del místico y cómo es que ésta debe ser concebida, pues, como veremos, cuando es lo que debe ser, no se trata de un simple rechazo de la razón y de todo ejercicio intelectual para dar lugar a una ciega aceptación de un enunciado doctrinal cualquiera; es más bien la orientación inicial, necesaria para todo el trabajo posterior, que conduce al creyente que utiliza conjuntamente su entendimiento y su voluntad hacia la comprensión de una Verdad que trasciende infinitamente sus facultades individuales.


"En sí mismos, los misterios de la fe son supremamente inteligibles, pues están profundamente inmersos en la Verdad eterna y la infinita Inteligencia de Dios. Por esa misma razón somos incapaces de penetrar sus profundidades mediante la mera luz de nuestra razón."


Ahora bien, resulta evidente que el reconocimiento de la impotencia del razonamiento discursivo ante un tipo de conocimiento de orden suprarracional no debería implicar una consecuente negación del pensamiento ni mucho menos el abandono definitivo del individuo en una pasividad absoluta, pues, desarmado y encerrado entre las paredes del ego, no tendría manera de escapar a sus propias limitaciones, pero sabemos que vulgarizaciones simplistas de ese estilo son las que generalmente abundan.

Sería erróneo, pues, afirmar que la vía propuesta por San Juan de la Cruz, que no es en esencia diferente a la de otros tantos sabios cristianos, presupone necesariamente la ausencia de ascetismo, de método y de una preparación doctrinal adecuada, dejando al individuo librado a influencias de todo tipo sin que pueda establecer entre ellas una discriminación cualquiera, como sí ocurría de hecho en el quietismo de Miguel de Molinos, doctrina herética condenada oficialmente por la Iglesia.


"San Juan de la Cruz no exige que un hombre espiritual renuncie a toda actividad intelectual y afectiva desde el mismo comienzo de su vida espiritual. Ésta es una de las grandes diferencias que hay entre san Juan de la Cruz y el quietista Molinos. San Juan de la Cruz insiste en que el principiante debe meditar sobre las verdades espirituales. Debe mantener su mente activa a fin de entender los principios espirituales e incluso los filosóficos."


La pasividad, o mejor dicho "receptividad", debe entenderse en última instancia respecto del Principio supremo que infunde pasivamente la Verdad en el virginal receptáculo del alma purificada, pero no con respecto a los diferentes estados espirituales.

Justamente, una de las ideas fundamentales que recorren este libro de principio a fin es la revalorización, en su justa medida, de la razón y de la actividad del pensamiento en general como medio que conduce y predispone al hombre hacia la trascendencia y la comprensión de lo incomprehensible. Merton es contundente al hablar del conocimiento conceptual adquirido por el individuo según su modalidad humana, y declara sin titubear:


"No sólo podemos sino que debemos usar los medios ofrecidos por este conocimiento a fin de llegar a Dios. Veremos que hasta el oscuro conocimiento místico de Dios que está más allá de todo concepto depende, sin embargo, de la existencia de los conceptos. Ellos son su punto de partida, el trampolín desde donde se lanza hacia el abismo de Dios."


Ahí es donde caemos inevitablemente en el terreno de la paradoja, pues la inefabilidad del Absoluto, tal como es declarada desde la teología apofática, puede ser referida sin embargo de modo positivo, analógicamente y por medio de conceptos. Para explicar mejor este punto, señala:


"Todas las perfecciones de Dios son ilimitadas y por consiguiente constituyen una única realidad idéntica. Nos resulta imposible entender las nociones de justicia y de misericordia a menos que de alguna manera estén divididas entre sí y contrapuestas. En Dios, la justicia es misericordia, la misericordia es justicia, y ambas son sabiduría y poder y ser, pues todos Sus atributos convergen en una Realidad infinita que los eleva más allá de toda definición y comprensión.

Sin embargo, aunque todos los Nombres Divinos son objetivamente una realidad idéntica en Él, no deben ser entendidos como sinónimos por nosotros. Igual que la luz blanca, fraccionada en los distintos colores del espectro, la Realidad única de Dios sólo puede ser abordada por nosotros bajo muchos aspectos diferentes."


La afirmación y la negación no son entonces dos alternativas por las que se pueda optar arbitrariamente, sino dos aspectos complementarios de un único camino que se eleva por encima de toda contradicción aparente, pues "si afirmamos sin negar, terminaremos afirmando lo que hemos delimitado como el Ser de Dios en nuestros conceptos. Si negamos sin afirmar, acabaremos negando que nuestros conceptos puedan decir la verdad sobre Él en algún sentido."

Es imperante, entonces, recuperar esta perspectiva intelectual si es que el hombre quiere ponerse en guardia frente a dos graves peligros que el monje claramente advierte:


"Primero, no debemos tomar nuestro conocimiento conceptual por lo que no es. Segundo, tenemos que tomarlo al menos por lo que es. No debe ser subestimado ni sobreestimado. Estos dos excesos desembocan en el ateísmo prosaico. Si le atribuimos demasiado poder a nuestras 'claras ideas' sobre Dios, acabaremos por hacernos un Dios a nuestra propia imagen, a partir de esas claras ideas. Si no dotamos a los conceptos con alguna pujanza que exprese la verdad acerca de Dios, cortaremos todo contacto posible entre nuestras mentes y Él."


En otras palabras, para que la afirmación de un Dios personal no devenga una suerte de idolatría metafísica es necesaria la teología negativa, porque los atributos de la Persona divina, según la teología afirmativa son una sublimación de los atributos de la criatura; sin embargo, las consecuencias de una pura negación no son por eso mismo, a fin de cuentas, menos nefastas, puesto que el Dios personal sigue siendo necesario para poner al Absoluto en relación a las criaturas; de otro modo, no sólo se rechazarían todos los soportes de los que el individuo naturalmente podría servirse en su progreso espiritual, sino que incluso estaría negando su propia singularidad esencial como ser creado "a imagen y semejanza" de su Creador, y el "conocimiento de sí mismo" ya no tendría más alcance que el de un inocente juego introspectivo.

No estará de más traer a colación un sugerente pasaje de Henry Corbin que apunta también en esta misma dirección:


"Lo absolutamente indeterminado no deviene el Deus revelatus, determinado, que exige la via positionis, sino en relación a la criatura en tanto que ese Deus revelatus es su creador. Es preciso pues que el Absoluto salga de su condición de tal, establezca una criatura personal de la que es personalmente el Dios, de manera que el Dios personal no es en modo alguno la negatividad originaria que hemos visto denunciar (...) como la 'primera muerte de Dios'. Es, por el contrario, el 'nacimiento divino' que adviene en ese paso de lo Absoluto a la persona." [3]


En fin, éstos son sólo algunos de los temas que se abordan a lo largo de la obra, tan simple y bella como profunda y esclarecedora, y no creemos, por cierto, haberle hecho justicia con estas breves reflexiones. No podemos sino recomendar encarecidamente su lectura.

Para finalizar, dejamos unas palabras más del propio Merton que resumen a la perfección todo lo expuesto hasta aquí:


"Tan pronto como el mundo de los fenómenos cesa de ser una manifestación inteligible de lo Absoluto, y tan pronto como nuestros pensamientos y nuestras palabras dejan del todo de proporcionarnos un medio objetivamente válido de comunicarnos con Dios, caemos en el agnosticismo. Esto es cierto, incluso cuando le hayamos negado a las palabras y los conceptos su poder de mediación con Dios a fin de honrar la espiritualidad pura de la Naturaleza Divina. Y aun cuando este agnosticismo sea adoptado para garantizar la pureza de una experiencia interna, individual e incomunicable de Dios, siempre serán deplorables sus concecuencias intelectuales y morales."



[1] San Juan de la Cruz, "Poesía completa y comentarios en prosa", ed. Planeta, 2000, España.
[2] Henry Corbin, "La paradoja del monoteísmo", ed. Losada, 2003, Madrid, España.

domingo, 24 de abril de 2011

El grano de trigo

"...y entonces, por vez primera, no supieron decirse una palabra. Porque pensaban: 'Ahora da flores la Muerte', y se inclinaron a un tiempo para apreciar el aroma de la joven floración."

Rainer Maria Rilke

Tras el ocultamiento de la Luz, y la victoria aparente de la muerte, el Sol de Justicia se eleva triunfante: ¡Christos anesti!

"El hombre verdadero no pudo ser sino mortal y no pudo elevar a la inmortalidad la naturaleza mortal más que expoliando la mortalidad por medio de la muerte. Oigamos cuan bellamente nos instruye la Verdad, hablando sobre esto, cuando dice: "Un grano de trigo que cayera en la tierra no estaría muerto si permaneciera él solo, pero si estuviera muerto produciría mucho fruto". Si Cristo hubiera permanecido siempre mortal, aunque nunca hubiera muerto ¿cómo hubiera dado la inmortalidad a la naturaleza humana un hombre mortal? Aunque no hubiera muerto, sólo habría permanecido mortal sin muerte. Era preciso por tanto que Él se liberara mediante la muerte de la posibilidad de morir, si había de producir mucho fruto, para que exaltado de esta forma, atrajera hacia sí todas las cosas, pues entonces su potestad no sólo se ejercería en el mundo y en la tierra corruptible, sino también en el cielo incorruptible."


Nicolás de Cusa, "La Docta Ignorancia"

He ahí que, en el recuerdo y actualización ritual de la Historia Sagrada, se encuentra, perfectamente señalado, el camino por el que cada hombre puede aspirar a su destino final: la vida verdadera que surge, glorificada e incorruptible, desde las oscuras entrañas de la muerte.

.·.

"Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará." (Mateo 16: 25)

¡Felicidades!



lunes, 21 de marzo de 2011

Individualidad y Providencia

"...el sabio no debe irritarse cuando ha de luchar con la fortuna, del mismo modo que el valiente no se indigna cuando suena la trompeta que lo llama a la guerra.

Porque al guerrero se le ofrece la ocasión de adquirir más gloria, y al sabio, la de consolidar la virtud."

Boecio

Nicolás de Cusa dijo:


"Así, pues, los principios individuales no pueden concurrir en ningún individuo en la misma proporción armónica que en otro, de forma que cada uno es uno por sí, y, de este modo, perfecto. Y aunque en cualquier especie, por ejemplo en la humana, se hallan algunos indivduos más perfectos y excelentes que otros, según ciertos aspectos, como Salomón que superó a los demás en sabiduría, Absalón en belleza, Sansón en fortaleza, y todos aquellos que por su inteligencia superaron a los demás y merecieron ser honrados por ellos; sin embargo, como la diversidad de las opiniones según la diversidad de religiones, sectas y regiones, hace diversos los juicios comparativos, de tal modo que lo que es laudable según una es vituperable según otra, y hay muchos desconocidos para nosotros dispersos por el mundo, ignoramos quién sea en el orbe más excelente que los demás, pues no podemos conocer perfectamente ni siquiera a uno de ellos. Y esto está hecho así por Dios para que cada uno se contente consigo mismo, aunque admire a los demás, y con la propia patria, de manera que el suelo natal le parecerá el más agradable de todos y con las costumbres del reino, y con la lengua, y con las demás cosas, para que haya paz y unidad, sin envidia, en cuanto esto pueda ser posible, pues no puede ser absolutamente, sino cuando reine Él, que es nuestra paz y que excede a todos los sentidos" [1]


A simple vista, estas sugerentes palabras del cusano podrían parecernos, tal vez, en extremo optimistas, y no exentas de cierto conformismo, si consideramos sobre todo que está haciendo una clara referencia a las posibilidades de realización, en cualquier grado que sea, inherentes a cada individuo. Sin embargo, de este pasaje, ciertamente bello, es posible extraer una enseñanza que no debería ser pasada por alto.

Podemos considerar que la individualidad integral de un ser humano, incluyendo todas las extensiones de la misma, está constituida por la intersección de un rayo luminoso, hipóstasis del Sol espiritual, que difiere asimismo de cualquier otro rayo, símbolo del espíritu o personalidad esencial que vincula los múltiples estados de un mismo ser, con su plano de reflexión horizontal, es decir, con las condiciones propias de un cierto estado de manifestación. En el punto de intersección se genera entonces una imagen que será ni más ni menos que un reflejo de la fuente de luz, y se podría decir, como explica Guénon, "que es el ser mismo el que, por su propia naturaleza, determina las condiciones de su manifestación, con la reserva de que, naturalmente, estas condiciones no podrán ser de todos modos sino una especificación de las condiciones generales del estado considerado, puesto que su manifestación ha de ser necesariamente un desarrollo de posibilidades contenidas en ese estado, con exclusión de las que pertenecen a otros estados" [2].

En resumen, las características de la imagen formada, serán consecuencia no sólo de la superficie y de su capacidad para reflejar la luz, sino principalmente de la naturaleza interna del rayo, que determinará, a su vez, el lugar más acorde para su incidencia; en otras palabras, el ser del que estamos hablando tomará del ambiente todos los elementos necesarios para su propia manifestación, y esto es lo que define finalmente la "proporción armónica" entre los aspectos "esencial" y "substancial", y lo que diferencia a una criatura cualquiera del resto de los individuos pertenecientes a su misma especie.

Ahora bien, por más que se lo reconozca a priori como una especulación sin demasiadas aplicaciones prácticas, algunos pueden verse tentados a preguntarse qué es lo que pasaría con el desarrollo, ya sea físico, mental o espiritual, de un cierto individuo si éste hubiera nacido en otra época, en otra región geográfica, en una cultura o tradición diferente; y en este mismo punto podemos colocar tanto a quienes se debaten sobre el grado de importancia de las influencias de la herencia genética o de las condiciones impuestas por el ambiente para la formación de un individuo, como a aquellos que, situándose obviamente en otro nivel, y desde una perspectiva que podríamos llamar tradicionalista, se pierden en devaneos interminables planteándose cuáles deberían ser las condiciones ideales para aspirar a algún tipo de realización efectiva a partir de consideraciones que poco tienen que ver con el estado del mundo actual, como perdiéndose en la vana nostalgia de un pasado que ya no les pertenece. Estos últimos, pese a su legítima aspiración espiritual, no logran ver ante sí más que las ruinas de una época de esplendor a la que, lamentablemente, no se puede volver y, renegando de lo que les ha tocado en suerte, no les queda otra cosa que una triste y patética resignación.

Pero esto no es más que una absurda fantasía mundana que responde a un modo de pensamiento atado irremisiblemente a lo temporal, pues, desde la perspectiva divina, todo se está realizando simultáneamente en el Ahora, en el presente eterno, en el instante único de la Eternidad. Entiéndase bien, nadie negará aquí el lamentable estado actual de las cosas, la degeneración casi completa del mundo en todos los órdenes, la subversión de los valores y la desviación, más o menos pronunciada, de todas las tradiciones espirituales. Pero, por otro lado, no menos importante es reconocer que las condiciones de tiempo y lugar que la Providencia ha dispuesto para un individuo, por limitantes que puedan parecer, son las que expresan necesariamente diversos aspectos de su naturaleza interna, responden en cierto sentido a su vocación más profunda, a su pacto preexistencial, y, precisamente por eso, son esas mismas condiciones las que le corresponden y no podrían ser otras. Pues bien, esto no justifica de ninguna manera una actitud pasiva frente a la Necesidad, sino que, para asumir la propia "responsabilidad", en el sentido más elevado de esta palabra, y no alejarse de su verdadero Destino, es preciso que se reconozca primeramente a sí mismo en un ambiente que, de un modo u otro, es un reflejo de su propia interioridad, para transitar activamente luego el camino hacia la reintegración en el centro de su individualidad; porque, lo que desde una determinada perspectiva constituye un conjunto de límites y barreras insoslayables que impiden su desarrollo "normal", también puede ser visto como el soporte para la actualización de un cierto orden de posibilidades, concordantes en todo con su esencia, que quizá no podrían haberse dado más que en la época actual y bajo las circunstancias específicas que rodean su vida. Como decía el cusano, "esto está hecho así por Dios para que cada uno se contente consigo mismo, aunque admire a los demás". Si tiene entonces posibilidades concretas para alcanzar la realización espiritual propiamente dicha, lo que no sabrá en tanto no lo intente, independientemente de que éstas sean más acotadas con respecto a otros, deberá esforzarse por encontrar los medios para conseguirla en las condiciones que configuran el ambiente en el que está inmerso, que no es sino el lenguaje secreto de su propio ser.

Quien no haya trascendido su individualidad no puede tener la pretensión de haber conocido perfectamente los designios de la Providencia, que escapan lógicamente a su limitado campo de visión, por lo tanto tampoco debería interpretar su situación personal y la interacción con el entorno inmediato a partir de los caprichos de la subjetividad egoica, pero sí puede trabajar, aceptando con templanza los embates de la Fortuna, para encontrar, apoyándose en lo externo, una orientación adecuada para su voluntad interior que le permita conformarla cada vez más a la Voluntad divina, buscando convertirse en un colaborador consciente de ésta, y ocupar efectivamente el lugar que le había sido otorgado antes del exilio en este mundo.


Notas:

[1] Nicolás de Cusa, "La Docta Ignorancia", ed. Hyspamerica, 1º ed, Buenos Aires, 1984.
[2] René Guénon, "La Gran Tríada", ed. Obelisco, 1º ed., Barcelona, 1986.