viernes 15 de enero de 2010

La "viva imagen de Dios" y el "paso al límite"


"Dios quiso emular Su propio Rostro

y así creó el esplendor de la mañana.
Cuando despertó el espíritu en esa luz, manifestó:
Para captar la belleza de Dios, debes convertirte en Dios."
Rûmî



Nicolás de Cusa, Meister des Marienlebens

En una época que podríamos considerar de transición en lo que respecta al desarrollo y aplicación de las ciencias tradicionales, situada entre fines de la Edad Media y comienzos del Renacimiento, el cardenal alemán Nicolás de Cusa, quien, insertándose en la tradición pitagórica, afirmaba que "como la vía de acceso a las cosas divinas no se nos manifiesta sino por medio de símbolos podríamos usar con ventaja de los signos matemáticos a causa de su incorruptible certeza" [1], prefiguró en gran medida, a través de lúcidas proposiciones geométricas y aritméticas, parte de lo que dos siglos más tarde sería la base para la formulación del método de cálculo infinitesimal. Tomemos como ejemplo una revisión del empleo que hace Arquímedes del "metódo de exhaución" de Eudoxo, donde se plantea la posibilidad de aproximar tanto como se pueda el perímetro de una circunferencia por medio de un polígono inscripto en la misma cuyo número de ángulos puede variar indefinidamente; de modo que la cuestión radica en saber si el margen de error asociado a tal aproximación podría en algún momento volverse nulo. Es evidente que, al no perder de vista los principios que fundamentan esta ciencia, toda exposición estará constituida por una construcción simbólica susceptible de una transposición analógica a diferentes niveles. De este modo, el cusano analizaba este caso en relación al problema del conocimiento: puesto que no puede haber proporción entre lo finito y lo infinito, para una cosa cualquiera que no sea el máximo absoluto, siempre puede haber una mayor, es decir, que debido a las limitaciones del entendimiento, éste será siempre perfectible, por lo que la verdad absoluta, objeto último de todo esfuerzo cognitivo, es necesariamente incomprensible, ya que sólo podría ser comprendida por la verdad misma; en otros términos, siempre existirán diferencias entre la medida y lo medido, porque la exactitud sólo puede ser alcanzada cuando algo es medido por su semejante. En este sentido, en "La Docta Ignorancia" (De Docta Ignorantia), explica que:

"Así, pues, el entendimiento, que no es la verdad, no comprende la verdad con exactitud, sin que tampoco pueda comprenderla, aunque se dirija hacia la verdad mediante un esfuerzo progresivo infinito; al igual que ocurre con el polígono con respecto al círculo, que sería tanto más similar al círculo cuanto que, siendo inscrito, tuviera un mayor número de ángulos, aunque, sin embargo, nunca sería igual, aun cuando los ángulos se multiplicaran hasta el infinito, a no ser que se resuelva en una identidad con el círculo. Es evidente, pues, que nosotros no sabemos acerca de lo verdadero, sino que lo que exactamente es en cuanto tal, es algo incomprensible y que se relaciona con la verdad como necesidad absoluta, y con nuestro entendimiento como posibilidad." [2]






Es necesario establecer aquí, antes de continuar, una precisión que nos permitirá mantenernos al margen de una confusión a la que generalmente se ven arrastrados los matemáticos modernos, incapaces de ver a la ciencia más allá de su sentido pragmático y utilitarista. Es evidentemente una contradicción lógica hablar de un número infinito o de un infinito matemático, porque el Infinito, propiamente dicho, es aquello que carece de límites, puesto que lo finito, por definición, es sinónimo de limitado; entonces, la palabra no puede hacer referencia a otra cosa que al Todo universal que incluye en sí mismo todas las posibilidades. Siendo el número un modo de la cantidad, y ésta una categoría o modo especial del Ser, no coextensivo con éste, lo correcto es hablar, siguiendo en este punto a René Guénon [3], de un número indefinido, cuyos límites son desconocidos, pero existentes, sin embargo, debido a su propia naturaleza.

Volviendo al caso del círculo, la conclusión de Nicolás de Cusa es, por lógica, rigurosamente exacta, a diferencia de lo señalado por Leibnitz, cuando, a pesar de reconocer que no existe tal continuidad respecto de los polígonos, lo acepta como un artificio tolerable a los fines prácticos sin extraer las consecuencias que de ello podrían derivarse. Su método, lejos de ser exacto, sería, entre todos, el que induciría a un error menos significativo:

"Aunque no sea cierto en rigor que el reposo es una especie de movimiento, o que la igualdad es una especie de desigualdad, como tampoco es cierto que el círculo es una especie de polígono regular, no obstante se puede decir que el reposo, la igualdad y el círculo terminan los movimientos, las desigualdades y los polígonos regulares, que por cambio continuo llegan a ellos al desvanecerse. Y aunque estas terminaciones sean exclusivas, es decir, no comprendidas en rigor en las variedades que limitan, no obstante tienen sus propiedades, como si estuvieran comprendidas en ellas, según el lenguaje de los infinitos o infinitesimales, que toma el círculo, por ejemplo, por un polígono regular cuyo número de lados es infinito. De otro modo la ley de continuidad sería violada, es decir, que, puesto que se pasa de los polígonos al círculo por un cambio continuo y sin hacer saltos, es menester también que no se hagan saltos en el paso de las afecciones de los polígonos a las del círculo." [4]


Podemos decir, en efecto, que el círculo es el límite de un polígono regular cuyo número de ángulos (y, por consiguiente, de lados) puede crecer indefinidamente, pero no debemos olvidar que "lo que limita un cierto orden de posibilidades debe estar necesariamente fuera y más allá de ese orden".[5] De esto se deduce que la diferencia entre los polígonos (con un número ángulos indefinido) y el círculo no es simplemente cuantitativa y, por eso mismo, capaz de ser agotada, sino que es una diferencia de especie, o sea, esencialmente cualitativa, no admitiendo aplicación de esa supuesta "ley de continuidad".

En "Un ignorante discurre acerca de la mente" (Idiota. De mente), una metáfora, que en cierta manera apunta hacia una misma dirección, es utilizada para hablar de la mente -que, para Nicolás de Cusa, recibe el nombre de "alma" por su oficio de animar un cuerpo en este mundo-, en tanto que "viva imagen de Dios" (viva imago Dei), en aquel que posee un "entendimiento sano y libre", es incitada por su propia naturaleza a elevarse a modos superiores de existencia, asimilándose progresiva e indefinidamente al ejemplar inaccesible:

"Como si un pintor hiciera dos imágenes de las cuales una, sin vida, pareciera en acto más semejante a él, la otra, menos semejante, viva, es decir, tal que pueda siempre hacerse más conforme a sí misma, incitada al movimiento por su objeto. Nadie duda que la segunda es más perfecta, como si estuviese imitando más el arte del pintor. Así toda mente, y también la nuestra, aun cuando haya sido creada en un nivel inferior a todas, tiene de Dios que -según el modo como pueda- sea perfecta y viva imagen del arte infinito. Por lo cual es trina y una, teniendo potencia, sabiduría y el nexo de una y otra, al modo como una imagen perfecta del arte, es decir, estimulada pueda a sí misma conformarse siempre más y más con el ejemplar. De esta manera nuestra mente aunque en el principio de la creación no tenga la actual brillantez del arte creador en la trinidad y en la unidad, tiene, con todo, aquella fuerza concreada, provocada por ella, para que pueda hacerse más conforme a la actualidad del arte divino. De donde en la unidad de su esencia está la potencia, la sabiduría y la voluntad.

Y coinciden en la esencia maestro y magisterio, como en la imagen viva del arte infinito, la cual excitada puede hacerse siempre, sin término, más conforme a la actualidad divina, quedando siempre inaccesible la precisión del arte infinito." [6]


Esto no implica, pese a lo que pueda parecer en un primer momento, que el ser, que sólo es humano en uno de sus estados, deba necesariamente pasar por diferentes condiciones de existencia contingente, atravesando diversas modalidades extracorporales de su individualidad, de forma indefinida y sujeta a una sucesión temporal; sino que, por el contrario, la posibilidad de una realización metafísica efectiva y completa nunca quedará excluída, al menos para ciertos individuos. En términos estrictamente matemáticos, esto nos llevaría a la consideración de lo que se conoce como "paso al límite", lo que constituye, en definitiva, uno de los pilares del cálculo infinitesimal cuyas directrices teóricas fueron trazadas independientemente por Leibnitz y Newton en el siglo XVII, si bien su formulación más rigurosa, con la notación de uso corriente en la actualidad, data de principios del siglo XIX. Tal como fue formulada en primera instancia, esta operación puede ser definida como una fracción o razón entre dos cantidades que decrecen simultáneamente y de forma indefinida, según una cierta ley, dando como resultado un valor finito y determinado (verbigracia, las ecuaciones de movimiento de la mecánica newtoniana o el cálculo de la tangente en un punto cualquiera de una curva definida por una función). Ahora bien, estamos tratando con cantidades indefinidamente pequeñas, es decir, tan pequeñas como se quiera, y es sabido que la palabra misma "indefinido" conlleva siempre por sí misma la idea de "devenir", y, en el caso de las cantidades, de cambio o variación. Pero las cantidades variables no pueden ser consideradas como números, puesto que no son propiamente numerables y en vista de los objetivos del cálculo, carecen de valor, porque implican además, algo de inacabado o no completamente realizado, de ahí que no tengan más que un carácter auxiliar o meramente transitorio, ya que el resultado deberá desembocar siempre, como dijimos anteriormente, en una cantidad fija, que es lo que en verdad interesa.

Por otro lado, la indefinidad no puede ser agotada analíticamente por una sucesión de operaciones indefinidas, porque el límite no puede ser alcanzado nunca como término de la variación. El problema de fondo es inferir si esto debe considerarse como una mera aproximación cuyo error llegaría a ser prácticamente despreciable o si el método, en cambio, asegura una exactitud rigurosa.


Nos remitimos, una vez más, a las palabras de Guénon:

"No podría tratarse de ninguna manera de agotar esta indefinidad por el curso mismo de la variación que la constituye; de lo que se trata en realidad, es de pasar más allá del dominio de esta variación, dominio en el que el límite no se encuentra comprendido, y es este resultado el que se obtiene, no analíticamente y por grados, sino sintéticamente y de un solo golpe, de una manera en cierto modo «súbita» por la que se traduce la discontinuidad que se produce entonces, por el paso de las cantidades variables a las cantidades fijas.

El límite pertenece esencialmente al dominio de las cantidades fijas: es por eso por lo que el «paso al límite» exige lógicamente la consideración simultánea, en la cantidad, de dos modalidades diferentes, en cierto modo superpuestas; no es otra cosa entonces que el paso a la modalidad superior, en la que se realiza plenamente lo que, en la modalidad inferior, no existe más que en el estado de simple tendencia, y eso, para emplear la terminología aristotélica, es un verdadero paso de la potencia al acto" [7]


En otras palabras, desde un punto de vista "microcósmico", decimos que el Ego, que constantemente deviene pero, de hecho, "no es nada más que un nombre para lo que en realidad es tan sólo una secuencia de comportamientos que se han observado"[8] es una cantidad variable, sujeta a los cambios y mutaciones contingentes, que tiende hacia su horizonte, su límite, que no es otro que su Sí mismo inmutable, un "número fijo", aquello que realmente "es". También, en la dialéctica del amor, es el amante que es movido por su ardiente deseo y, a través de un salto cualitativo, se despega de las tribulaciones terrenales para transformarse finalmente en su Amado. Este "paso al límite" se produce de forma súbita, porque el salto implica que la transformación tenga lugar en un instante eterno e indivisible desprendido del tiempo y que, como tal, ya no es parte de la duración, sino que pertenece al orden de la simultaneidad.


Estas consideraciones están implícitas, aunque no en términos puramente matemáticos, en la obra del cusano, donde señala que todas las cosas están complicadas en Dios, donde tienen su "término, perfección y totalidad", y el universo es una explicitación de la Unidad divina en la multiplicidad; esto conlleva que las explicitaciones particulares expresen la infinitud según unos modos del Ser, pero no de todos; por lo que la indeterminación de un orden cualquiera de posibilidades puede verse como una infinitud en potencia. El Infinito es inaccesible para el conocimiento finito del hombre, pero si existiese lo finito como opuesto al infinito, sería un límite de éste y el Infinito ya no sería ilimitado, lo que es una contradicción; Dios es nada en nada y a su vez es todo en todo, o el todo en el cada, inmanente y a la vez trascendente. El Absoluto está más allá del muro de la coincidentia oppsositorum, donde lo finito se contrapone a lo infinito, y, para atravesarlo es necesario tomar por la fuerza al ángel que custodia su entrada. Ese paso más allá de todo límite sólo puede ser alcanzado a través de la divina tiniebla de un no-saber absoluto que excede toda expresión, que es lo que el cardenal de Cusa designaba como Docta Ignorancia:

"Es necesario, por tanto, que el intelecto, si quiere verte, se haga ignorante y se sitúe en la sombra. ¿Pero qué es, Dios mío, un intelecto en la ignorancia? ¿No es acaso la docta ignoracia? Por tanto, no puede aproximarse a ti, Dios mío, que eres la infinitud, sino aquél cuyo intelecto está en la ignorancia, es decir, el que sabe que es ignorante de ti. ¿Cómo puede el intelecto captarte a ti que eres la infinitud? El intelecto sabe que es ignorante y que no puede captarte porque eres la infinitud. Entender la infinitud es comprehender lo incomprehensible. El intelecto sabe que él es ignorante de ti, porque sabe que tú puedes ser conocido únicamente si se conoce lo incognoscible, sólo si ve lo invisible y se accede a lo inaccesible" [9]
.·.

Por todo lo visto hasta aquí, consideramos que una ciencia tradicional, como es la Matemática, puede convertirse en un soporte simbólico capaz de expresar las realidades más elevadas, aún en las formulaciones de los últimos siglos que, por lo general, escapan a la comprensión de muchos científicos modernos que nunca podrán rebasar su estrecha visión de un mundo desprovisto de sentido. A mediados del siglo XX, cuando todo parecía haber caído en el olvido, René Guénon, un matemático en el sentido más elevado de la palabra que en muchos aspectos nos recuerda a Nicolás de Cusa, asumió la importante tarea de darle al cálculo infinitesimal una base teórica capaz de devolver esta ciencia a sus verdaderos orígenes. Esto confirma nuevamente la presencia de una misteriosa fuerza que anima y vivifica, cada cierto tiempo, los medios en los que se expresa la verdadera y única Tradición.

Notas:

[1] Nicolás de Cusa, "La Docta Ignorancia".
[2] Ibídem.
[3] Ver René Guénon, "Los principios del cálculo infinitesimal".
[4] Justification du Calcul des infinitésimales par celui de l’Algèbre ordinaire, nota anexada a la carta de Varignon a Leibnitz del 23 de mayo de 1702, en la que se menciona la misma como habiendo sido enviada por Leibnitz para ser insertada en el Journal de Trévoux. Citado por René Guénon en "Los principios del cálculo infinitesimal".
[5] René Guénon, op. cit.
[6] Nicolás de Cusa, "Un ignorante discurre acerca de la mente". (pág. 135)
[7] René Guénon, op. cit.
[8] Ananda K. Coomaraswamy, "¿Quién es Satán y dónde está el Infierno?"
[9] Nicolás de Cusa, "La Visión de Dios".

miércoles 23 de diciembre de 2009

Natividad

"Celebramos aquí en esta vida temporal el nacimiento eterno que Dios Padre ha realizado y realiza aun sin interrupción en la 'eternidad' y que este mismo nacimiento se ha producido también en el tiempo, en la naturaleza humana. Este nacimiento se produce siempre, dice San Agustín. Pero cuando no se produce 'en mí', ¿qué me importa? ¡Que, por el contrario se produzca en mi, es toda la cuestión!"

Meister Eckhart


"El Verbo se ha abierto a sí mismo por todas partes, en la luz de la vida de cada hombre; y lo que se necesita es solamente esto, que el alma-espíritu practique renunciamiento en pro de aquello. En esa alma-espíritu nace Dios."

Jacob Böehme

"I, 061: Dios debe nacer en ti.

Si Cristo naciere mil veces en Belén,
y no en ti, seguirás perdido eternamente."


"I, 101: Cristo.

¡Oíd el milagro! Cristo es el cordero y también el pastor,
cuando Dios nace hombre en mi alma."


"I, 201: ¿Por qué nace Dios?

¡Oh misterio inconcebible! Dios se perdió Él mismo,
por eso quiere renacer en mí."

Angelus Silesius

.·.

Que el mundo se transfigure ante nuestros ojos

para que el Ángel de la Humanidad anuncie en nosotros
el siempre anhelado nacimiento del Niño de Luz.

¡Feliz Navidad para todos!


Giotto di Bondone, Adoración de los Reyes Magos, 1304.

martes 10 de noviembre de 2009

El utilitarismo y la decadencia del conocimiento

"...ahora que nos hallamos en la escoria de las ciencias, que han engendrado la escoria de las opiniones, causa a su vez de la escoria de costumbres y acciones, podemos ciertamente esperar un retorno a tiempos mejores"
Giordano Bruno





René Guénon advertía que es a fines de la Edad Media cuando se produce en Occidente la ruptura de los vínculos que lo unían al Centro del Mundo, siendo el Renacimiento la consumación de la decadencia del espíritu tradicional en el dominio de las ciencias y de las artes.

Pero también es cierto, como dijimos anteriormente, que la Tradición Unánime no puede morir ni volverse completamente inaccesible y que siempre podrá encontrar vehículos por medio de los cuales manifestarse. Es así como los representantes de la elite intelectual de la época, de filiación eminentemente hermética, encargados de preservar y, al mismo tiempo, vivificar el legado tradicional, tuvieron que hacer frente a un ambiente de supina mediocridad.

En 1486, el joven Giovanni Pico della Mirandola, al publicar sus novecientas tesis, denunciaba, frente a los doctores de la Iglesia, el utilitarismo pedante en el que estaba cayendo la propia filosofía. Hoy, lejos de perder vigencia, tales palabras pueden aplicarse con justeza a todas las ramas del saber humano. Parece ser que el espíritu académico, en todos los ámbitos, no puede concebir ningún tipo de esfuerzo intelectual que no tenga como fin último la obtención de algún benificio de índole material. En tales condiciones, es evidente que ninguna disciplina artística o científica podría servir como soporte para la realización espiritual; todo pertenece a la profanidad, a lo mundano, porque se ha perdido completamente el punto de vista axial. Pero, de lo que se trata, al fin y al cabo, es de un modo de comprender las cosas que define nuestro modo de ser y nuestra posición en el cosmos, porque la verdad es que no existe en realidad un «dominio profano», que se opondría de una cierta manera al «dominio sagrado»; existe solo un «punto de vista profano», que no es propiamente nada más que el punto de vista de la ignorancia.[1]

Nunca estará de más recordar estas palabras del bello y siempre inspirador "Discurso sobre la dignidad del hombre":

¿Acaso no vale nada el investigar y el tener siempre ante la mente los problemas de las causas, de los procesos de la naturaleza, de la razón del universo, de las leyes divinas, de los misterios de los cielos y de la Tierra? ¿O debemos obtener de ello una utilidad o una ganancia? Hemos llegado a tal punto (¡y bien horroroso!) que sólo se considera sabios a aquellos que hacen del estudio de la sabiduría una fuente de ganancia, de modo que se puede ver a la púdica Palas, residente entre los hombres por don divino, expulsada, ridiculizada y vilipendiada. No hay por lo tanto quien la ame, quien la acompañe, si no es con un contrato de prostitución y de otorgar ganacia con su violada virginidad y, luego de recibirlo, depositar en el cofre del rufián ese mal habido dinero.

Esto lo declaro, y por cierto con un gran dolor y profunda indignación, no ya contra los príncipes, sino contra los filósofos de estos tiempos. Ellos creen y predican que no se debe filosofar porque no se han establecido premios y recompensas para los filósofos; ¡como si con esta afirmación no mostraran no ser filósofos! Toda su vida, en efecto, al estar ésta puesta al servicio del lucro y de la ambición, no abrazan el conocimiento de la verdad por sí misma.

Se me deberá conceder al menos, y no enrojeceré al ser elogiado por ello, que nunca he filosofado sino por el amor a la pura filosofía. Tampoco he esperado ni he buscado nunca en mis estudios y en mis meditaciones ninguna gratitud ni ningún fruto que no fuese la formación de mi alma y el conocimiento de la verdad, por mí el objetivo supremo.

Amante insobornable y apasionado de la verdad, he dejado toda preocupación por los asuntos privados y públicos, para dedicarme por entero a la paz contemplativa. De ésta ni las calumnias de los envidiosos ni los dardos malignos de los enemigos han podido hasta aquí ni podrán nunca apartarme. La filosofía me ha enseñado a depender de mi sola conciencia por sobre los juicios de los otros y al mismo tiempo a estar atento no a lo que dicen en mi contra, sino a no hacer o decir algo malo yo mismo. [2]



Notas:
[1] René Guénon, Crisis del mundo moderno.
[2] Pico della Mirandola, Discurso sobre la dignidad del hombre, ed. Logseller, 1ra ed., Buenos Aires, 2003.

domingo 18 de octubre de 2009

Sigune y la iniciación de Parzival.


"Cuando estás muerto, y Dios se ha hecho tu vida,
sólo entonces entras en el orden de los altos dioses."
Angelus Silesius

Los relatos tradicionales nos abren las puertas a ese otro lugar cuya ubicación escapa a la cartografía terrestre porque, imperceptible para los sentidos externos, pertenece a un grado de realidad más elevado, más sutil; un lugar donde se cumplen milagros y maravillas indescriptibles, donde el reino de las hadas ya no puede ni debe ser visto como una simple fantasía y, quien pretenda acercarse a sus dominios, no podrá hacerlo impunemente sin estar familiarizado con sus leyes; nos hablan de los acontecimientos ocurridos in illo tempore, en aquel tiempo "en el que las piedras preciosas eran tan comunes como lo son ahora los ordinarios guijarros" [1], épocas en las que el mundo no era tan 'sólido' como lo es en la actualidad, es decir, en el pasado eterno que eternamente puede ser devuelto al ahora, siempre actualizado en un eterno presente, siempre aquí. Por su naturaleza, no es extraño encontrar en ellos estructuras y pautas claramente iniciáticas que responden a una llamada interna, a la más profunda vocación, susceptible de ser aceptada o rechazada, de todo ser humano. Es evidente que este tipo de literatura no tiene como fin ser un simple y vulgar entretenimiento -como tan a menudo ocurre con las obras de los autores modernos-, sino que constituyen un soporte para preservar conocimientos tradicionales y ser los vehículos que proporcionen una enseñanza, una invaluable instrucción, a quienes se atrevan a leerlos como si hubieran sido escritos para ellos mismos, comprometiéndose, a partir de ese momento, a ser partícipes de la quête en la que se verán involucrados nuestros héroes. Se alcance o no una profunda comprensión de los símbolos que cobran vida y actúan a diferentes niveles dependiendo de la interiorización que de los mismos cada uno sea capaz de efectuar, no se podrá negar que estas obras son capaces de dejar marcas indelebles en el alma que, como "presencias dominadoras", volverán a aparecer una y otra vez, cada vez con mayor fuerza y penetración, recordándonos nuestra verdadera naturaleza y el lugar al que debemos retornar. No es posible determinar con certeza si los múltiples viajes y ordalías que deberán enfrentar los protagonistas se corresponden específicamente con auténticos ritos de alguna organización iniciática desaparecida (u oculta), pero, en el caso de la saga del Grial, esto es, ciertamente, un hecho posible; pudiendo, los escritores cuyos nombres son conocidos, ser simplemente las caras visibles de dichas organizaciones. En todo caso, no es lo que pretendemos probar aquí, porque lo que debemos tener presente es que estas historias, que apuntan a ser vivificadas por la Imaginación activa, no transcurren como una serie de sucesos extrínsecos a los personajes, sino que existe siempre una identidad entre los diversos acontecimientos y las experiencias internas del héroe de la gesta; y el lector o receptor del mensaje -que, en épocas remotas, la mayoría de las veces era un oyente- advertirá que tampoco puede haber alteridad consigo mismo porque todo se sucede como en una hierohistoria, un drama del alma, una dramaturgia sagrada en la que los personajes se mueven como actores del teatro del intermundo representando diversas modalidades de la individualidad del recipendario que deberán ser realizadas en el curso de su iniciación. Quien se deje transportar por la magia del relato y se esfuerce por cruzar el umbral de sus misterios, inevitablemente, volverá transformado.

En el Parzival de Wolfram von Eschenbach, muchos son los personajes que desempeñan roles de gran importancia como oficiantes del rito al que deberá hacer frente el ignorante muchacho luego convertido en invencible caballero. En esta oportunidad nos centraremos en una figura que desempeña un papel ciertamente significativo que pondrá de manifiesto el auténtico carácter ritualístico de la gesta: su prima Sigune, hija de Kyot de Katelangen y Schoysiane, hermana de Herzeloyde. En el "Perceval" de Chretien de Troyes no se conoce su nombre y en "La continuación de Perceval" escrita por Gerbert de Montreuil, es llamada Ysmain. Hablará con ella únicamente en tres ocasiones, pero serán, sin duda, tres momentos de suma relevancia en el desarrollo de la historia.

El primer encuentro se produce poco después de que el muchacho, que hasta ese entonces desconocía su nombre, se alejase de su madre con el objeto de dirigirse hasta la corte del rey Arturo a fin de solicitar ser investido como caballero. Bajaba la ladera de una colina cuando escucha el lamento desesperado de una mujer delante del borde de una peña. Cabalgó rápidamente hacia ella y se encontró con un terrible espectáculo: la doncella se arrancaba con tristeza sus largas trenzas y en su regazo yacía muerto el príncipe Schionatulander, su amante. El joven la saludó y ofreció su ayuda para vengar la desgraciada muerte echando mano a su carcaj, donde guardaba los afilados venablos. Sigune, entre lágrimas, agradece por la generosidad y buena predisposición del visitante y pregunta por su nombre, a lo que éste respondió:

«Bon fils, cher fils, beau fils. Así me han llamado los que me conocían en casa.» [2]


Al pronunciar estas palabras, ella lo reconoció y le dijo enseguida:

«Realmente te llamas Par-zi-val, lo cual significa por en medio. Al ser tu madre tan fiel, su gran amor trazó el surco por su corazón, pues tu padre la dejó triste. No te digo nada para que te vanaglories. Tu madre es mi tía. Te digo ciertamente toda la verdad: quién eres. Tu padre era un Anjou y tu madre era galesa. Has nacido en Kanvoleis. Todo lo que sé es verdad. Eres también rey de Gales del Norte y deberías llevar la corona en su capital, Kingrivals. Este príncipe que yace aquí murió por ti, porque defendió tu reino. Nunca quebrantó su fidelidad. Joven, hermoso y gentil hombre, dos hermanos te han causado mucho daño. Dos reinos te arrebató Lähelin. Orilo mató a este caballero y a tu tío en una justa, con lo que me dejó a mí desolada. Este caballero de tu país, en el que me educó tu madre, me servía con fidelidad y amor. Querido y valiente primo, oye ahora lo que pasó aquí. Un collar de perro le causó la muerte . Murió estando al servicio de nosotros dos, y sólo me queda dolor y añoranza por su amor. Yo no estaba en mis cabales al no concederle mi amor. Ésta fue la levadura de mi desdicha, que echó a perder mi felicidad. Lo amo aunque esté muerto». [3]


Parzival, deseoso de combatir, insistió en su ofrecimiento de venganza, pero ella le señaló un camino diferente al que había tomado Orilo, un camino que lo llevaría directamente hasta los britanos.

Como podemos apreciar, esta mujer se presenta como mensajera y como guía, como la diosa que recibe a Parménides en su viaje, aquella que la da una calurosa bienvenida a Heracles cuando desciende como iniciado a los infiernos, quien se aparece ante Orfeo cuando utiliza los conjuros de Apolo para abrirse paso hasta el mundo de los muertos: es, como Perséfone [4], la anunciadora de la muerte. El héroe contempla, como en una representación teatral, su propio deceso. Pero, de lo que aquí se trata, como se verá confirmado más adelante, no es de una muerte cualquiera, sino que estamos, precisamente, ante un símbolo de la muerte iniciática que, lejos de ser ficticia, podríamos decir con justa razón que es más real que la muerte comprendida en el sentido ordinario de la palabra, como explica René Guénon, "ya que es evidente que el profano que muere no deviene iniciado sólo por eso, y que la distinción del orden profano (que comprende aquí no solo lo que está desprovisto del carácter tradicional, sino también todo exoterismo) y del orden iniciático es, a decir verdad, la única que rebasa las contingencias inherentes a los estados particulares del ser y la única que tiene, por consiguiente, un valor profundo y permanente desde el punto de vista universal" [5]

Es un cambio de estado que debe efectuarse en las tinieblas, el fin necesario a los condicionamientos del ego, a la ignorancia y la ceguera espiritual que implica, al mismo tiempo, un nuevo comienzo; es el "segundo nacimiento" -en ese momento de manera virtual- que es propiamente una regeneración psíquica, porque es en el orden de las modalidades sutiles del estado humano donde se efectúan las primeras fases del desarrollo iniciático[6]. Esta idea es reafirmada cuando le da a conocer su "verdadero nombre", convirtiéndose así en su madre espiritual. Tanto en algunas órdenes religiosas como en ciertas organizaciones iniciáticas, como una consecuencia lógica del renacimiento, el neófito debe recibir, por parte de su maestro iniciador, un nuevo nombre, diferente de su nombre profano por el que es nombrado según su genealogía terrestre, por corresponder a una modalidad diferente, "y será tanto más "verdadero" cuanto más profundo sea el orden de la modalidad a la que corresponda, puesto que, por eso mismo, expresará algo que estará más próximo a la verdadera esencia del ser." [7]

Este tipo de práctica podemos encontrarla en los ritos de iniciación del Sufismo, como así también en el ingreso a la sodalidad esotérica ismailí. A este respecto, podemos citar un relato de iniciación, datado en una época anterior a la era fatimí, que tiene como posible autor a Mansûr al-Yaman, el primer Dâ'î isailí enviado a Arabia del Sur, titulado simplemente como "El maestro y el discípulo" (Risâlat al-'âlim wa'l-gholâm). [8]
Transcribimos, a continuación, un fragmento del diálogo central (Sh.=el shaykh, D.=el discípulo):

Sh.: Oh joven, has sido honrado con un amigo que ha ido a ti en calidad de Enviado, amado de un mensajero que ha ido a visitarte. ¿Cuál es tu nombre?
D.: 'Obaydallah ibn Abdallah (pequeño siervo de Dios, hijo del siervo de Dios).
Sh.: Ese nombre describe tus cualidades, y ya hemos oído hablar de ellas (es algo sobreentendido).
D.: Soy un hombre libre, hijo del siervo de Dios.
Sh.: ¿Quién te ha liberado de tu condición servil para que te hayas convertido en un hombre libre?
D. (señalando con el dedo al que le ha iniciado): Este sabio.
Sh.: Pero, ¿no ves que él es también un siervo, y no el poseedor? ¿Cómo podría liberarte?
D.: No, en efecto, no puede.
Sh.: Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?
El discípulo busca en vano la respuesta.
Sh.: Oh, joven, ¿cómo podría conocerse algo que no tiene nombre, igual que un recién nacido?
D.: Es de ti de quien he nacido, a ti te corresponde, pues, darme un nombre.
Sh.: Lo haré cuando hayan pasado siete días.
D.: ¿Por qué retrasarlo?
Sh.: En beneficio del recién nacido.
D.: ¿Y si el recién nacido muriera antes de que pasaran esos siete días?
Sh.: No ocurrirá nada, recibirá su nombre una vez hayan transcurrido esos siete días.
D.: El nombre que te dispones a darme, ¿será el mío?
Sh.: Mientras sea tu Dios.
D.: ¿Cómo es posible expresarse así?
Sh.: Tu Nombre es tu Señor, y tú eres su siervo. No te entregues a discusiones vanas. Vete ahora hasta el día fijado. [9]


El nombre profano de este discípulo, ‘Obaydallah ibn Abdallah (pequeño siervo de Dios, hijo del siervo de Dios), describe, como se indica en el relato, sus cualidades, exactamente igual que en Parzival quien, hasta el momento en que se encuentra con su prima, era conocido como "bon fils, cher fils, beau fils", es decir, "buen hijo, querido hijo, bello hijo". Esto también ocurre, aunque con algunas variantes, en la versión de Chretien de Troyes, donde es llamado "bello hijo, buen hermano, buen señor", en alusión a las tres etapas en la vida del hombre. El nombre iniciático, el "verdadero nombre", al ser lo más próximo a su verdadera esencia, aparece como representación del Noûs personal, es el Señor al que deberá servir; el Nombre que será su Dios, o sea, el Deus revelatus que no es percibido en forma colectiva sino que es una individualización divina real que se da para cada uno según su capacidad de visión. Ser investido con este nombre, es despertar gradualmente a la conciencia del profundo significado de la divisa: "Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor".

En cuanto a la etimología del nombre, aún permanece oscura. Se cree que, en el antiguo francés original, Perceval podría estar integrado por los términos percer = atravesar, cruzar, y val = valle, por lo que se podría traducir como "el que penetra en el valle" [10]. El significado atribuido por Wolfram von Eschenbach, "por en medio", admitiendo lo arriesgado de esta especulación, inferimos que tal vez se refiera a aquel que debe penetrar en el mundo intermedio, el Mundo del Alma para, según la fórmula sufí, "espiritualizar su cuerpo y corporalizar el espíritu".

Otro detalle a considerar es que, al darle a conocer su noble linaje, le está recordando su origen celeste; es el llamado incitante por recuperar la verdadera dignidad, como se hace patente en estos conocidos versos del Himno de la Perla:

¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en que has caído!


El segundo encuentro tiene lugar mucho tiempo después. El valiente Parzival consiguió, a base de esfuerzo, un gran renombre en la corte de Arturo saliendo victorioso de incontables batallas. A poco de contraer matrimonio con Condwiramurs, la adorable reina del Belrapeire, decide continuar su camino con el fin de visitar a su madre. Las aventuras y pruebas no dejaron de acompañarlo en su peregrinaje. En su trayecto pasó por primera vez por el castillo del Grial pero no fue capaz de formular la pregunta fatídica a su tío Anfortas, el Rey Pescador. Al salir de allí, volvió a encontrarse con su prima, en una escena más aberrante que la anterior. La melancólica doncella había cortado por completo su cabello, su aspecto había desmejorado notablemente, sus labios perdieron el rebosante color de la juventud y, entre sus brazos, sostenía el cuerpo embalsamado (!) de su querido compañero. Cuando la reconoció, horrorizado, le dijo:

«¡Ay! ¿Dónde ha ido a parar el rojo de tus labios? ¿Eres Sigune, la que me dijo quién era yo realmente? Te has cortado por completo tu largo y rizado cabello castaño. En el bosque de Briziljan te vi entonces muy bella, aunque estabas muy triste. Has perdido el color y las fuerzas. Si tuviera que llevar la compañía que tú llevas, sería demasiado para mí. Tenemos que enterrar a este muerto.» [11]


Siguieron hablando y ella se interesó en saber sobre lo ocurrido en Munsalwäsche y el estado de Anfortas. De este modo, el diálogo continúa:

«Sólo una cosa podría alegrarme: que se librara de su enfermedad mortal a ese hombre desdichado. Si partiste de allí habiéndole ayudado, eres digno de gloria. Llevas ceñida su espada. Si conoces su conjuro, podrás luchar sin temor. Su filo es muy recto. Lo forjó Trebuchet, de noble estirpe. Junto a Karnant hay una fuente, por la cual el rey se llama Lac . La espada resiste entera un golpe, pero al segundo se hace añicos. Si la vuelves a llevar a la fuente, el fluir del agua la recompone de nuevo. Tienes que estar donde brota, debajo de una peña, antes de que la alumbre el día. La fuente se llama Lac. Si no se han perdido los trozos y se los junta, y se mojan en la fuente, las ensambladuras y los filos se recomponen e incluso se endurecen, y los damasquinados no pierden su belleza. La espada necesita además las palabras del conjuro. Me temo que las has dejado allí. Pero si aprendiste a pronunciarlas, siempre crecerá y florecerá en ti la felicidad. Querido primo, créeme, serán tuyas todas las maravillas que encontraste allí. Siempre llevarás con la más alta dignidad la corona de la dicha, alcanzarás la plena perfección en la tierra y nadie será tan rico como para poder vivir con tanta magnificencia, si hiciste la pregunta clave».

Él contestó: «No pregunté»

«¡Ay! Lamento haberos visto aquí», dijo la apesadumbrada muchacha, «pues no habéis preguntado. Aunque visteis tan grandes portentos, no preguntasteis, ni siquiera en presencia del Grial. Y visteis allí a muchas damas sin maldad, como la noble Garschiloye y Repanse de Schoye, y los cuchillos de plata y la lanza ensangrentada. ¡Ay! ¿Qué buscáis a mi lado? ¡Hombre sin honra y maldito! Tenéis los dientes del lobo rabioso. De vuestro amor creció en vuestros primeros años la hiel. Deberíais haberos apiadado de vuestro anfitrión, a quien Dios ha marcado con semejante desgracia, y haberle preguntado por su tormento. Vivís, pero vuestra felicidad ha muerto».

Entonces dijo Parzival: «Querida prima, no os mostréis tan dura conmigo. Si he hecho algo, lo repararé».

«No tenéis nada que reparar», dijo la muchacha, «pues sé bien que en Munsalwäsche habéis perdido la honra y la gloria de caballero. A partir de ahora no oiréis de mí ninguna respuesta». Y así tuvo que marchar Parzival de allí. [12]

Lo que nos interesa destacar, en primer lugar, es la sorprendente correspondencia de la imagen que se presenta a los ojos del héroe con el rito celebrado en Asia menor y en Grecia en los festivales en honor de Adonis. Recordemos brevemente el mito en su versión griega: es un dios eternamente joven dotado de una incomparable belleza, lo que lo hace semejante a Parzival. En su infancia, era tan hermoso que Afrodita, prendada por su beldad, lo encerró en un cofre que entregó a Perséfone, la reina del inframundo, para que lo guardara. Pero cuando ésta abrió el cofre, también quedó encantada por la belleza sobrenatural del niño y se negó a devolverlo. La diosa del amor descendió a los infiernos para rescatar a su amado del poder de la muerte, generando una disputa que sólo pudo ser resuelta por la mediación de Zeus, quien decretó que Adonis habitara una tercera parte del año junto a Perséfone, en el mundo subterráneo, otra junto a Afrodita en el mundo superior y los cuatro meses restantes con quien lo deseara. El joven prefirió compartir con Afrodita la parte del año sobre la que tenía control. Estamos, evidentemente, ante un mito de muerte y resurrección.


Muerte de Adonis, Luca Giordano

En los festivales se lloraba anualmente la muerte del dios con amargas lamentaciones, principalmente entre las mujeres. Sus esculturas o representaciones eran amortajadas como los muertos y llevadas en procesión funeral para ser arrojadas luego al mar o a los manantiales. En Alejandría se celebraba el hieros gamos, el matrimonio sagrado, entre Afrodita y Adonis con sendas imágenes de los dioses tendidas sobre sobre dos lechos, a las que se le entregaban las ofrendas. A la mañana siguiente, las mujeres, ataviadas de duelo, con el pelo suelto y el pecho desnudo llevaban la imagen del dios muerto hasta la orilla del mar y lo encomendaban a las olas. Lloraban amargamente con la esperanza y el anhelo por su regreso. En el santuario fenicio de Astarté, en Biblos, se realizaba una ceremonia similar, acompañada por la música de las flautas, en la que los adoradores, esperando el ascenso triunfante del dios, se afeitaban la cabeza como hacían los egipcios a la muerte del buey Apis, ¡tal como lo hizo Sigune!. Las mujeres que se negaban a sacrificar sus trenzas, como señala James Frazer, "tenían que entregarse a extranjeros en cierto día del festival y dedicar a Astarté la paga de su vergüenza." [13]

Cuando Sigune apercibe a Parzival por la falta cometida, le está abriendo la puerta a los infiernos; lo invita a descender a profundidades abismales para expiar sus culpas. Comienza aquí la etapa más oscura y dolorosa de su vida. Pasará muchos años de penurias y angustias, lejos de su amada, lejos de su tierra, luchando incansablemente, enfrentando múltiples retos en numerosos episodios. En otras palabras, deberá operar el paso del orden psíquico al orden espiritual, lo que constituye una "segunda muerte" y un "tercer nacimiento", que es más bien una resurrección antes que un renacimiento; sus posibilidades ya desarrolladas serán "transformadas" con la adquisición del "cuerpo de resurrección" o "cuerpo de gloria". Es la muerte psíquica que, en un hombre ordinario, es susceptible de producirse después de la muerte corporal, pasando no al orden espiritual sino a otra modalidad de la manifestación individual, pero en el iniciado, en cambio, le permite rebasar las posibilidades del estado humano y alcanzar los estados superiores sin tener que esperar, para eso, la disolución de la apariencia corporal [14].

Estos dos encuentros, en el "Perceval", son resumidos en uno solo, después de su paso por el castillo del Rey Pescador, y es el propio caballero quien descubre, espontáneamente, su verdadero nombre.

El joven, que ignoraba su nombre verdadero, improvisa uno y le dice:

-Me llamo Perceval el Galés -sin darse cuenta de que, en realidad, está diciendo la verdad sin saberlo [15]


Otro punto en el que difiere, pero que no por eso tiene menor valor simbólico, es que el cadáver está decapitado. Tradicionalmente, la decapitación y el desuello representan la liberación del ser encantado de la forma en la que está encerrado, para que la persona real emerja de la piel en la que había estado oculta; como ocurre en el Sacrificio indio, cuyo propósito es sacar de la persona vieja una persona nueva, a saber, la del Sí-mismo real del sacrificador, lo que se compara con la extracción de una flecha de su vaina o una serpiente de su piel. Para Platón, el Sí-mismo inmortal tiene su sede en la cabeza, y el sí mismo mortal en el tronco; igualmente, para el hinduismo, en el Pañcavimsa Brahmana, se dice que "El 'otro sí mismo', sin la cabeza, es el cuerpo"[16]. En ambas versiones del relato se mantiene, claramente, el mismo trasfondo arquetípico.

Años más tarde, vuelven a encontrarse. Esta vez, la duquesa Sigune hace penitencia en una ermita y el cuerpo de Schionatulander ya no es visible puesto que descansa para siempre en un sarcófago. Parzival se lamenta por las tribulaciones acarreadas por el Grial y, entonces, la muchacha lo perdona.

«Primo, no te quiero censurar más. Perdiste la felicidad cuando no tuviste ganas de plantear la pregunta, que te hubiera llenado de honra, y cuando el bondadoso Anfortas fue tu anfitrión y tuvo tu suerte en sus manos. Entonces la pregunta te habría proporcionado la perfecta felicidad. Pero ahora tu dicha se ha esfumado y todo tu orgulloso valor se ha quedado cojo. Tu corazón ha convertido en animal doméstico la preocupación. Si hubieras preguntado, habría permanecido para ti salvaje y ajena».

«He merecido mi desgracia», contestó él. «Querida prima, ayúdame. Piensa que somos parientes. Dime también cómo estás. Lloraría tu dolor si mi aflicción no fuera mucho mayor que la que nunca ha soportado un hombre. Mi sufrimiento es penoso en extremo.»

Ella dijo: «¡Que el que conoce todas las preocupaciones te ayude para que la huella de una pezuña te lleve hasta Munsalwäsche, puesto que me dices que allí está tu felicidad...» [17]


Aún queda un largo tramo por recorrer, las rutas que conducen a Munsalwäsche seguirán ocultándose, por un tiempo, a la mirada de Parzival, algunos importantes combates se sucederán; pero ya no necesita enfrentarse a una imagen de la muerte, de su muerte, porque ha comenzado el camino de ascenso, el retorno hacia la luz en busca de la redención. Se enterará, por boca de su tío Trevrizent, del fallecimiento de su madre, rompiendo, definitivamente, todo vínculo con su ilusoria vida anterior.

Sin amedrentarse en la Gran Guerra Santa, precipitando al abismo su propia tiniebla, logrará finalmente, realizar en sí mismo la Gran Resurrección; entrará de nuevo en contacto con el Grial y, esta vez, formulará la pregunta esperada para que la tierra yerma sea totalmente restaurada.


.·.

Para nosotros, los misteriosos senderos que conducen al Castillo permanecen ocultos, pero más cerca de lo que comúnmente se cree, esperando ser nuevamente recorridos. El fuego de estos libros, aún no se ha extinguido; su brillo incandescente nos permitirá seguir, en la oscuridad del bosque, las invisibles huellas de los héroes.

Notas:

[1] René Guénon, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos.
[2] Wolfram von Eschenbach, Parzival.
[3] Ibídem.
[4] Ver Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber.
[5] René Guénon, Apercepciones sobre la iniciación.
[6] Ibídem.
[7] Ibídem.
[8] Ver Henry Corbin, Tiempo cíclico y gnosis ismailí.
[9] Ibíd. Nota 187, pág 194.
[10] Chrétien de Troyes, Perceval, la leyenda del Grial.
[11] Wolfram von Eschenbach, Parzival.
[12] Ibídem.
[13] Sir James George Frazer, La rama dorada. [Recomiendo esta obra sólo a título informativo. En lo que a mí respecta, no comparto, en absoluto, las ideas evolucionistas de este autor.]
[14] Chrétien de Troyes, Perceval, la leyenda del Grial.
[15] Ver René Guénon, Apercepciones sobre la iniciación.
[16] Ver Ananda K. Coomaraswamy, Sir Gawain y el Caballero Verde: Indra y Namuci.
[17] Wolfram von Eschenbach, Parzival.

viernes 16 de octubre de 2009

Sobre la necesidad de la experiencia sensible

Robert Fludd, Utriusque Cosmi, Maioris scilicet et Minoris, metaphysica, physica, atque technica Historia

Mientras intento redactar algo nuevo, dejo aquí un interesante fragmento del cusano que nos habla de la importancia del cuerpo y de la experiencia sensible como punto de apoyo necesario para la excitación del alma que propiciará el ascenso, de grada en grada, por la escala del conocimiento:
"Sin lugar a duda nuestra mente ha sido puesta en este cuerpo por Dios para su beneficio. Por lo tanto, es conveniente que ella tenga de Dios todo aquello sin lo cual no puede obtener beneficio.

Por tanto, no ha de creerse que para el alma hayan sido concreadas las nociones, las cuales perdió en el cuerpo, sino que tiene necesidad del cuerpo para que la fuerza concreada llegue hasta el acto. Así como la fuerza visual del alma no puede llegar hasta su operación para que vea en acto si no es excitada por el objeto, y no puede ser excitada sino a través del obstáculo de las multiplicadas especies por medio del órgano, y por ello necesita del ojo. De la misma manera, la fuerza de la mente que es la fuerza comprehensiva de las cosas y la fuerza nocional no puede llegar a sus operaciones si no es excitada por lo sensible; pero no puede ser excitada sino por la mediación de los fantasmas sensibles. Por lo tanto, necesita de un tal cuerpo orgánico sin el cual no podría realizarse la excitación."
Nicolás de Cusa, Un ignorante discurre acerca de la mente (Idiota. De mente), edición bilingüe. Ed. Biblos, 1ª ed, Buenos Aires, 2005.

domingo 4 de octubre de 2009

Caída


Juicio Final (detalle), Giotto di Bondone, 1306.

"Nada te precipita tanto en el abismo infernal
como la odiada palabra (¡fíjate bien!): mío y tuyo"


Angelus Silesius

viernes 25 de septiembre de 2009

Daênâ

Una pérfida daga se hunde en mi pecho;
noche sin luna, infierno sin fuego.
En la oscuridad mis sentidos amainan.
En vano, agonizando,
estiro mis brazos anhelando tocarte.
Un abismo sin fondo se cierne entre nosotros:
infame distancia que nuestros cuerpos separa.
Oh, eterna religión, paredro celestial,
¿cuántas lágrimas deberán verter mis ojos
para tu gracia implorar?
En sueños te me acercas,
compasiva,
para entregarme una rosa y susurrar un enigma.
Por la mañana,
la Tierra se desnuda para hablarme de Ti,
entre el murmullo de los pájaros
y las melodías del viento.
Amor terreno,
¡préstame alas para surcar el cielo!
dame tus ojos para leer las estrellas,
y recuérdame, con tus labios,
el camino secreto hacia los jardines sin tiempo.